Apocalipsis

Nuevo Testamento | 22 capítulos | 405 versículos

Ap

Capítulo 21

1 Luego vi un cielo nuevo y una tierra nueva - porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar no existe ya.

2 Y vi la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia ataviada para su esposo.

3 Y oí una fuerte voz que decía desde el trono: «Esta es la morada de Dios con los hombres. Pondrá su morada entre ellos y ellos serán su pueblo y él Dios - con - ellos, será su Dios.

4 Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado.»

5 Entonces dijo el que está sentado en el trono: «Mira que hago un mundo nuevo.» Y añadió: «Escribe: Estas son palabras ciertas y verdaderas.»

6 Me dijo también: «Hecho está: yo soy el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin; al que tenga sed, yo le daré del manantial del agua de la vida gratis.

7 Esta será la herencia del vencedor: yo seré Dios para él, y él será hijo para mi.

8 Pero los cobardes, los incrédulos, los abominables, los asesinos, los impuros, los hechiceros, los idólatras y todos los embusteros tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre: que es la muerte segunda.

9 Entonces vino uno de los siete Angeles que tenían las siete copas llenas de las siete últimas plagas, y me habló diciendo: «Ven, que te voy a enseñar a la Novia, a la Esposa del Cordero.»

10 Me trasladó en espíritu a un monte grande y alto y me mostró la Ciudad Santa de Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios,

11 y tenía la gloria de Dios. Su resplandor era como el de una piedra muy preciosa, como jaspe cristalino.

12 Tenía una muralla grande y alta con doce puertas; y sobre las puertas, doce Angeles y nombres grabados, que son los de las doce tribus de los hijos de Israel;

13 al oriente tres puertas; al norte tres puertas; al mediodía tres puertas; al occidente tres puertas.

14 La muralla de la ciudad se asienta sobre doce piedras, que llevan los nombres de los doce Apóstoles del Cordero.

15 El que hablaba conmigo tenía una caña de medir, de oro, para medir la ciudad, sus puertas y su muralla.

16 La ciudad es un cuadrado: su largura es igual a su anchura. Midió la ciudad con la caña, y tenía 12.000 estadios. Su largura, anchura y altura son iguales.

17 Midió luego su muralla, y tenía 144 codos - con medida humana, que era la del Angel -.

18 El material de esta muralla es jaspe y la ciudad es de oro puro semejante al vidrio puro.

19 Los asientos de la muralla de la ciudad están adornados de toda clase de piedras preciosas: el primer asiento es de jaspe, el segundo de zafiro, el tercero de calcedonia, el cuarto de esmeralda,

20 el quinto de sardónica, el sexto de cornalina, el séptimo de crisólito, el octavo de berilo, el noveno de topacio, el décimo de crisoprasa, el undécimo de jacinto, el duodécimo de amatista.

21 Y las doce puertas son doce perlas, cada una de las puertas hecha de una sola perla; y la plaza de la ciudad es de oro puro, trasparente como el cristal.

22 Pero no vi Santuario alguno en ella; porque el Señor, el Dios Todopoderoso, y el Cordero, es su Santuario.

23 La ciudad no necesita ni de sol ni de luna que la alumbren, porque la ilumina la gloria de Dios, y su lámpara es el Cordero.

24 Las naciones caminarán a su luz, y los reyes de la tierra irán a llevarle su esplendor.

25 Sus puertas no se cerrarán con el día - porque allí no habrá noche -

26 y traerán a ella el esplendor y los tesoros de las naciones.

27 Nada profano entrará en ella, ni los que cometen abominación y mentira, sino solamente los inscritos en el libro de la vida del Cordero.

Reflexión del capítulo 21

El capítulo 21 abre la meta de toda la Escritura: un cielo nuevo y una tierra nueva, sin mar, donde la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, baja del cielo engalanada como una novia (21,1-2). Una voz desde el trono proclama: esta es la morada de Dios con los hombres; pondrá su morada entre ellos, y él enjugará toda lágrima de sus ojos; no habrá ya muerte ni llanto ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado (21,3-4). El que está sentado en el trono dice: mira que hago un mundo nuevo, y se presenta como el Alfa y la Omega, que da gratis del manantial del agua de la vida (21,5-6). Juan describe luego la ciudad: un cuadrado perfecto, con doce puertas y doce cimientos, de jaspe y oro puro, adornada con toda clase de piedras preciosas (21,16-21). Y añade lo más importante: no vio Santuario alguno, porque el Señor Dios Todopoderoso y el Cordero son su Santuario (21,22).

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Hoy deja que esta promesa consuele tu corazón: Dios enjugará toda lágrima. Nombra delante de él lo que te hace llorar o sufrir, y confía en que el mundo viejo pasará. Vive ya como ciudadano de la Jerusalén nueva: busca la reconciliación, la justicia y la paz, y trata a cada persona como alguien llamado a habitar esa ciudad eterna.

Oración

Señor, tú que haces nuevas todas las cosas, renueva nuestro corazón y nuestra esperanza. Que vivamos como hijos de la Jerusalén del cielo, buscando tu presencia, que es nuestra verdadera patria. Amén.

Acerca del libro de Apocalipsis

El Apocalipsis, cuyo nombre significa revelación, es el último libro de la Biblia y cierra el conjunto de las Escrituras con una mirada de esperanza. Su autor se presenta como Juan, desterrado en la isla de Patmos por causa de la Palabra de Dios y del testimonio de Jesús (1,9), y escribe a siete Iglesias de Asia Menor. Nace en un tiempo de prueba, a finales del siglo primero, cuando los cristianos sufrían persecución y presión para adorar al poder imperial. Por eso recurre al género apocalíptico, lleno de visiones, símbolos, números y contrastes, un lenguaje que no busca adivinar fechas, sino sostener la fe de los que sufren. El libro se despliega en grandes ciclos: las cartas a las siete Iglesias, los siete sellos, las siete trompetas y las siete copas, hasta desembocar en la victoria definitiva del Cordero. En el centro está Jesucristo, el Cordero degollado y de pie, el Señor de la historia, que abre el libro y conduce todo hacia la Jerusalén nueva. La tradición católica lo lee sobre todo en clave litúrgica y cristológica: no es un enigma para descifrar, sino una escuela de perseverancia y de alabanza. Su mensaje atraviesa los siglos: el mal no tiene la última palabra, y la promesa final es la del que dice que viene pronto. La respuesta de la Iglesia sigue siendo la misma: ven, Señor Jesús.

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