Apocalipsis

Nuevo Testamento | 22 capítulos | 405 versículos

Ap

Capítulo 9

1 Tocó el quinto Angel... Entonces vi una estrella que había caído del cielo a la tierra. Se le dio la llave del pozo del Abismo.

2 Abrió el pozo del Abismo y subió del pozo una humareda como la de un horno grande, y el sol y el aire se oscurecieron con la humareda del pozo.

3 De la humareda salieron langostas sobre la tierra, y se les dio un poder como el que tienen los escorpiones de la tierra.

4 Se les dijo que no causaran daño a la hierba de la tierra, ni a nada verde, ni a ningún árbol; sólo a los hombres que no llevaran en la frente el sello de Dios.

5 Se les dio poder, no para matarlos, sino para atormentarlos durante cinco meses. El tormento que producen es como el del escorpión cuando pica a alguien.

6 En aquellos días, buscarán los hombres la muerte y no la encontrarán; desearán morir y la muerte huirá de ellos.

7 La apariencia de estas langostas era parecida a caballos preparados para la guerra; sobre sus cabezas tenían como coronas que parecían de oro; sus rostros eran como rostros humanos;

8 tenían cabellos como cabellos de mujer, y sus dientes eran como de león;

9 tenían corazas como corazas de hierro, y el ruido de sus alas como el estrépito de carros de muchos caballos que corren al combate;

10 tienen colas parecidas a las de los escorpiones, con aguijones, y en sus colas, el poder de causar daño a los hombres durante cinco meses.

11 Tienen sobre sí, como rey, al Angel del Abismo, llamado en hebreo «Abaddón», y en griego «Apolíon».

12 El primer ¡Ay! ha pasado. Mira que detrás vienen todavía otros dos.

13 Tocó el sexto Angel... Entonces oí una voz que salía de los cuatro cuernos del altar de oro que está delante de Dios;

14 y decía al sexto Angel que tenía la trompeta: «Suelta a los cuatro Angeles atados junto al gran río Eufrates.»

15 Y fueron soltados los cuatro Angeles que estaban preparados para la hora, el día, el mes y el año, para matar a la tercera parte de los hombres.

16 El número de su tropa de caballería era de 200.000.000; pude oír su número.

17 Así vi en la visión los caballos y a los que los montaban: tenían corazas de color de fuego, de jacinto y de azufre; las cabezas de los caballos como cabezas de león y de sus bocas salía fuego y humo y azufre.

18 Y fue exterminada la tercera parte de los hombres por estas tres plagas: por el fuego, el humo y el azufre que salían de sus bocas.

19 Porque el poder de los caballos está en su boca y en sus colas; pues sus colas, semejantes a serpientes, tienen cabezas y con ellas causan daño.

20 Pero los demás hombres, los no exterminados por estas plagas, no se convirtieron de las obras de sus manos; no dejaron de adorar a los demonios y a los ídolos de oro, de plata, de bronce, de piedra y de madera, que no pueden ver ni oír ni caminar.

21 No se convirtieron de sus asesinatos ni de sus hechicerías ni de sus fornicaciones ni de sus rapiñas.

Reflexión del capítulo 9

El capítulo 9 describe los dos ayes siguientes. Al sonar la quinta trompeta, una estrella abre el pozo del Abismo y de él sube una humareda que oscurece el sol; de la humareda salen langostas semejantes a caballos de guerra, con poder de atormentar como escorpiones, pero solo a los hombres que no llevan el sello de Dios (9,1-5). Su rey se llama Abaddón, que significa destrucción. Al sonar la sexta trompeta, son liberados cuatro ángeles atados junto al gran río Éufrates, y una caballería innumerable extiende el terror; una tercera parte de los hombres perece (9,13-18). Pero el versículo más trágico es el final: los supervivientes no se convirtieron de las obras de sus manos, ni dejaron de adorar a los ídolos, ni de sus asesinatos, hechicerías, fornicaciones y rapiñas (9,20-21). El capítulo muestra que ni el sufrimiento más severo fuerza el corazón: la conversión es siempre una respuesta libre al amor de Dios.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Hoy examina de qué ídolos te cuesta apartarte: el dinero, la comodidad, la imagen que das a los demás, ciertos hábitos. Reconoce ante Dios uno de ellos y da un paso concreto para dejarlo. Y no esperes a las dificultades para convertirte: aprovecha este día para volver a lo esencial, con un acto de fe y de arrepentimiento.

Oración

Señor, tú que deseas la conversión y no la muerte del pecador, líbranos de la dureza de corazón. Aparta de nosotros los ídolos que nos esclavizan y danos un corazón dócil a tu voz. Amén.

Acerca del libro de Apocalipsis

El Apocalipsis, cuyo nombre significa revelación, es el último libro de la Biblia y cierra el conjunto de las Escrituras con una mirada de esperanza. Su autor se presenta como Juan, desterrado en la isla de Patmos por causa de la Palabra de Dios y del testimonio de Jesús (1,9), y escribe a siete Iglesias de Asia Menor. Nace en un tiempo de prueba, a finales del siglo primero, cuando los cristianos sufrían persecución y presión para adorar al poder imperial. Por eso recurre al género apocalíptico, lleno de visiones, símbolos, números y contrastes, un lenguaje que no busca adivinar fechas, sino sostener la fe de los que sufren. El libro se despliega en grandes ciclos: las cartas a las siete Iglesias, los siete sellos, las siete trompetas y las siete copas, hasta desembocar en la victoria definitiva del Cordero. En el centro está Jesucristo, el Cordero degollado y de pie, el Señor de la historia, que abre el libro y conduce todo hacia la Jerusalén nueva. La tradición católica lo lee sobre todo en clave litúrgica y cristológica: no es un enigma para descifrar, sino una escuela de perseverancia y de alabanza. Su mensaje atraviesa los siglos: el mal no tiene la última palabra, y la promesa final es la del que dice que viene pronto. La respuesta de la Iglesia sigue siendo la misma: ven, Señor Jesús.

Compartir

Enlace copiado