Apocalipsis
Nuevo Testamento | 22 capítulos | 405 versículos
Capítulo 7
1 Después de esto, vi a cuatro Angeles de pie en los cuatro extremos de la tierra, que sujetaban los cuatro vientos de la tierra, para que no soplara el viento ni sobre la tierra ni sobre el mar ni sobre ningún árbol.
2 Luego vi a otro Angel que subía del Oriente y tenía el sello de Dios vivo; y gritó con fuerte voz a los cuatro Angeles a quienes se había encomendado causar daño a la tierra y al mar:
3 «No causéis daño ni a la tierra ni al mar ni a los árboles, hasta que marquemos con el sello la frente de los siervos de nuestro Dios.»
4 Y oí el número de los marcados con el sello: 144.000 sellados, de todas las tribus de los hijos de Israel.
5 De la tribu de Judá 12.000 sellados; de la tribu de Rubén 12.000; de la tribu de Gad 12.000;
6 de la tribu de Aser 12.000; de la tribu de Neftalí 12.000; de la tribu de Manasés 12.000;
7 de la tribu de Simeón 12.000; de la tribu de Leví 12.000; de la tribu de Isacar 12.000;
8 de la tribu de Zabulón 12.000; de la tribu de José 12.000; de la tribu de Benjamín 12.000 sellados.
9 Después miré y había una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y el Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos.
10 Y gritan con fuerte voz: «La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero.»
11 Y todos los Angeles que estaban en pie alrededor del trono de los Ancianos y de los cuatro Vivientes, se postraron delante del trono, rostro en tierra, y adoraron a Dios
12 diciendo: «Amén. Alabanza, gloria, sabiduría, acción de gracias, honor, poder y fuerza, a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amén.»
13 Uno de los Ancianos tomó la palabra y me dijo: «Esos que están vestidos con vestiduras blancas ¿quiénes son y de dónde han venido?»
14 Yo le respondí: «Señor mío, tú lo sabrás.» Me respondió: «Esos son los que vienen de la gran tribulación; han lavado sus vestiduras y las han blanqueado con la sangre del Cordero.
15 Por esto están delante del trono de Dios, dándole culto día y noche en su Santuario; y el que está sentado en el trono extenderá su tienda sobre ellos.
16 Ya no tendrán hambre ni sed; ya nos les molestará el sol ni bochorno alguno.
17 Porque el Cordero que está en medio del trono los apacentará y los guiará a los manantiales de las aguas de la vida. Y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos.»
Reflexión del capítulo 7
El capítulo 7 es un respiro de consuelo en medio de las visiones de juicio. Antes de que se desate el daño sobre la tierra, un ángel sube del oriente con el sello del Dios vivo y manda no dañar nada hasta que sean marcados en la frente los siervos de Dios (7,2-3). Se sella a ciento cuarenta y cuatro mil, número simbólico de la plenitud de Israel, doce mil de cada tribu (7,4-8). Pero después Juan ve algo aún más grande: una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua, de pie ante el trono y el Cordero, con vestiduras blancas y palmas en las manos (7,9). Uno de los ancianos explica que son los que vienen de la gran tribulación y han lavado sus vestiduras con la sangre del Cordero (7,14). La promesa final es entrañable: ya no tendrán hambre ni sed, el Cordero los apacentará y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos (7,16-17).
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Hoy agradece a Dios que su salvación está abierta a todos los pueblos y culturas, y reza por la misión de la Iglesia. Si estás atravesando una tribulación, ofrécela unida a Cristo y confía en la promesa de que Dios enjugará tus lágrimas. Y haz un gesto de consuelo con alguien que llora o sufre, siendo tú instrumento de ese consuelo.
Oración
Señor, tú que sellas a los tuyos y reúnes a tu pueblo de toda nación, acógenos en la muchedumbre de los salvados. Enjuga nuestras lágrimas y guíanos a las fuentes de la vida. Amén.
Acerca del libro de Apocalipsis
El Apocalipsis, cuyo nombre significa revelación, es el último libro de la Biblia y cierra el conjunto de las Escrituras con una mirada de esperanza. Su autor se presenta como Juan, desterrado en la isla de Patmos por causa de la Palabra de Dios y del testimonio de Jesús (1,9), y escribe a siete Iglesias de Asia Menor. Nace en un tiempo de prueba, a finales del siglo primero, cuando los cristianos sufrían persecución y presión para adorar al poder imperial. Por eso recurre al género apocalíptico, lleno de visiones, símbolos, números y contrastes, un lenguaje que no busca adivinar fechas, sino sostener la fe de los que sufren. El libro se despliega en grandes ciclos: las cartas a las siete Iglesias, los siete sellos, las siete trompetas y las siete copas, hasta desembocar en la victoria definitiva del Cordero. En el centro está Jesucristo, el Cordero degollado y de pie, el Señor de la historia, que abre el libro y conduce todo hacia la Jerusalén nueva. La tradición católica lo lee sobre todo en clave litúrgica y cristológica: no es un enigma para descifrar, sino una escuela de perseverancia y de alabanza. Su mensaje atraviesa los siglos: el mal no tiene la última palabra, y la promesa final es la del que dice que viene pronto. La respuesta de la Iglesia sigue siendo la misma: ven, Señor Jesús.
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