Apocalipsis

Nuevo Testamento | 22 capítulos | 405 versículos

Ap

Capítulo 8

1 Cuando el Cordero abrió el séptimo sello, se hizo silencio en el cielo, como una media hora...

2 Vi entonces a los siete Angeles que están en pie delante de Dios; les fueron entregadas siete trompetas.

3 Otro Angel vino y se puso junto al altar con un badil de oro. Se le dieron muchos perfumes para que, con las oraciones de todos los santos, los ofreciera sobre el altar de oro colocado delante del trono.

4 Y por mano del Angel subió delante de Dios la humareda de los perfumes con las oraciones de los santos.

5 Y el Angel tomó el badil y lo llenó con brasas del altar y las arrojó sobre la tierra. Entonces hubo truenos, fragor, relámpagos y temblor de tierra.

6 Los siete Angeles de las siete trompetas se dispusieron a tocar.

7 Tocó el primero... Hubo entonces pedrisco y fuego mezclados con sangre, que fueron arrojados sobre la tierra: la tercera parte de los árboles quedó abrasada, toda hierba verde quedó abrasada.

8 Tocó el segundo Angel... Entonces fue arrojado al mar algo como una enorme montaña ardiendo, y la tercera parte del mar se convirtió en sangre.

9 Pereció la tercera parte de las criaturas del mar que tienen vida, y la tercera parte de las naves fue destruida.

10 Tocó el tercer Angel... Entonces cayó del cielo una estrella grande, ardiendo como una antorcha. Cayó sobre la tercera parte de los ríos y sobre las manantiales de agua.

11 La estrella se llama Ajenjo. La tercera parte de las aguas se convirtió en ajenjo, y mucha gente murió por las aguas, que se habían vuelto amargas.

12 Tocó el cuarto Angel... Entonces fue herida la tercera parte del sol, la tercera parte de la luna y la tercera parte de las estrellas; quedó en sombra la tercera parte de ellos; el día perdió una tercera parte de su claridad y lo mismo la noche.

13 Y seguí viendo: Oí un Aguila que volaba por lo alto del cielo y decía con fuerte voz: «¡Ay, ay, ay de los habitantes de la tierra, cuando suenen las voces que quedan de las trompetas de los tres Angeles que van a tocar!»

Reflexión del capítulo 8

El capítulo 8 comienza con un silencio solemne: cuando el Cordero abre el séptimo sello, se hace silencio en el cielo como media hora (8,1). Es el silencio de la expectación y de la oración. Siete ángeles reciben siete trompetas, y otro ángel se presenta ante el altar con un incensario de oro; las oraciones de todos los santos suben como humo de incienso hasta el trono de Dios (8,3-4). Después, el ángel arroja fuego sobre la tierra y comienzan a sonar las trompetas. Las cuatro primeras golpean la creación: el pedrisco y el fuego queman la tercera parte de los árboles, una montaña ardiente cae al mar y lo convierte en sangre, una estrella llamada Ajenjo amarga las aguas, y el sol, la luna y las estrellas pierden su claridad (8,7-12). Un águila anuncia tres ayes para los habitantes de la tierra. Las trompetas no son un simple castigo: son una llamada al arrepentimiento y un anuncio de que Dios interviene en la historia.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Hoy valora el silencio: dedica unos minutos sin ruido, sin pantallas, para dejar que tu oración suba como incienso hasta Dios. Reza por la conversión de quienes viven lejos de él, sobre todo ante las catástrofes y sufrimientos del mundo. Y cuida la creación, que también habla de Dios, evitando el derroche y el daño innecesario.

Oración

Señor, tú que escuchas las oraciones de tus santos como incienso, acoge nuestras súplicas. Danos silencio interior y un corazón atento a tu voz, y conviértenos con tu bondad. Escucha nuestro clamor. Amén.

Acerca del libro de Apocalipsis

El Apocalipsis, cuyo nombre significa revelación, es el último libro de la Biblia y cierra el conjunto de las Escrituras con una mirada de esperanza. Su autor se presenta como Juan, desterrado en la isla de Patmos por causa de la Palabra de Dios y del testimonio de Jesús (1,9), y escribe a siete Iglesias de Asia Menor. Nace en un tiempo de prueba, a finales del siglo primero, cuando los cristianos sufrían persecución y presión para adorar al poder imperial. Por eso recurre al género apocalíptico, lleno de visiones, símbolos, números y contrastes, un lenguaje que no busca adivinar fechas, sino sostener la fe de los que sufren. El libro se despliega en grandes ciclos: las cartas a las siete Iglesias, los siete sellos, las siete trompetas y las siete copas, hasta desembocar en la victoria definitiva del Cordero. En el centro está Jesucristo, el Cordero degollado y de pie, el Señor de la historia, que abre el libro y conduce todo hacia la Jerusalén nueva. La tradición católica lo lee sobre todo en clave litúrgica y cristológica: no es un enigma para descifrar, sino una escuela de perseverancia y de alabanza. Su mensaje atraviesa los siglos: el mal no tiene la última palabra, y la promesa final es la del que dice que viene pronto. La respuesta de la Iglesia sigue siendo la misma: ven, Señor Jesús.

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