Apocalipsis

Nuevo Testamento | 22 capítulos | 405 versículos

Ap

Capítulo 15

1 Luego vi en el cielo otra señal grande y maravillosa: siete Angeles, que llevaban siete plagas, las últimas, porque con ellas se consuma el furor de Dios.

2 Y vi también como un mar de cristal mezclado de fuego, y a los que habían triunfado de la Bestia y de su imagen y de la cifra de su nombre, de pie junto al mar de cristal, llevando las cítaras de Dios.

3 Y cantan el cántico de Moisés, siervo de Dios, y el cántico del Cordero, diciendo: «Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios Todopoderoso; justos y verdaderos tus caminos, ¡oh Rey de las naciones!

4 ¿Quién no temerá, Señor, y no glorificará tu nombre? Porque sólo tú eres santo, y todas las naciones vendrán y se postrarán ante ti, porque han quedado de manifiesto tus justos designios».

5 Después de esto vi que se abría en el cielo el Santuario de la Tienda del Testimonio,

6 y salieron del Santuario los siete Angeles que llevaban las siete plagas, vestidos de lino puro, resplandeciente, ceñido el talle con cinturones de oro.

7 Luego, uno de los cuatro Vivientes entregó a los siete Angeles siete copas de oro llenas del furor de Dios, que vive por los siglos de los siglos.

8 Y el Santuario se llenó del humo de la gloria de Dios y de su poder, y nadie podía entrar en el Santuario hasta que se consumaran las siete plagas de los siete Angeles.

Reflexión del capítulo 15

El capítulo 15 prepara la última serie de juicios. Juan ve en el cielo siete ángeles con siete plagas, las últimas, porque con ellas se consuma el furor de Dios (15,1). Ante un mar de cristal mezclado con fuego están los que han triunfado de la Bestia, con las cítaras de Dios, y cantan el cántico de Moisés y el cántico del Cordero: grandes y maravillosas son tus obras, Señor, justos y verdaderos tus caminos (15,3). Es el canto de los redimidos, que une la memoria del Éxodo con la victoria de Cristo. Después se abre el Santuario de la Tienda del Testimonio y salen los siete ángeles vestidos de lino puro, y uno de los Vivientes les entrega siete copas de oro llenas del furor de Dios (15,5-7). El Santuario se llena del humo de la gloria de Dios, y nadie puede entrar hasta que se consuman las plagas (15,8). El capítulo muestra que el juicio de Dios no es capricho, sino respuesta santa al mal.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Hoy canta también tú el cántico de los redimidos: alaba a Dios por lo que ha hecho en tu historia, recordando cómo te ha sacado de esclavitudes concretas. Cuando veas la injusticia del mundo, no desesperes: confía en que Dios es justo y verdadero en sus caminos. Y pide por los que aún no conocen su amor, para que también ellos se unan al canto.

Oración

Señor, Dios Todopoderoso, grandes y maravillosas son tus obras. Te alabamos por tu justicia y tu misericordia, y esperamos con esperanza el día en que todo mal sea vencido para siempre. Amén.

Acerca del libro de Apocalipsis

El Apocalipsis, cuyo nombre significa revelación, es el último libro de la Biblia y cierra el conjunto de las Escrituras con una mirada de esperanza. Su autor se presenta como Juan, desterrado en la isla de Patmos por causa de la Palabra de Dios y del testimonio de Jesús (1,9), y escribe a siete Iglesias de Asia Menor. Nace en un tiempo de prueba, a finales del siglo primero, cuando los cristianos sufrían persecución y presión para adorar al poder imperial. Por eso recurre al género apocalíptico, lleno de visiones, símbolos, números y contrastes, un lenguaje que no busca adivinar fechas, sino sostener la fe de los que sufren. El libro se despliega en grandes ciclos: las cartas a las siete Iglesias, los siete sellos, las siete trompetas y las siete copas, hasta desembocar en la victoria definitiva del Cordero. En el centro está Jesucristo, el Cordero degollado y de pie, el Señor de la historia, que abre el libro y conduce todo hacia la Jerusalén nueva. La tradición católica lo lee sobre todo en clave litúrgica y cristológica: no es un enigma para descifrar, sino una escuela de perseverancia y de alabanza. Su mensaje atraviesa los siglos: el mal no tiene la última palabra, y la promesa final es la del que dice que viene pronto. La respuesta de la Iglesia sigue siendo la misma: ven, Señor Jesús.

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