Apocalipsis
Nuevo Testamento | 22 capítulos | 405 versículos
Capítulo 3
1 Al Angel de la Iglesia de Sardes escribe: Esto dice el que tiene los siete Espíritus de Dios y las siete estrellas. Conozco tu conducta; tienes nombre como de quien vive, pero estás muerto.
2 Ponte en vela, reanima lo que te queda y está a punto de morir. Pues no he encontrado tus obras llenas a los ojos de mi Dios.
3 Acuérdate, por tanto, de cómo recibiste y oíste mi Palabra: guárdala y arrepiéntete. Porque, si no estás en vela, vendré como ladrón, y no sabrás a qué hora vendré sobre ti.
4 Tienes no obstante en Sardes unos pocos que no han manchado sus vestidos. Ellos andarán conmigo vestidos de blanco; porque lo merecen.
5 El vencedor será así revestido de blancas vestiduras y no borraré su nombre del libro de la vida, sino que me declararé por él delante de mi Padre y de sus Angeles.
6 El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias.
7 Al Angel de la Iglesia de Filadelfia escribe: Esto dice el Santo, el Veraz, el que tiene la llave de David: si él abre, nadie puede cerrar; si él cierra, nadie puede abrir.
8 Conozco tu conducta: mira que he abierto ante ti una puerta que nadie puede cerrar, porque, aunque tienes poco poder, has guardado mi Palabra y no has renegado de mi nombre.
9 Mira que te voy a entregar algunos de la Sinagoga de Satanás, de los que se proclaman judíos y no lo son, sino que mienten; yo haré que vayan a postrarse delante de tus pies, para que sepan que yo te he amado.
10 Ya que has guardado mi recomendación de ser paciente, también yo te guardaré de la hora de la prueba que va a venir sobre el mundo entero para probar a los habitantes de la tierra.
11 Vengo pronto; mantén con firmeza lo que tienes, para que nadie te arrebate tu corona.
12 Al vencedor le pondré de columna en el Santuario de mi Dios, y no saldrá fuera ya más; y grabaré en él el nombre de mi Dios, y el nombre de la Ciudad de mi Dios, la nueva Jerusalén, que baja del cielo enviada por mi Dios, y mi nombre nuevo.
13 El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias.
14 Al Angel de la Iglesia de Laodicea escribe: Así habla el Amén, el Testigo fiel y veraz, el Principio de la creación de Dios.
15 Conozco tu conducta: no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente!
16 Ahora bien, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca.
17 Tú dices: «Soy rico; me he enriquecido; nada me falta». Y no te das cuenta de que eres un desgraciado, digno de compasión, pobre, ciego y desnudo.
18 Te aconsejo que me compres oro acrisolado al fuego para que te enriquezcas, vestidos blancos para que te cubras, y no quede al descubierto la vergüenza de tu desnudez, y un colirio para que te des en los ojos y recobres la vista.
19 Yo a los que amo, los reprendo y corrijo. Sé, pues, ferviente y arrepiéntete.
20 Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo.
21 Al vencedor le concederé sentarse conmigo en mi trono, como yo también vencí y me senté con mi Padre en su trono.
22 El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias.
Reflexión del capítulo 3
El capítulo 3 cierra las cartas con tres mensajes de gran fuerza. A Sardis, que tiene nombre de viva pero está muerta, se le pide ponerse en vela y reanimar lo que queda a punto de morir (3,1-2); solo unos pocos han conservado sus vestidos blancos. A Filadelfia, la Iglesia fiel de poco poder que ha guardado la Palabra, se le abre una puerta que nadie puede cerrar (3,8), y se le promete ser columna en el Santuario de Dios. A Laodicea, la más dura, se le reprocha la tibieza: no eres ni frío ni caliente (3,15). Cree estar rica y no se da cuenta de que es pobre, ciega y desnuda; se le aconseja comprar oro acrisolado y colirio para ver (3,17-18). Pero el capítulo termina con una de las imágenes más consoladoras de la Escritura: mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno me abre, entraré y cenaré con él (3,20). Es la invitación más tierna del libro: Dios mismo espera a la puerta de nuestro corazón.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Hoy sacude la tibieza con un gesto decidido: elige una práctica de fe que hayas dejado enfriar —la misa entre semana, el rosario, una obra de caridad— y hazla hoy mismo. Examina si confías en tus propias seguridades materiales y pide al Señor el colirio para ver la realidad. Y escucha su llamada: ábrele la puerta de esa habitación de tu vida que todavía tienes cerrada.
Oración
Señor, tú que reprendes a los que amas, líbranos de la tibieza y de la autosuficiencia. Danos un corazón ferviente y vigilante, y entra a cenar con nosotros. Despierta en nosotros el deseo de ti. Amén.
Acerca del libro de Apocalipsis
El Apocalipsis, cuyo nombre significa revelación, es el último libro de la Biblia y cierra el conjunto de las Escrituras con una mirada de esperanza. Su autor se presenta como Juan, desterrado en la isla de Patmos por causa de la Palabra de Dios y del testimonio de Jesús (1,9), y escribe a siete Iglesias de Asia Menor. Nace en un tiempo de prueba, a finales del siglo primero, cuando los cristianos sufrían persecución y presión para adorar al poder imperial. Por eso recurre al género apocalíptico, lleno de visiones, símbolos, números y contrastes, un lenguaje que no busca adivinar fechas, sino sostener la fe de los que sufren. El libro se despliega en grandes ciclos: las cartas a las siete Iglesias, los siete sellos, las siete trompetas y las siete copas, hasta desembocar en la victoria definitiva del Cordero. En el centro está Jesucristo, el Cordero degollado y de pie, el Señor de la historia, que abre el libro y conduce todo hacia la Jerusalén nueva. La tradición católica lo lee sobre todo en clave litúrgica y cristológica: no es un enigma para descifrar, sino una escuela de perseverancia y de alabanza. Su mensaje atraviesa los siglos: el mal no tiene la última palabra, y la promesa final es la del que dice que viene pronto. La respuesta de la Iglesia sigue siendo la misma: ven, Señor Jesús.
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