Ezequiel

Antiguo Testamento | 48 capítulos | 1272 versículos

Ez

Capítulo 10

1 Miré y vi que sobre el firmamento que estaba sobre la cabeza de los querubines aparecía, semejante a la piedra de zafiro, algo como una forma de trono, por encima de ellos.

2 Y dijo al hombre vestido de lino: «Métete entre las ruedas, debajo de los querubines, toma a manos llenas brasas ardientes de entre los querubines y espárcelas por la ciudad.» Y él entró, ante mis ojos.

3 Los querubines estaban parados a la derecha de la Casa cuando el hombre entró, y la nube llenaba el atrio interior.

4 La gloria de Yahveh se elevó de encima de los querubines hacia el umbral de la Casa y la Casa se llenó de la nube, mientras el atrio estaba lleno del resplandor de la gloria de Yahveh.

5 Y el ruido de las alas de los querubines llegaba hasta el atrio exterior, semejante a la voz del Dios Sadday cuando habla.

6 Cuando dio esta orden al hombre vestido de lino: «Toma fuego de en medio de las ruedas, de entre los querubines», el hombré fue y se detuvo junto a la rueda;

7 el querubín alargó su mano de entre los querubines hacia el fuego que había en medio de los querubines, lo tomó y lo puso en las manos del hombre vestido de lino. Este lo tomó y salió.

8 Entonces apareció en los querubines una especie de mano humana debajo de sus alas.

9 Miré: había cuatro ruedas al lado de los querubines, cada rueda junto a cada querubín, y el aspecto de las ruedas era como el destello del crisólito.

10 Las cuatro parecían tener la misma forma, como si una rueda estuviese dentro de la otra.

11 En su marcha, avanzaban en las cuatro direcciones; no se volvían en su marcha; seguían, en efecto, la dirección del lado adonde miraba la cabeza, y no se volvían en su marcha.

12 Y todo su cuerpo, su espalda, sus manos y sus alas, así como las ruedas, estaban llenos de destellos todo alrededor; sus ruedas, las de los cuatro.

13 Oí que a las ruedas se les daba el nombre de «galgal».

14 Y cada uno tenía cuatro caras: la primera era la cara del querubín, la segunda una cara de hombre, la tercera una cara de león y la cuarta una cara de águila.

15 Los querubines se levantaron: era el ser que yo había visto sobre el río Kebar.

16 Cuando los querubines avanzaban, avanzaban las ruedas a su lado; cuando los querubines desplegaban sus alas para elevarse del suelo, las ruedas no se volvían tampoco de su lado.

17 Cuando ellos se paraban, se paraban ellas, y cuando ellos se elevaban, se elevaban con ellos las ruedas, porque el espíritu del ser estaba en ellas.

18 La gloria de Yahveh salió de sobre el umbral de la Casa y se posó sobre los querubines.

19 Los querubines desplegaron sus alas y se elevaron del suelo ante mis ojos, al salir, y las ruedas con ellos. Y se detuvieron a la entrada del pórtico oriental de la Casa de Yahveh; la gloria del Dios de Israel estaba encima de ellos.

20 Era el ser que yo había visto debajo del Dios de Israel en el río Kebar; y supe que eran querubines.

21 Cada uno tenía cuatro caras y cuatro alas, y bajo sus alas formas de manos humanas.

22 En cuanto a la forma de sus caras, tenían la apariencia de las caras que yo había visto junto al río Kebar. Cada uno marchaba de frente a derecho.

Reflexión del capítulo 10

El capítulo décimo vuelve sobre la visión de los querubines y las ruedas, pero ahora con un acento nuevo y doloroso. El hombre vestido de lino recibe la orden de tomar fuego de entre las ruedas y esparcirlo sobre la ciudad. Mientras tanto, la gloria del Señor se levanta de encima de los querubines, se detiene sobre el umbral del santuario y luego se posa sobre los querubines que despliegan sus alas. Es la descripción de una partida: la presencia de Dios abandona lentamente el templo que su pueblo ha profanado. El ruido de las alas llega hasta el atrio exterior, como una despedida que no pasa desapercibida. Esta página es una de las más sobrecogedoras del Antiguo Testamento, porque muestra que la gloria de Dios no es un objeto que se pueda poseer, sino una presencia que puede retirarse. Cuando el pueblo persiste en la infidelidad, llega un momento en que la presencia se va. Sin embargo, la partida no es la última palabra: el mismo profeta anunciará más adelante el retorno de esa gloria. Aprender a valorar la presencia de Dios es el primer paso para no perderla.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Hoy, cuida la presencia de Dios en tu vida como se cuida un don que puede perderse: dedica tiempo a la oración, recibe los sacramentos con atención y evita aquello que te aleja de él. Si notas tibieza o distancia, no esperes a que crezca: vuelve hoy, sin demora. Agradece en voz baja el don de su cercanía y pide no darlo nunca por supuesto.

Oración

Señor, no permitas que tu presencia se aparte de nosotros. Danos hambre de ti y fidelidad en lo pequeño. Que cuidemos tu gracia con esmero y volvamos a ti cada vez que nos alejamos. Amén.

Acerca del libro de Ezequiel

El libro de Ezequiel ocupa un lugar singular entre los profetas de Israel. Su autor, sacerdote deportado a Babilonia en la primera oleada del destierro, ejerce su ministerio entre los años 593 y 571 antes de Cristo, lejos ya de la tierra prometida y de su templo. La tradición lo presenta como hijo de Buzí, arrancado de Jerusalén y llevado junto al río Kebar, donde recibe la llamada de Dios y contempla la visión inaugural de su gloria. Ese detalle no es un dato menor: Ezequiel anuncia que la gloria del Señor no queda atrapada en un edificio ni en un territorio, sino que acompaña a su pueblo incluso en el destierro. El libro se sitúa en el momento más oscuro de la historia de Judá. Jerusalén caerá, el templo será destruido y el pueblo quedará disperso entre las naciones. Ante la tentación de creer que Dios ha abandonado a su pueblo o que ha sido vencido por los dioses de Babilonia, el profeta proclama con fuerza la soberanía de Yahveh sobre la historia y sobre todos los pueblos. Su ministerio tiene dos grandes etapas: primero denuncia el pecado, la idolatría y la infidelidad a la alianza; después, cuando la catástrofe ya ha ocurrido, anuncia la consolación, la restauración y la promesa de un corazón nuevo. Entre sus páginas destacan imágenes que han marcado la espiritualidad cristiana: el profeta constituido como centinela responsable de avisar, la promesa del agua pura y del corazón de carne, la visión de los huesos secos que reviven al soplo del Espíritu y la esperanza de un templo nuevo del que brota un río que sana. La tradición católica lee estas páginas a la luz de Cristo, en quien se cumple la alianza nueva y se derrama el Espíritu Santo. Ezequiel nos enseña que ningún destierro es definitivo, que Dios toma siempre la iniciativa de purificar y recrear a su pueblo, y que la fidelidad de su amor no depende de nuestras debilidades. Por eso su mensaje sigue hablando hoy a todo creyente que atraviesa la prueba y busca esperanza.

Compartir

Enlace copiado