Ezequiel
Antiguo Testamento | 48 capítulos | 1272 versículos
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Capítulo 11 de 48Capítulo 11
1 El espíritu me elevó y me condujo al pórtico oriental de la Casa de Yahveh, el que mira a oriente. Y he aquí que a la entrada del pórtico había veinticinco hombres, entre los cuales vi a Yazanías, hijo de Azzur, y a Pelatías, hijo de Benaías, jefes del pueblo.
2 El me dijo: «Hijo de hombre, éstos son los hombres que maquinan el mal, que dan malos consejos en esta ciudad.
3 Dicen: "¡No es para pronto el construir casas! Ella es la olla y nosotros somos la carne."
4 Por eso, profetiza contra ellos, profetiza, hijo de hombre.»
5 El espíritu de Yahveh irrumpió en mí y me dijo: «Di: Así dice Yahveh: Eso es lo que habéis dicho, casa de Israel, conozco bien vuestra insolencia.
6 Habéis multiplicado vuestras víctimas en esta ciudad; habéis llenado de víctimas sus calles.
7 Por eso, así dice el Señor Yahveh: Las víctimas que habéis tirado en medio de ella son la carne, y ella es la olla; pero yo os haré salir de ella.
8 Teméis la espada, pues yo traeré espada contra vosotros, oráculo del Señor Yahveh.
9 Os sacaré de la ciudad, os entregaré en mano de extranjeros, y haré justicia de vosotros.
10 A espada caeréis; en el término de Israel os juzgaré yo, y sabréis que yo soy Yahveh.
11 Esta ciudad no será olla para vosotros, ni vosotros seréis carne en medio de ella; dentro del término de Israel os juzgaré yo.
12 Y sabréis que yo soy Yahveh cuyos preceptos no habéis seguido y cuyas normas no habéis guardado - por el contrario habíes obrado según las normas de las naciones que os circundan.»
13 En esto, mientras yo estaba profetizando, Pelatías, hijo de Benaías, murió. Yo caí rostro en tierra y grité con voz fuerte: «¡Ah, Señor Yahveh!, ¿vas a aniquilar al resto de Israel?»
14 Entonces me fue dirigida la palabra de Yahveh en estos términos:
15 «Hijo de hombre; de cada uno de tus hermanos, de tus parientes y de toda la casa de Israel, dicen los habitantes de Jerusalén: Seguid lejos de Yahveh; a nosotros se nos ha dado esta tierra en posesión.
16 Por eso, di: Así dice el Señor Yahveh: Sí, yo los he alejado entre las naciones, y los he dispersado por los países, pero yo he sido un santuario para ellos, por poco tiempo, en los países adonde han ido.
17 Por eso, di: Así dice el Señor Yahveh: Yo os recogeré de en medio de los pueblos, os congregaré de los países en los que habéis sido dispersados, y os daré la tierra de Israel.
18 Vendrán y quitarán de ella todos sus monstruos y abominaciones;
19 yo les daré un solo corazón y pondré en ellos un espíritu nuevo: quitaré de su carne el corazón de piedra y les daré un corazón de carne,
20 para que caminen según mis preceptos, observen mis normas y las pongan en práctica, y así sean mi pueblo y yo sea su Dios.
21 En cuanto a aquellos cuyo corazón va en pos de sus monstruos y abominaciones, yo haré recaer su conducta sobre su cabeza, oráculo del Señor Yahveh.»
22 Los querubines desplegaron sus alas y las ruedas les siguieron, mientras la gloria del Dios de Israel estaba encima de ellos.
23 La gloria de Yahveh se elevó de en medio de la ciudad y se detuvo sobre el monte que está al oriente de la ciudad.
24 El espíritu me elevó y me llevó a Caldea, donde los desterrados, en visión, en el espíritu de Dios; y la visión que había contemplado se retiró de mí.
25 Yo conté a los desterrados todo lo que Yahveh me había dado a ver.
Reflexión del capítulo 11
El capítulo undécimo reúne tres escenas que iluminan el corazón del libro. Primero, el profeta contempla a los hombres que dirigen la ciudad y que se creen a salvo, seguros como la carne dentro de una olla. Pero Dios anuncia que serán sacados de ella y juzgados; su falsa seguridad no los protegerá. Después, la gloria del Señor se eleva desde el centro de la ciudad y se posa sobre el monte situado al oriente: la presencia de Dios abandona Jerusalén. Y sin embargo, en ese momento de aparente derrota, se anuncia la promesa más luminosa: Dios reunirá a los dispersos de entre las naciones, les dará un solo corazón y pondrá dentro de ellos un aliento renovador, sustituyendo su corazón endurecido por un corazón de carne. Aquí está el núcleo de la esperanza de Ezequiel: la salvación no consistirá solo en volver a la tierra, sino en un cambio interior obrado por Dios. Esta promesa anticipa la obra del Espíritu Santo y la alianza nueva. El capítulo nos enseña que ningún exilio es definitivo cuando Dios decide renovar el corazón de su pueblo.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
No te fíes de seguridades falsas: ni la posición, ni el entorno, ni la costumbre te protegen si el corazón se aleja de Dios. Pide hoy un corazón de carne, sensible a él y a los demás, y no de piedra. Y da un paso de unidad: busca la reconciliación con alguien de quien te has distanciado, porque Dios reúne a los dispersos.
Oración
Señor, quita de nosotros el corazón endurecido y danos un corazón sensible, dócil y misericordioso. Reúnenos cuando nos dispersamos y renueva tu Espíritu en nuestro interior. Que tu presencia no se aparte nunca de nosotros. Amén.
Acerca del libro de Ezequiel
El libro de Ezequiel ocupa un lugar singular entre los profetas de Israel. Su autor, sacerdote deportado a Babilonia en la primera oleada del destierro, ejerce su ministerio entre los años 593 y 571 antes de Cristo, lejos ya de la tierra prometida y de su templo. La tradición lo presenta como hijo de Buzí, arrancado de Jerusalén y llevado junto al río Kebar, donde recibe la llamada de Dios y contempla la visión inaugural de su gloria. Ese detalle no es un dato menor: Ezequiel anuncia que la gloria del Señor no queda atrapada en un edificio ni en un territorio, sino que acompaña a su pueblo incluso en el destierro. El libro se sitúa en el momento más oscuro de la historia de Judá. Jerusalén caerá, el templo será destruido y el pueblo quedará disperso entre las naciones. Ante la tentación de creer que Dios ha abandonado a su pueblo o que ha sido vencido por los dioses de Babilonia, el profeta proclama con fuerza la soberanía de Yahveh sobre la historia y sobre todos los pueblos. Su ministerio tiene dos grandes etapas: primero denuncia el pecado, la idolatría y la infidelidad a la alianza; después, cuando la catástrofe ya ha ocurrido, anuncia la consolación, la restauración y la promesa de un corazón nuevo. Entre sus páginas destacan imágenes que han marcado la espiritualidad cristiana: el profeta constituido como centinela responsable de avisar, la promesa del agua pura y del corazón de carne, la visión de los huesos secos que reviven al soplo del Espíritu y la esperanza de un templo nuevo del que brota un río que sana. La tradición católica lee estas páginas a la luz de Cristo, en quien se cumple la alianza nueva y se derrama el Espíritu Santo. Ezequiel nos enseña que ningún destierro es definitivo, que Dios toma siempre la iniciativa de purificar y recrear a su pueblo, y que la fidelidad de su amor no depende de nuestras debilidades. Por eso su mensaje sigue hablando hoy a todo creyente que atraviesa la prueba y busca esperanza.
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