Ezequiel

Antiguo Testamento | 48 capítulos | 1272 versículos

Ez

Capítulo 6

1 La palabra de Yahveh me fue dirigida en estos términos:

2 Hijo de hombre, vuelve tu rostro hacia los montes de Israel y profetiza contra ellos.

3 Dirás: Montes de Israel, escuchad la palabra del Señor Yahveh. Así dice el Señor Yahveh a los montes, a las colinas, a los barrancos y a los valles: He aquí que yo voy a hacer venir contra vosotros la espada y destruiré vuestros altos.

4 Vuestros altares serán devastados, vuestros braseros de incienso serán rotos, haré caer a vuestros habitantes, acribillados, delante de vuestras basuras,

5 pondré los cadáveres de los israelitas delante de sus basuras, y esparciré sus huesos alrededor de vuestros altares.

6 En todo lugar donde habitéis, las ciudades quedarán en ruinas y los altos serán devastados, de forma que vuestros altares queden en ruinas, como cosa culpable, vuestras basuras sean destrozadas y aventadas, vuestros braseros de incienso hechos pedazos y aniquiladas vuestras obras.

7 Caerán las víctimas en medio de vosotros, y sabréis que yo soy Yahveh.

8 Pero haré que os queden, entre las naciones, algunos supervivientes de la espada, cuando seáis dispersados por los países.

9 Y vuestros supervivientes se acordarán de mí, entre las naciones adonde hayan sido deportados, aquellos a quienes yo haya quebrantado el corazón adúltero que se apartó de mí y los ojos que se prostituyeron detrás de sus basuras. Tendrán horror de sí mismos por las maldades que cometieron con todas sus abominaciones.

10 Y sabrán que yo soy Yahveh: no había hablado en vano de infligirles todos estos males.

11 Así dice el Señor Yahveh. Bate las manos, patalea y di: «¡Ay!», por todas las execrables abominaciones de la casa de Israel, que va a caer por la espada, el hambre y la peste.

12 El que esté lejos morirá de peste, el que esté cerca caerá a espada, el que quede sitiado morirá de hambre, porque yo desahogaré mi furor en ellos.

13 Y sabréis que yo soy Yahveh, cuando sus víctimas queden allí entre sus basuras alrededor de sus altares, en toda colina elevada, en la cima de todos los montes, bajo todo árbol verde, bajo toda encina frondosa, dondequiera que ofrecen calmante aroma a todas sus basuras.

14 Extenderé mi mano contra ellos y haré de esta tierra una soledad desolada, desde el desierto hasta Riblá, en todo lugar donde habiten; y sabrán que yo soy Yahveh.

Reflexión del capítulo 6

El capítulo sexto reúne los oráculos contra los montes de Israel, símbolo de los lugares altos donde el pueblo había levantado altares a los ídolos. El Señor anuncia que esos santuarios serán devastados, que las ciudades quedarán en ruinas y que el pueblo caerá en medio de sus propios altares, para que reconozca que él es el Señor. La idolatría había penetrado en la vida cotidiana, mezclando la adoración al Dios vivo con prácticas paganas. Pero, en medio del juicio, aparece de nuevo una promesa: Dios dejará algunos supervivientes, y esos dispersos se acordarán de él entre las naciones, reconocerán su maldad y sabrán que el Señor no había amenazado sin motivo. Este capítulo nos ayuda a mirar con sinceridad los ídolos que todavía ocupan el lugar de Dios en nuestra vida: no solo imágenes materiales, sino también el dinero, el prestigio, el poder o el propio yo. La desolación descrita no es un fin en sí misma, sino un camino para volver al único Señor.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Identifica hoy un ídolo concreto que ocupa un lugar desproporcionado en tu vida: aquello en lo que piensas, gastas o confías más de lo que conviene. No basta con reconocerlo; da un paso real, aunque sea pequeño, para devolverle a Dios el primer lugar. Y agradece al Señor los momentos en que la prueba te ha ayudado a volver a él.

Oración

Señor, único Dios verdadero, aparta de nosotros los ídolos que nos esclavizan. Que ninguna realidad creada ocupe tu lugar en nuestro corazón. Ayúdanos a recordarte, también en la prueba, y a volver siempre a ti. Amén.

Acerca del libro de Ezequiel

El libro de Ezequiel ocupa un lugar singular entre los profetas de Israel. Su autor, sacerdote deportado a Babilonia en la primera oleada del destierro, ejerce su ministerio entre los años 593 y 571 antes de Cristo, lejos ya de la tierra prometida y de su templo. La tradición lo presenta como hijo de Buzí, arrancado de Jerusalén y llevado junto al río Kebar, donde recibe la llamada de Dios y contempla la visión inaugural de su gloria. Ese detalle no es un dato menor: Ezequiel anuncia que la gloria del Señor no queda atrapada en un edificio ni en un territorio, sino que acompaña a su pueblo incluso en el destierro. El libro se sitúa en el momento más oscuro de la historia de Judá. Jerusalén caerá, el templo será destruido y el pueblo quedará disperso entre las naciones. Ante la tentación de creer que Dios ha abandonado a su pueblo o que ha sido vencido por los dioses de Babilonia, el profeta proclama con fuerza la soberanía de Yahveh sobre la historia y sobre todos los pueblos. Su ministerio tiene dos grandes etapas: primero denuncia el pecado, la idolatría y la infidelidad a la alianza; después, cuando la catástrofe ya ha ocurrido, anuncia la consolación, la restauración y la promesa de un corazón nuevo. Entre sus páginas destacan imágenes que han marcado la espiritualidad cristiana: el profeta constituido como centinela responsable de avisar, la promesa del agua pura y del corazón de carne, la visión de los huesos secos que reviven al soplo del Espíritu y la esperanza de un templo nuevo del que brota un río que sana. La tradición católica lee estas páginas a la luz de Cristo, en quien se cumple la alianza nueva y se derrama el Espíritu Santo. Ezequiel nos enseña que ningún destierro es definitivo, que Dios toma siempre la iniciativa de purificar y recrear a su pueblo, y que la fidelidad de su amor no depende de nuestras debilidades. Por eso su mensaje sigue hablando hoy a todo creyente que atraviesa la prueba y busca esperanza.

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