Ezequiel
Antiguo Testamento | 48 capítulos | 1272 versículos
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Capítulo 48 de 48Capítulo 48
1 Y estos son los nombres de las tribus. Desde el extremo norte, a lo largo del camino de Jetlón, hacia la Entrada de Jamat, Jasar Enán, quedando al norte el territorio de Damasco, a lo largo de Jamat: será para él desde el lado oriental hasta el lado occidental: Dan, una parte.
2 Limitando con Dan, desde el lado oriental hasta el lado occidental: Aser, una parte.
3 Limitando con Aser, desde el lado oriental hasta el lado occidental: Neftalí, una parte.
4 Limitando con Neftalí, desde el lado oriental hasta el lado occidental: Manasés, una parte.
5 Limitando con Manasés, desde el lado oriental hasta el lado occidental: Efraím, una parte.
6 Limitando con Efraím, desde el lado oriental hasta el lado occidental: Rubén, una parte.
7 Limitando con Rubén, desde el lado oriental hasta el lado occidental: Judá, una parte.
8 Limitando con Judá, desde el lado oriental hasta el lado occidental, estará la ofrenda sagrada que reservaréis, de veinticinco mil codos de ancha, y de larga como cada una de las otras partes desde el lado oriental hasta el lado occidental. Y en medio estará el santuario.
9 La ofrenda sagrada que reservaréis para Yahveh tendrá veinticinco mil codos de longitud y diez mil de anchura.
10 A ellos, a los sacerdotes, pertenecerá la ofrenda santa reservada: veinticinco mil codos al norte, diez mil codos de anchura al oeste, diez mil codos de anchura al este, y veinticinco mil codos de longitud al sur; y el santuario de Yahveh estará en el medio;
11 a los sacerdotes consagrados, aquellos de entre los hijos de Sadoq que cumplieron mi ministerio, y que no se descarriaron al descarriarse los israelitas, como se descarriaron los levitas,
12 a ellos les corresponderá una parte de la tierra reservada como ofrenda sacratísima, junto al territorio de los levitas.
13 Los levitas, a semejanza del territorio de los sacerdotes, tendrán un territorio de veinticinco mil codos de largo y diez mil de ancho - longitud total, veinticinco mil, y anchura, diez mil.
14 No podrán vender ni cambiar ni ceder nada de esta parte de la tierra, porque está consagrada a Yahveh.
15 Los cinco mil codos de anchura que quedan a lo largo de los veinticinco mil, serán un terreno profano para la ciudad, para viviendas y pastizales. La ciudad quedará en medio.
16 Y estas serán sus dimensiones: por el lado norte, cuatro mil quinientos codos; por el lado sur, cuatro mil quinientos codos; por el lado este, cuatro mil quinientos codos; por el lado oeste, cuatro mil quinientos codos.
17 Y los pastizales de la ciudad se extenderán hacia el norte doscientos cincuenta codos, hacia el sur doscientos cincuenta, hacia el este doscientos cincuenta y hacia el oeste doscientos cincuenta.
18 Quedará una extensión, a lo largo de la ofrenda santa reservada, de diez mil codos hacia oriente y diez mil hacia occidente, a lo largo de la ofrenda santa reservada: sus productos servirán para la alimentación de los trabajadores de la ciudad.
19 Los trabajadores que trabajen en la ciudad serán tomados de todas las tribus de Israel.
20 El total de la ofrenda reservada será de veinticinco mil codos por veinticinco mil. Reservaréis un cuarto de la ofrenda santa reservada para la propiedad de la ciudad.
21 Lo que quede será para el príncipe, a uno y otro lado de la ofrenda santa reservada y de la propiedad de la ciudad, a lo largo de los veinticinco mil codos al este, hasta la frontera oriental, y al oeste a lo largo de los veinticinco mil codos hasta la frontera occidental, para el príncipe, en correspondencia a las demás partes; y en el medio estará la ofrenda santa res reservada y el santuario de la Casa.
22 Así, desde la propiedad de los levitas y la propiedad de la ciudad que están en medio de la parte del príncipe, entre la frontera de Judá y la de Benjamín, pertenecerá al príncipe.
23 Y las demás tribus: desde el lado oriental hasta el lado occidental: Benjamín, una parte.
24 Limitando con Benjamín, desde el lado oriental hasta el lado occidental: Simeón, una parte.
25 Limitando con Simeón, desde el lado oriental hasta el lado occidental: Isacar, una parte.
26 Limitando con Isacar, desde el lado oriental hasta el lado occidental: Zabulón, una parte.
27 Limitando con Zabulón, desde el lado oriental hasta el lado occidental: Gad, una parte.
28 Y limitando con Gad, por el lado meridional, al sur, la frontera correrá desde Tamar hacia las aguas de Meribá de Cadés, el torrente, hasta el mar Grande.
29 Tal es la tierra que repartiréis en heredad entre las tribus de Israel y tales serán sus partes, oráculo del Señor Yahveh.
30 Y estas son las salidas de la ciudad: por el lado norte, se medirán cuatro mil quinientos codos.
31 Las puertas de la ciudad llevarán los nombres de las tribus de Israel. Al norte tres puertas: la puerta de Rubén, la puerta de Judá y la puerta de Leví.
32 Por el lado oriental, cuatro mil quinientos codos y tres puertas: la puerta de José, la puerta de Benjamín y la puerta de Dan.
33 Por el lado meridional, cuatro mil quinientos codos y tres puertas: la puerta de Simeón, la puerta de Isacar y la puerta de Zabulón.
34 Por el lado occidental, cuatro mil quinientos codos y tres puertas: la puerta de Gad, la puerta de Aser y la puerta de Neftalí.
35 El perímetro total será de dieciocho mil codos. Y en adelante el nombre de la ciudad será: «Yahveh está allí.»
Reflexión del capítulo 48
El capítulo cuadragesimoctavo cierra el libro con el reparto de la tierra entre las tribus y con la descripción de la ciudad nueva. Cada tribu recibe su franja, de norte a sur, y en el centro se sitúa la porción sagrada reservada al Señor, con el santuario, las tierras de los sacerdotes, las de los levitas y las de la ciudad. La ciudad tiene cuatro lados iguales, con doce puertas que llevan el nombre de cada tribu de Israel, tres por cada lado. El libro termina con una frase breve y luminosa: la ciudad llevará desde entonces un nombre nuevo: el Señor está allí. Con esta confesión se cierra todo el recorrido: el Dios que acompañó a su pueblo en el destierro, que lo purificó, lo reunió y le dio un corazón nuevo, habita ahora en medio de él para siempre. Ezequiel comenzó con la gloria de Dios en tierra extranjera y termina con la presencia de Dios en la ciudad santa. La esperanza no es un lugar, es una presencia. La tradición cristiana lee este final como anuncio de la Jerusalén celestial.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Cierra hoy este recorrido con gratitud. Pregúntate qué lugar ocupa Dios en tu vida y si realmente habita en ella. Toma una decisión concreta que haga de tu casa, de tu trabajo o de tu comunidad un lugar donde se le reconozca. Y vive con la esperanza cierta de que él está contigo, también en el destierro y en la prueba.
Oración
Señor, tú eres el Dios que está allí, en medio de tu pueblo. Habita en nosotros y haz de nuestra vida tu morada. Que vivamos con la esperanza de tu presencia, ahora y por los siglos. Amén.
Acerca del libro de Ezequiel
El libro de Ezequiel ocupa un lugar singular entre los profetas de Israel. Su autor, sacerdote deportado a Babilonia en la primera oleada del destierro, ejerce su ministerio entre los años 593 y 571 antes de Cristo, lejos ya de la tierra prometida y de su templo. La tradición lo presenta como hijo de Buzí, arrancado de Jerusalén y llevado junto al río Kebar, donde recibe la llamada de Dios y contempla la visión inaugural de su gloria. Ese detalle no es un dato menor: Ezequiel anuncia que la gloria del Señor no queda atrapada en un edificio ni en un territorio, sino que acompaña a su pueblo incluso en el destierro. El libro se sitúa en el momento más oscuro de la historia de Judá. Jerusalén caerá, el templo será destruido y el pueblo quedará disperso entre las naciones. Ante la tentación de creer que Dios ha abandonado a su pueblo o que ha sido vencido por los dioses de Babilonia, el profeta proclama con fuerza la soberanía de Yahveh sobre la historia y sobre todos los pueblos. Su ministerio tiene dos grandes etapas: primero denuncia el pecado, la idolatría y la infidelidad a la alianza; después, cuando la catástrofe ya ha ocurrido, anuncia la consolación, la restauración y la promesa de un corazón nuevo. Entre sus páginas destacan imágenes que han marcado la espiritualidad cristiana: el profeta constituido como centinela responsable de avisar, la promesa del agua pura y del corazón de carne, la visión de los huesos secos que reviven al soplo del Espíritu y la esperanza de un templo nuevo del que brota un río que sana. La tradición católica lee estas páginas a la luz de Cristo, en quien se cumple la alianza nueva y se derrama el Espíritu Santo. Ezequiel nos enseña que ningún destierro es definitivo, que Dios toma siempre la iniciativa de purificar y recrear a su pueblo, y que la fidelidad de su amor no depende de nuestras debilidades. Por eso su mensaje sigue hablando hoy a todo creyente que atraviesa la prueba y busca esperanza.
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