Ezequiel
Antiguo Testamento | 48 capítulos | 1272 versículos
Seleccionar Capítulo
Capítulo 9 de 48Capítulo 9
1 Entonces gritó a mis oídos con voz fuerte: «¡Se acercan los castigos de la ciudad, cada uno con su azote en la mano!»
2 Y en esto vinieron, de la dirección del pórtico superior que mira al norte, seis hombres, cada cual con su azote en la mano. En medio de ellos había un hombre vestido de lino con una cartera de escriba a la cintura. Entraron y se detuvieron ante al altar de bronce.
3 La gloria del Dios de Israel se levantó de sobre los querubines sobre los cuales estaba, hacia el umbral de la Casa. Llamó entonces al hombre vestido de lino que tenía la cartera de escriba a la cintura;
4 y Yahveh le dijo: «Pasa por la ciudad, por Jerusalén, y marca una cruz en la frente de los hombres que gimen y lloran por todas las abominaciones que se cometen en medio de ella.»
5 Y a los otros oí que les dijo: «Recorred la ciudad detrás de él y herid. No tengáis una mirada de piedad, no perdonéis;
6 a viejos, jóvens, doncellas, niños y mujeres matadlos hasta que no quede uno. Pero al que lleve la cruz en la frente, no le toquéis. Empezad a partir de mi santuario.» Empezaron, pues, por los ancianos que estaban delante de la Casa.
7 Luego les dijo: «Manchad la Casa, llenad de víctimas los atrios; salid.» Salieron y fueron hiriendo por la ciudad.
8 Mientras ellos herían, yo quedé solo allí y caí rostro en tierra. Exclamé: «¡Ah, Señor Yahveh!, ¿vas a exterminar a todo el resto de Israel, derramando tu furor contra Jerusalén?»
9 Me dijo: «La culpa de la casa de Israel y de Judá es muy grande, mucho; la tierra está llena de sangre, la ciudad llena de perversidad. Pues dicen: "Yahveh ha abandonado la tierra, Yahveh no ve nada."
10 Pues bien, tampoco yo tendré una mirada de piedad ni perdonaré. Haré caer su conducta sobre su cabeza».
11 En aquel momento el hombre vestido de lino que llevaba la cartera a la cintura, vino a hacer su relación: «He ejecutado lo que me ordenaste.»
Reflexión del capítulo 9
El capítulo noveno muestra, en visión, el juicio que se acerca sobre Jerusalén. Seis hombres armados reciben la orden de recorrer la ciudad; con ellos va un hombre vestido de lino que lleva a la cintura un estuche de escribano. Antes de que comience el castigo, Dios le manda pasar por la ciudad y marcar en la frente a los que gimen y se afligen por las abominaciones que se cometen. Solo después los demás son enviados a herir, y la orden es explícita: no toquen a nadie que lleve la marca. Este detalle es de una profundidad enorme. En medio de una ciudad corrompida, Dios distingue a los que sufren por el mal y no se han acomodado a él. La marca protectora no es un privilegio de los poderosos, sino de los que tienen el corazón herido por la infidelidad. El juicio, además, comienza por el santuario, es decir, por los que estaban más cerca de Dios. La tradición cristiana ha visto aquí un anuncio del sello que distingue a los elegidos, signo de pertenencia y de protección. La página nos enseña que la compasión de Dios no es indiferencia: él escucha el lamento de los que sufren por el pecado del mundo.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Hoy, no te acostumbres al mal que te rodea: no lo justifiques ni lo celebres. Reza por quienes sufren a causa de la injusticia y pide un corazón que se duela del pecado, empezando por el propio. Y confía en la promesa de este capítulo: Dios ve y protege a los que guardan fidelidad en medio de un ambiente adverso.
Oración
Señor, tú que escuchas el gemido de los que sufren por el mal, danos un corazón sensible y fiel. Que no nos acomodemos a la injusticia y que tu marca nos guarde. Ten compasión de tu pueblo. Amén.
Acerca del libro de Ezequiel
El libro de Ezequiel ocupa un lugar singular entre los profetas de Israel. Su autor, sacerdote deportado a Babilonia en la primera oleada del destierro, ejerce su ministerio entre los años 593 y 571 antes de Cristo, lejos ya de la tierra prometida y de su templo. La tradición lo presenta como hijo de Buzí, arrancado de Jerusalén y llevado junto al río Kebar, donde recibe la llamada de Dios y contempla la visión inaugural de su gloria. Ese detalle no es un dato menor: Ezequiel anuncia que la gloria del Señor no queda atrapada en un edificio ni en un territorio, sino que acompaña a su pueblo incluso en el destierro. El libro se sitúa en el momento más oscuro de la historia de Judá. Jerusalén caerá, el templo será destruido y el pueblo quedará disperso entre las naciones. Ante la tentación de creer que Dios ha abandonado a su pueblo o que ha sido vencido por los dioses de Babilonia, el profeta proclama con fuerza la soberanía de Yahveh sobre la historia y sobre todos los pueblos. Su ministerio tiene dos grandes etapas: primero denuncia el pecado, la idolatría y la infidelidad a la alianza; después, cuando la catástrofe ya ha ocurrido, anuncia la consolación, la restauración y la promesa de un corazón nuevo. Entre sus páginas destacan imágenes que han marcado la espiritualidad cristiana: el profeta constituido como centinela responsable de avisar, la promesa del agua pura y del corazón de carne, la visión de los huesos secos que reviven al soplo del Espíritu y la esperanza de un templo nuevo del que brota un río que sana. La tradición católica lee estas páginas a la luz de Cristo, en quien se cumple la alianza nueva y se derrama el Espíritu Santo. Ezequiel nos enseña que ningún destierro es definitivo, que Dios toma siempre la iniciativa de purificar y recrear a su pueblo, y que la fidelidad de su amor no depende de nuestras debilidades. Por eso su mensaje sigue hablando hoy a todo creyente que atraviesa la prueba y busca esperanza.
Compartir
Enlace copiado