Ezequiel
Antiguo Testamento | 48 capítulos | 1272 versículos
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Capítulo 19 de 48Capítulo 19
1 Y tú entona una elegía sobre los príncipes de Israel.
2 Dirás: ¿Qué era tu madre? Una leona entre leones. Echada entre los leoncillos, criaba a sus cachorros.
3 Exaltó a uno de sus cachorros, que se hizo un león joven; y aprendió a desgarrar su presa, devoró hombres.
4 Oyeron hablar de él las naciones, en su fosa quedó preso; con garfios le llevaron al país de Egipto.
5 Vio ella que su espera era fallida, fallida su esperanza; y tomo otro de sus cachorros, le hizo un león joven.
6 Andaba éste entre los leones, se hizo un león joven, aprendió a desgarrar su presa, devoró hombres;
7 derribó sus palacios, devastó sus ciudades; la tierra y sus habitantes estaban aterrados por la voz de su rugido.
8 Se alzaron contra él las naciones, las provincias circundantes; tendieron sobre él su red y en su fosa quedó preso.
9 Con garfios le cerraron en jaula, le llevaron al rey de Babilonia en calabozos le metieron, para que no se oyese más su voz por los montes de Israel.
10 Tu madre se parecía a una vid plantada a orillas de las aguas. Era fecunda, exuberante, por la abundancia de agua.
11 Tenía ramas fuertes para ser cetros reales; su talla se elevó hasta dentro de las nubes. Era imponente por su altura, por su abundancia de ramaje.
12 Pero ha sido arrancada con furor, tirada por tierra; el viento del este ha agostado su fruto; ha sido rota, su rama fuerte se ha secado, la ha devorado el fuego.
13 Y ahora está plantada en el desierto, en tierra de sequía y de sed.
14 Ha salido fuego de su rama, ha devorado sus sarmientos y su fruto. No volverá a tener su rama fuerte, su cetro real. Esto es una elegía; y de elegía sirvió.
Reflexión del capítulo 19
El capítulo decimonoveno es una elegía, un canto fúnebre por los príncipes de Israel. Con la imagen de una leona y sus cachorros, describe a la dinastía real: uno de los hijos se hizo fuerte y aprendió a desgarrar, pero las naciones lo apresaron con garfios y lo llevaron a Egipto; otro corrió la misma suerte y fue conducido a Babilonia. La segunda imagen es la de una vid fecunda plantada junto a las aguas, cuyas ramas llegaron a ser cetros reales, pero que fue arrancada con furor, quemada por el viento del este y plantada en el desierto. La elegía no solo llora a unos reyes concretos, sino el fracaso de un proyecto: la realeza que debía pastorear al pueblo se convirtió en violencia y acabó en el cautiverio. El profeta invita a mirar con realismo las consecuencias del abuso del poder. Para el creyente, esta página es una advertencia sobre toda autoridad: la que se ejerce para dominar termina por destruirse a sí misma y por arrastrar a los que debía cuidar. La verdadera grandeza se mide por el servicio.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Si tienes alguna responsabilidad sobre otros, en la familia, en el trabajo o en la comunidad, examina hoy cómo la ejerces: ¿buscas el bien de los demás o tu propio interés? Corrige lo que haga falta, pidiendo perdón si has herido a alguien con tu modo de mandar. Y reza por quienes tienen autoridad, para que la ejerzan como servicio y no como dominio.
Oración
Señor, tú eres el Rey que sirve y da la vida por los suyos. Líbranos de toda ambición y de usar a los demás para nuestro provecho. Danos autoridad humilde y corazón de servidores. Amén.
Acerca del libro de Ezequiel
El libro de Ezequiel ocupa un lugar singular entre los profetas de Israel. Su autor, sacerdote deportado a Babilonia en la primera oleada del destierro, ejerce su ministerio entre los años 593 y 571 antes de Cristo, lejos ya de la tierra prometida y de su templo. La tradición lo presenta como hijo de Buzí, arrancado de Jerusalén y llevado junto al río Kebar, donde recibe la llamada de Dios y contempla la visión inaugural de su gloria. Ese detalle no es un dato menor: Ezequiel anuncia que la gloria del Señor no queda atrapada en un edificio ni en un territorio, sino que acompaña a su pueblo incluso en el destierro. El libro se sitúa en el momento más oscuro de la historia de Judá. Jerusalén caerá, el templo será destruido y el pueblo quedará disperso entre las naciones. Ante la tentación de creer que Dios ha abandonado a su pueblo o que ha sido vencido por los dioses de Babilonia, el profeta proclama con fuerza la soberanía de Yahveh sobre la historia y sobre todos los pueblos. Su ministerio tiene dos grandes etapas: primero denuncia el pecado, la idolatría y la infidelidad a la alianza; después, cuando la catástrofe ya ha ocurrido, anuncia la consolación, la restauración y la promesa de un corazón nuevo. Entre sus páginas destacan imágenes que han marcado la espiritualidad cristiana: el profeta constituido como centinela responsable de avisar, la promesa del agua pura y del corazón de carne, la visión de los huesos secos que reviven al soplo del Espíritu y la esperanza de un templo nuevo del que brota un río que sana. La tradición católica lee estas páginas a la luz de Cristo, en quien se cumple la alianza nueva y se derrama el Espíritu Santo. Ezequiel nos enseña que ningún destierro es definitivo, que Dios toma siempre la iniciativa de purificar y recrear a su pueblo, y que la fidelidad de su amor no depende de nuestras debilidades. Por eso su mensaje sigue hablando hoy a todo creyente que atraviesa la prueba y busca esperanza.
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