Ezequiel

Antiguo Testamento | 48 capítulos | 1272 versículos

Ez

Capítulo 41

1 Me llevó dentro del Santo y midió sus pilastras: seis codos de ancho por un lado y seis codos de ancho por el otro.

2 Anchura de la entrada: diez codos. Las paredes laterales de la entrada: cinco codos de ancho por un lado y cinco por el otro. Midió su longitud: cuarenta codos; y su anchura: veinte codos.

3 Penetró en el interior y midió la pilastra de la entrada: dos codos; después la entrada: seis codos; y las paredes laterales de la entrada: siete codos.

4 Midió su longitud: veinte codos; y su anchura: veinte codos delante del Santo; y me dijo: «Esto es el Santo de los Santos.»

5 Midió el muro de la Casa: seis codos; y la anchura de la parte lateral: cuatro codos, todo alrededor de la Casa.

6 Las celdas laterales estaban superpuestas en tres pisos de treinta celdas cada uno. Se habían dispuesto en el muro de la Casa salientes para estribar las celdas por todo el ámbito: así las celdas no estribaban en el muro de la Casa.

7 La anchura de las celdas aumentaba a medida que se subía, ensanchamiento que se lograba, a costa del muro, según se subía, y todo alrededor de la Casa; por eso el interior se ensanchaba por arriba. Del piso inferior se subía al del medio, y de éste al superior.

8 Y vi que la Casa tenía un talud todo alrededor. Era la base de las celdas laterales, de una vara entera de seis codos.

9 El espesor del muro de las celdas laterales, por el exterior, era de cinco codos; quedaba un pasadizo entre las celdas laterales de la Casa.

10 Entre las salas había una anchura de veinte codos, por todo el ámbito de la Casa.

11 Y las celdas laterales tenían dos entradas sobre el pasadizo, una hacia el norte y otra hacia el mediodía. La anchura del pasadizo era de cinco codos todo alrededor.

12 El edificio que bordeaba el patio por el lado occidental tenía setenta codos de anchura; y la pared de este edificio tenía un espesor de cinco codos, todo alrededor, con una longitud de noventa codos.

13 Midió la Casa: su longitud era de cien codos. El patio más el edifico y sus muros tenían una longitud de cien codos.

14 Anchura de la fachada de la Casa más el patio hasta oriente: cien codos.

15 Midió la longitud del edificio a lo largo del patio que tenía detrás, y sus galerías a cada lado: cien codos. El interior del Santo y los vestíbulos del atrio,

16 los umbrales, las ventanas enrejadas, las galerías de los tres lados, alrededor, frente al umbral, estaban recubiertos de madera por todo el ámbito, desde el suelo hasta las ventanas, y las ventanas estaban guarnecidas de un enrejado.

17 Desde la entrada hasta el interior de la Casa, y por fuera, así como en todo el ámbito del muro, por fuera y por dentró,

18 había representado querubines y palmeras, una palmera entre querubín y querubín; cada querubín tenía dos caras:

19 una cara de hombre vuelta hacia la palmera de un lado y una cara de león hacia la palmera del otro lado; así por todo el ámbito de la Casa.

20 Desde el suelo hasta encima de la entrada estaban representados los querubines y las palmeras en el muro.

21 El jambaje del Santo era cuadrado. Delante del Santuario se veía algo como

22 un altar de madera de tres codos de alto, dos codos de largo y dos de ancho. Sus ángulos, su base y sus lados eran de madera. El hombre me dijo: «Esta es la mesa que está delante de Yahveh.»

23 El Santo tenía una puerta doble, y el Santuario una puerta doble.

24 Eran puertas de dos hojas movibles, dos hojas en una puerta y dos en la otra.

25 Y por encima (sobre las puertas del Santo), había representados querubines y palmeras como los representados en los muros. Sobre la fachada del Vestíbulo, por el exterior, había un arquitrabe de madera.

26 Ventanas enrejadas y palmeras había a ambos lados, en las paredes laterales del Vestíbulo, las celdas laterales de la Casa y los arquitrabes.

Reflexión del capítulo 41

El capítulo cuadragesimoprimero continúa las mediciones del templo, pero ahora se adentra en lo más sagrado. El hombre de bronce conduce al profeta al interior del Santo y mide sus pilastras, la entrada y el espacio principal; después penetra en el recinto más íntimo, el Santo de los Santos, y lo mide también. Se describen luego las celdas laterales dispuestas en tres pisos, el edificio que bordea el patio por el lado occidental y las galerías. Un detalle lleno de significado cierra la página: en las paredes están representados querubines y palmeras, con un rostro humano y un rostro de león, alternados. La decoración recuerda la visión inicial del profeta y une el comienzo y el final del libro: el mismo Dios que se le manifestó junto al río Kebar habita ahora en el templo restaurado. Las medidas precisas de lo sagrado subrayan que la presencia de Dios no es algo vago ni improvisado: tiene un lugar, un orden y una dignidad. La página nos invita a cuidar los espacios y los tiempos que dedicamos a Dios.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Cuida hoy tu espacio de oración: aunque sea pequeño, que sea un lugar reconocible y digno, donde te encuentres con Dios. Y cuida también los tiempos sagrados: reserva un momento real para él, sin prisa, como se cuida lo más importante. Si tu casa o tu vida están desordenadas, ordena al menos ese rincón y ese momento de cada día.

Oración

Señor, tú habitas en lo más íntimo del corazón que te busca. Enséñanos a cuidar los espacios y los tiempos que te dedicamos, y a tratar con reverencia lo sagrado. Ven a habitar en nosotros. Amén.

Acerca del libro de Ezequiel

El libro de Ezequiel ocupa un lugar singular entre los profetas de Israel. Su autor, sacerdote deportado a Babilonia en la primera oleada del destierro, ejerce su ministerio entre los años 593 y 571 antes de Cristo, lejos ya de la tierra prometida y de su templo. La tradición lo presenta como hijo de Buzí, arrancado de Jerusalén y llevado junto al río Kebar, donde recibe la llamada de Dios y contempla la visión inaugural de su gloria. Ese detalle no es un dato menor: Ezequiel anuncia que la gloria del Señor no queda atrapada en un edificio ni en un territorio, sino que acompaña a su pueblo incluso en el destierro. El libro se sitúa en el momento más oscuro de la historia de Judá. Jerusalén caerá, el templo será destruido y el pueblo quedará disperso entre las naciones. Ante la tentación de creer que Dios ha abandonado a su pueblo o que ha sido vencido por los dioses de Babilonia, el profeta proclama con fuerza la soberanía de Yahveh sobre la historia y sobre todos los pueblos. Su ministerio tiene dos grandes etapas: primero denuncia el pecado, la idolatría y la infidelidad a la alianza; después, cuando la catástrofe ya ha ocurrido, anuncia la consolación, la restauración y la promesa de un corazón nuevo. Entre sus páginas destacan imágenes que han marcado la espiritualidad cristiana: el profeta constituido como centinela responsable de avisar, la promesa del agua pura y del corazón de carne, la visión de los huesos secos que reviven al soplo del Espíritu y la esperanza de un templo nuevo del que brota un río que sana. La tradición católica lee estas páginas a la luz de Cristo, en quien se cumple la alianza nueva y se derrama el Espíritu Santo. Ezequiel nos enseña que ningún destierro es definitivo, que Dios toma siempre la iniciativa de purificar y recrear a su pueblo, y que la fidelidad de su amor no depende de nuestras debilidades. Por eso su mensaje sigue hablando hoy a todo creyente que atraviesa la prueba y busca esperanza.

Compartir

Enlace copiado