Ezequiel

Antiguo Testamento | 48 capítulos | 1272 versículos

Ez

Capítulo 42

1 Luego me hizo salir al atrio exterior, hacia el norte, y me llevó a las salas situadas cara al patio, es decir frente al edificio, al norte.

2 La longitud era de cien codos, hacia el norte, y la anchura de cincuenta codos.

3 Frente a los pórticos del atrio interior, y frente al enlosado del atrio exterior, había una galería a lo largo de la galería triple,

4 y, por delante de las salas, un corredor de diez codos de ancho hacia el interior, y cien codos de largo; sus puertas daban al norte.

5 Las salas superiores eran estrechas, porque las galerías les comían parte de su espacio, más estrechas que las de abajo y las del medio del edificio,

6 porque estaban divididas en tres pisos y no tenían columnas como el atrio. Por eso, se iban estrechando con relación a las de abajo y las del medio (a partir del suelo).

7 Y el muro exterior, paralelo a las salas, en dirección al atrio exterior, frente a las salas, tenía cincuenta codos de longitud.

8 Pues la longitud de las salas que daban al atrio exterior era de cincuenta codos, mientras que las que miraban al Santo tenían cien codos.

9 Por debajo de las salas había una entrada del lado de oriente, que daba acceso desde el atrio exterior.

10 A todo lo largo del muro del atrio, en dirección del mediodía, cara al patio y al edificio, había salas.

11 Un corredor pasaba por delante de ellas, como en las salas situadas en dirección norte; tenían igual longitud e igual anchura; iguales salidas, igual disposición y entradas iguales.

12 Por debajo de las salas orientadas al mediodía había una entrada al comienzo de cada corredor, frente al muro situado hacia oriente, según se entra.

13 El me dijo: «Las salas del norte y las salas del mediodía que miran al patio son las salas del Santuario, donde los sacerdotes que se acercan a Yahveh comerán las cosas sacratísimas. Allí depositarán las cosas sacratísimas, la oblación, el sacrificio por el pecado y el sacrificio de expiación, porque es un lugar santo.

14 Y cuando los sacerdotes entren allí, no saldrán del santuario al atrio exterior sin haber dejado allí sus vestiduras litúrgicas, porque estas vestiduras son santas; para acercarse a los lugares destinados al pueblo se pondrán otras ropas.»

15 Cuando acabó de medir el interior de la Casa, me hizo salir en dirección al pórtico que mira a oriente y midió todo el ámbito.

16 Midió el lado oriental con su vara de medir: quinientos codos de perímetro, con la vara de medir.

17 Luego midió el lado norte con la vara de medir: quinientos codos de perímetro.

18 Después midió el lado sur con la vara de medir: quinientos codos

19 de perímetro. Por el lado occidental midió con la vara de medir: quinientos codos.

20 Midió por fin por los cuatro lados el muro que lo cercaba, todo alrededor: longitud, quinientos; anchura, quinientos; para separar lo sagrado de lo profano.

Reflexión del capítulo 42

El capítulo cuadragesimosegundo completa la descripción del templo con las salas destinadas a los sacerdotes. El profeta es llevado a la parte exterior, hacia el norte, y después al lado sur, donde se encuentran dos conjuntos de salas, uno frente al otro, con un corredor que las recorre. Allí comerán los sacerdotes las ofrendas santas y guardarán las vestiduras sagradas. Un detalle importante cierra la página: los sacerdotes no podrán llevar al atrio exterior las vestiduras con que han oficiado, sino que deberán cambiarse antes de salir, para no transmitir al pueblo la santidad de lo sagrado. El capítulo termina con la medición del muro que rodea todo el recinto. La idea central es la distinción entre lo sagrado y lo profano: no todo es igual, hay espacios y momentos reservados a Dios, y esa distinción protege el misterio. En una cultura que tiende a borrar toda diferencia, esta página recuerda que la reverencia es una forma de amor. La tradición cristiana ha visto en el cuidado de lo sagrado un reflejo del respeto debido a Dios.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Cultiva hoy la reverencia: en la iglesia, en la oración, en el modo de tratar las cosas santas. No es rigidez, es amor que reconoce la grandeza de Dios. Revisa también si has perdido el sentido de lo sagrado en tu vida, y recupera un gesto concreto de respeto: una genuflexión consciente, un silencio, un cuidado del lenguaje al hablar de Dios.

Oración

Señor, tú eres santo y mereces nuestro respeto y nuestra reverencia. Danos un corazón que distinga lo sagrado de lo profano y que trate tu misterio con amor. Enséñanos a adorarte con dignidad. Enséñanos a adorarte con todo el corazón. Amén.

Acerca del libro de Ezequiel

El libro de Ezequiel ocupa un lugar singular entre los profetas de Israel. Su autor, sacerdote deportado a Babilonia en la primera oleada del destierro, ejerce su ministerio entre los años 593 y 571 antes de Cristo, lejos ya de la tierra prometida y de su templo. La tradición lo presenta como hijo de Buzí, arrancado de Jerusalén y llevado junto al río Kebar, donde recibe la llamada de Dios y contempla la visión inaugural de su gloria. Ese detalle no es un dato menor: Ezequiel anuncia que la gloria del Señor no queda atrapada en un edificio ni en un territorio, sino que acompaña a su pueblo incluso en el destierro. El libro se sitúa en el momento más oscuro de la historia de Judá. Jerusalén caerá, el templo será destruido y el pueblo quedará disperso entre las naciones. Ante la tentación de creer que Dios ha abandonado a su pueblo o que ha sido vencido por los dioses de Babilonia, el profeta proclama con fuerza la soberanía de Yahveh sobre la historia y sobre todos los pueblos. Su ministerio tiene dos grandes etapas: primero denuncia el pecado, la idolatría y la infidelidad a la alianza; después, cuando la catástrofe ya ha ocurrido, anuncia la consolación, la restauración y la promesa de un corazón nuevo. Entre sus páginas destacan imágenes que han marcado la espiritualidad cristiana: el profeta constituido como centinela responsable de avisar, la promesa del agua pura y del corazón de carne, la visión de los huesos secos que reviven al soplo del Espíritu y la esperanza de un templo nuevo del que brota un río que sana. La tradición católica lee estas páginas a la luz de Cristo, en quien se cumple la alianza nueva y se derrama el Espíritu Santo. Ezequiel nos enseña que ningún destierro es definitivo, que Dios toma siempre la iniciativa de purificar y recrear a su pueblo, y que la fidelidad de su amor no depende de nuestras debilidades. Por eso su mensaje sigue hablando hoy a todo creyente que atraviesa la prueba y busca esperanza.

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