Ezequiel

Antiguo Testamento | 48 capítulos | 1272 versículos

Ez

Capítulo 25

1 La palabra de Yahveh me fue dirigida en estos términos:

2 Hijo de hombre, vuelve tu rostro hacia los ammonitas y profetiza contra ellos.

3 Dirás a los ammonitas: Escuchad la palabra del Señor Yahveh. Así dice el Señor Yahveh: Por haber dicho: «¡Ja, ja!» sobre mi santuario cuando era profanado, sobre la tierra de Israel cuando era devastada y sobre la casa de Judá cuando marchaba al destierro,

4 por eso, he aquí que yo te entrego en posesión a los hijos de Oriente; emplazarán en ti sus campamentos, y pondrán en ti sus tiendas; ellos comerán tus frutos y ellos beberán tu leche.

5 Yo haré de Rabbá un establo de camellos, y de las ciudades de Ammón un redil de ovejas. Y sabréis que yo soy Yahveh.

6 Así dice el Señor Yahveh: Por haber batido palmas y haber pataleado, por haberte alegrado, con todo tu desprecio y animosidad, a costa de la tierra de Israel,

7 por eso, he aquí que yo extiendo mi mano contra ti y te entregaré al saqueo de las naciones, te extirparé de entre los pueblos y te exterminaré de entre los países. Te destruiré, y sabrás que yo soy Yahveh.

8 Así dice el Señor Yahveh: Porque Moab y Seír han dicho: «Mirad, la casa de Judá es igual que todas las naciones»,

9 por eso, he aquí que yo voy a abrir las espaldas de Moab, y a destruir de un extremo al otro sus ciudades, las joyas de ese país, Bet Hayesimot, Baal Meón, Quiryatáyim.

10 A los hijos de Oriente, además de los ammonitas, la entrego en posesión, para que no se recuerde más entre las naciones.

11 Haré justicia de Moab, y se sabrá que yo soy Yahveh.

12 Así dice el Señor Yahveh: Porque Edom ha ejecutado su venganza sobre la casa de Judá y se ha hecho gravemente culpable al vengarse de ella,

13 por eso, así dice el Señor Yahveh: Yo extenderé mi mano contra Edom y extirparé de ella hombres y bestias. La convertiré en desierto; desde Temán a Dedán caerán a espada.

14 Pondré mi venganza contra Edom en manos de mi pueblo Israel, que tratará a Edom según mi cólera y mi furor, y se sabrá lo que es mi venganza, oráculo del Señor Yahveh.

15 Así dice el Señor Yahveh: Porque los filisteos han actuado vengativamente y han ejecutado su venganza con desprecio y animosidad, tratando de destruir a impulsos de un odio eterno,

16 por eso, así dice el Señor Yahveh: He aquí que yo extiendo mi mano contra los filisteos; extirparé a los kereteos y destruiré lo que queda en el litoral del mar.

17 Ejecutaré contra ellos terribles venganzas, furiosos escarmientos, y sabrán que yo soy Yahveh, cuando les aplique mi venganza.

Reflexión del capítulo 25

El capítulo vigesimoquinto abre la sección de oráculos contra las naciones vecinas. Amón, Moab, Edom y los filisteos son juzgados uno tras otro. El motivo común no es una rivalidad política cualquiera, sino algo más profundo: se alegraron de la desgracia de Judá, se burlaron cuando el santuario fue profanado, celebraron la caída de su hermano y aprovecharon la ocasión para vengarse. Dios se presenta aquí como el defensor de su pueblo y como el juez de todos los pueblos. La página enseña que la alegría por el mal ajeno es un pecado grave, y que Dios no es indiferente ante quienes se aprovechan del sufrimiento de otros. Tampoco es indiferente ante el orgullo de quienes se creen superiores. Para el creyente, este capítulo es una invitación a revisar los sentimientos que albergamos hacia quienes nos han hecho daño: el deseo de venganza, la satisfacción ante su fracaso, la burla. El camino de Dios no es ese; él llama a la misericordia y a dejar el juicio en sus manos.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Examina hoy si te alegras del mal ajeno, aunque sea en secreto: cuando alguien que no te cae bien fracasa, cuando un rival pierde. Pide al Señor un corazón limpio y libre de rencores. Y si te has burlado de alguien o has celebrado su desgracia, reconócelo y reza por esa persona, deseándole de verdad el bien. Que el bien del otro sea también tu bien.

Oración

Señor, tú eres juez de todos los pueblos y defiendes a los humildes. Purifica nuestro corazón de rencor, envidia y deseo de venganza. Danos la libertad de desear el bien incluso a quienes nos han ofendido. Amén.

Acerca del libro de Ezequiel

El libro de Ezequiel ocupa un lugar singular entre los profetas de Israel. Su autor, sacerdote deportado a Babilonia en la primera oleada del destierro, ejerce su ministerio entre los años 593 y 571 antes de Cristo, lejos ya de la tierra prometida y de su templo. La tradición lo presenta como hijo de Buzí, arrancado de Jerusalén y llevado junto al río Kebar, donde recibe la llamada de Dios y contempla la visión inaugural de su gloria. Ese detalle no es un dato menor: Ezequiel anuncia que la gloria del Señor no queda atrapada en un edificio ni en un territorio, sino que acompaña a su pueblo incluso en el destierro. El libro se sitúa en el momento más oscuro de la historia de Judá. Jerusalén caerá, el templo será destruido y el pueblo quedará disperso entre las naciones. Ante la tentación de creer que Dios ha abandonado a su pueblo o que ha sido vencido por los dioses de Babilonia, el profeta proclama con fuerza la soberanía de Yahveh sobre la historia y sobre todos los pueblos. Su ministerio tiene dos grandes etapas: primero denuncia el pecado, la idolatría y la infidelidad a la alianza; después, cuando la catástrofe ya ha ocurrido, anuncia la consolación, la restauración y la promesa de un corazón nuevo. Entre sus páginas destacan imágenes que han marcado la espiritualidad cristiana: el profeta constituido como centinela responsable de avisar, la promesa del agua pura y del corazón de carne, la visión de los huesos secos que reviven al soplo del Espíritu y la esperanza de un templo nuevo del que brota un río que sana. La tradición católica lee estas páginas a la luz de Cristo, en quien se cumple la alianza nueva y se derrama el Espíritu Santo. Ezequiel nos enseña que ningún destierro es definitivo, que Dios toma siempre la iniciativa de purificar y recrear a su pueblo, y que la fidelidad de su amor no depende de nuestras debilidades. Por eso su mensaje sigue hablando hoy a todo creyente que atraviesa la prueba y busca esperanza.

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