Ezequiel

Antiguo Testamento | 48 capítulos | 1272 versículos

Ez

Capítulo 26

1 El año undécimo, el día primero del mes, la palabra de Yahveh me fue dirigida en estos términos:

2 Hijo de hombre, porque Tiro ha dicho contra Jerusalén: «¡Ja, ja! ahí está rota, la puerta de los pueblos; se vuelve hacia mí, su riqueza está en ruinas»,

3 por eso, así dice el Señor Yahveh: Aquí estoy contra ti, Tiro. Voy a hacer subir contra ti a naciones numerosas, como el mar hace subir sus olas.

4 Derruirán las murallas de Tiro y abatirán sus torres. Yo barreré de ella hasta el polvo y la dejaré como roca pelada.

5 Quedará, en medio del mar, como un secadero de redes. Porque he hablado yo, oráculo del Señor Yahveh. Tiro será presa propicia para las naciones.

6 Y sus hijas que están tierra adentro serán muertas a espada. Y se sabrá que yo soy Yahveh.

7 Pues así dice el Señor Yahveh: He aquí que yo traigo contra Tiro, por el norte, a Nabucodonosor, rey de Babilonia, rey de reyes, con caballos, carros y jinetes y gran número de tropas.

8 A tus hijas que están tierra adentro las matará a espada. Hará contra ti trincheras, levantará contra ti un terraplén, alzará contra ti un testudo,

9 lanzará los golpes de su ariete contra tus murallas, demolerá tus torres con sus máquinas.

10 Sus caballos son tan numerosos que su polvo te cubrirá. Al estrépito de su caballería, de sus carros y carretas, trepidarán tus murallas cuando entre él por tus puertas, como se entra en una ciudad, brecha abierta.

11 Con los cascos de sus caballos hollará todas tus calles, a tu pueblo pasará a cuchillo, y tus grandiosas estelas se desplomarán en tierra.

12 Se llevarán como botín tus riquezas, saquearán tus mercancías, destruirán tus murallas, demolerán tus casas suntuosas. Tus piedras, tus vigas y tus escombros los echarán al fondo de las aguas.

13 Yo haré cesar la armonía de tus canciones, y no se volverá a oír el son de tus cítaras.

14 Te convertiré en roca pelada, quedarás como secadero de redes; no volverás a ser reconstruida, porque yo, Yahveh, he hablado, oráculo del Señor Yahveh.

15 Así dice el Señor Yahveh a Tiro: Al estruendo de tu caída, cuando giman las víctimas, cuando hierva la carnicería en medio de ti, ¿no temblarán las islas?

16 Bajarán de sus tronos todos los príncipes del mar, se quitarán sus mantos, dejarán sus vestidos recamados. Se vestirán de pavores, se sentarán en tierra, sin tregua temblarán y quedarán pasmados por ti.

17 Entonarán por ti una elegía y te dirán: ¡Ah! ahí estás destruida, desaparecida de los mares, la ciudad famosa, que fue poderosa en el mar, con tus habitantes, los que infundían el terror en todo el continente.

18 Ahora tiemblan las islas en el día de tu caída, las islas del mar están aterradas de tu fin.

19 Porque así dice el Señor Yahveh: Cuando yo te convierta en una ciudad en ruinas como las ciudades despobladas, cuando yo empuje sobre ti el océano, y te cubran las muchas aguas,

20 entonces te precipitaré con los que bajan a la fosa, con el pueblo de antaño; te haré habitar en los infiernos, como las ruinas de antaño, con los que bajan a la fosa, para que no vuelvas a ser restablecida en la tierra de los vivos.

21 Haré de ti un objeto de espanto, y no existirás más. Se te buscará y no se te encontrará jamás, oráculo del Señor Yahveh.

Reflexión del capítulo 26

El capítulo vigesimosexto se dirige contra Tiro, la gran ciudad mercantil del Mediterráneo. Su pecado queda formulado con claridad al comienzo: cuando Jerusalén cayó, Tiro se alegró, pensando que se abrirían para ella las puertas del comercio. La ciudad se había construido sobre el mar y vivía de su riqueza, de sus naves y de sus intercambios con todos los pueblos. El profeta anuncia que sus murallas serán derribadas, sus torres abatidas y la ciudad convertida en un secadero de redes, es decir, en nada. Los príncipes del mar bajarán de sus tronos para entonar una elegía, y las islas temblarán ante su caída. La imagen es de una fuerza extraordinaria: la potencia que parecía invulnerable se desvanece. La lección es permanente: ninguna riqueza, ninguna posición estratégica y ningún poder económico garantizan la permanencia. Solo Dios es roca firme. Cuando la seguridad se apoya en lo material, la caída llega antes o después, y con ella el desconcierto de quienes se habían fiado de ella.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

No pongas hoy tu confianza en la estabilidad económica ni en el éxito, ni siquiera en tu propia capacidad de previsión. Trabaja y administra con responsabilidad, pero sin angustia, sabiendo que todo puede cambiar. Agradece lo que tienes, comparte con quien lo necesita y edifica tu seguridad sobre Dios, que permanece cuando todo lo demás pasa. Que tu tesoro esté donde nada se pierde.

Oración

Señor, tú permaneces cuando todo lo demás se desvanece. Líbranos de apoyar el corazón en la riqueza o en el éxito. Danos sobriedad, generosidad y confianza en ti, roca firme que no pasa. Enséñanos a compartir lo que tenemos. Amén.

Acerca del libro de Ezequiel

El libro de Ezequiel ocupa un lugar singular entre los profetas de Israel. Su autor, sacerdote deportado a Babilonia en la primera oleada del destierro, ejerce su ministerio entre los años 593 y 571 antes de Cristo, lejos ya de la tierra prometida y de su templo. La tradición lo presenta como hijo de Buzí, arrancado de Jerusalén y llevado junto al río Kebar, donde recibe la llamada de Dios y contempla la visión inaugural de su gloria. Ese detalle no es un dato menor: Ezequiel anuncia que la gloria del Señor no queda atrapada en un edificio ni en un territorio, sino que acompaña a su pueblo incluso en el destierro. El libro se sitúa en el momento más oscuro de la historia de Judá. Jerusalén caerá, el templo será destruido y el pueblo quedará disperso entre las naciones. Ante la tentación de creer que Dios ha abandonado a su pueblo o que ha sido vencido por los dioses de Babilonia, el profeta proclama con fuerza la soberanía de Yahveh sobre la historia y sobre todos los pueblos. Su ministerio tiene dos grandes etapas: primero denuncia el pecado, la idolatría y la infidelidad a la alianza; después, cuando la catástrofe ya ha ocurrido, anuncia la consolación, la restauración y la promesa de un corazón nuevo. Entre sus páginas destacan imágenes que han marcado la espiritualidad cristiana: el profeta constituido como centinela responsable de avisar, la promesa del agua pura y del corazón de carne, la visión de los huesos secos que reviven al soplo del Espíritu y la esperanza de un templo nuevo del que brota un río que sana. La tradición católica lee estas páginas a la luz de Cristo, en quien se cumple la alianza nueva y se derrama el Espíritu Santo. Ezequiel nos enseña que ningún destierro es definitivo, que Dios toma siempre la iniciativa de purificar y recrear a su pueblo, y que la fidelidad de su amor no depende de nuestras debilidades. Por eso su mensaje sigue hablando hoy a todo creyente que atraviesa la prueba y busca esperanza.

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