Ezequiel

Antiguo Testamento | 48 capítulos | 1272 versículos

Ez

Capítulo 22

1 La palabra de Yahveh me fue dirigida en estos términos:

2 Y tú, hijo de hombre, ¿no vas a juzgar? ¿No vas a juzgar a la ciudad sanguinaria? Hazle saber todas sus abominaciones.

3 Dirás: Así dice el Señor Yahveh: Ciudad que derramas sangre en medio de ti para que llegue tu hora, que haces basuras en tu suelo para contaminarte,

4 por la sangre que derramaste te has hecho culpable, con las basuras que hiciste te has contaminado; has adelantado tu hora, ha llegado el término de tus años. Por eso yo he hecho de ti la burla de las naciones y la irrisión de todos los países.

5 Próximos y lejanos, se reirán de ti, ciudad de nombre impuro, llena de desórdenes.

6 Ahí están dentro de ti los príncipes de Israel, cada uno según su poder, sólo ocupados en derramar sangre.

7 En ti se desprecia al padre y a la madre, en ti se maltrata al forastero residente, en ti se oprime al huérfano y a la viuda.

8 No tienes respeto a mis cosas sagradas, profanas mis sábados.

9 Hay en ti gente que calumnia para verter sangre. En ti se come en los montes, y se comete infamia.

10 En ti se descubre la desnudez del propio padre, en ti se hace violencia a la mujer en estado de impureza.

11 Un comete abominación con la mujer de su prójimo, el otro se contamina de manera infame con su nuera, otro hace violencia a su hermana, la hija de su propio padre;

12 en ti se acepta soborno para derramar sangre; tomas a usura e interés, explotas a tu prójimo con violencia, y te has olvidado de mí, oráculo del Señor Yahveh.

13 Mira, yo voy a batir palmas a causa de los actos de pillaje que has cometido y de la sangre que corre en medio de ti.

14 ¿Podrá tu corazón resistir y tus manos seguir firmes el día en que yo actúe contra ti? Yo, Yahveh, he hablado y lo haré.

15 Te dispersaré entre las naciones, te esparciré por los países, borraré la impureza que hay en medio de ti,

16 por ti misma te verás profanada a los ojos de las naciones, y sabrás que yo soy Yahveh.

17 La palabra de Yahveh me fue dirigida en estos términos:

18 Hijo de hombre, la casa de Israel se me ha convertido en escoria; todos son cobre, estaño, hierro, plomo, en medio de un horno; ¡escoria son!

19 Por eso, así dice el Señor Yahveh: Por haberos convertido todos vosotros en escoria, por eso voy a juntaros en medio de Jerusalén.

20 Como se pone junto plata, cobre, hierro, plomo y estaño en el horno, y se atiza el fuego por debajo para fundirlo todo, así os juntaré yo en mi cólera y mi furor; os pondré y os fundiré.

21 Os reuniré, atizaré contra vosotros el fuego de mi furia, y os fundiré en medio de la ciudad.

22 Como se funde la plata en medio del horno, así seréis fundidos vosotros en medio de ella, y sabréis que yo, Yahveh, he derramado mi furor sobre vosotros.

23 La palabra de Yahveh me fue dirigida en estos términos:

24 Hijo de hombre, dile: Eres una tierra que no ha tenido lluvia ni inundación en el día de la Ira;

25 los príncipes que en ella residen son como un león rugiente que desgarra su presa. Han devorado a la gente, se han apoderado de haciendas y joyas, han multiplicado las viudas en medio de ella.

26 Sus sacerdotes han violado mi ley y profanado mis cosas sagradas; no han hecho diferencia entre lo sagrado y lo profano, ni han enseñado a distinguir entre lo puro y lo impuro; se han tapado los ojos para no ver mis sábados, y yo he sido deshonrado en medio de ellos.

27 Sus jefes, en medio de ella, son como lobos que desgarran su presa, que derraman sangre, matando a las personas para robar sus bienes.

28 Sus profetas los han recubierto de argamasa con sus vanas visiones y sus presagios mentirosos, diciendo: «Así dice el Señor Yahveh», cuando Yahveh no había hablado.

29 El pueblo de la tierra ha hecho violencia y cometido pillaje, ha oprimido al pobre y al indigente, ha maltratado al forastero sin ningún derecho.

30 He buscado entre ellos alguno que construyera un muro y se mantuviera de pie en la brecha ante mí, para proteger la tierra e impedir que yo la destruyera, y no he encontrado a a nadie.

31 Entonces he derramado mi ira sobre ellos; en el fuego de mi furia los he exterminado: he hecho caer su conducta sobre su cabeza, oráculo del Señor Yahveh.

Reflexión del capítulo 22

El capítulo vigesimosegundo presenta un catálogo de los pecados de Jerusalén. No se trata de un solo crimen, sino de una corrupción que atraviesa toda la sociedad: sangre derramada, ídolos, desprecio de los padres, opresión del forastero y del huérfano, deshonestidad en el comercio, usura, soborno, injusticia. El profeta recorre los distintos grupos: los príncipes que abusan de su poder, los sacerdotes que violan la ley, los jefes que devoran como lobos, los profetas que encubren todo con visiones falsas, y el pueblo que oprime al pobre. Ante semejante panorama, Dios afirma que buscó entre ellos a alguien que reparara el muro y se mantuviera en la brecha delante de él, pero no lo encontró. Esta imagen es de una belleza y una tristeza inmensas: Dios busca intercesores, personas capaces de detener la ruina con su fidelidad. El capítulo es una llamada a la justicia social y a la responsabilidad, y nos recuerda que la santidad personal tiene una dimensión comunitaria: quien reza y obra rectamente sostiene a muchos.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

No te limites hoy a tu mundo privado. Fíjate en una injusticia concreta a tu alcance: un abuso, una exclusión, un engaño, una necesidad no atendida. Reza por ella y haz algo, aunque sea pequeño. Y ofrécete a Dios como uno de los que se mantienen en la brecha, intercediendo por los demás y sosteniendo el bien común. La intercesión y la justicia van de la mano.

Oración

Señor, tú buscas quien repare el muro y se mantenga en la brecha. Aquí estamos: haznos intercesores y artesanos de justicia. Que no seamos indiferentes ante el mal y que sostengamos a los débiles. Amén.

Acerca del libro de Ezequiel

El libro de Ezequiel ocupa un lugar singular entre los profetas de Israel. Su autor, sacerdote deportado a Babilonia en la primera oleada del destierro, ejerce su ministerio entre los años 593 y 571 antes de Cristo, lejos ya de la tierra prometida y de su templo. La tradición lo presenta como hijo de Buzí, arrancado de Jerusalén y llevado junto al río Kebar, donde recibe la llamada de Dios y contempla la visión inaugural de su gloria. Ese detalle no es un dato menor: Ezequiel anuncia que la gloria del Señor no queda atrapada en un edificio ni en un territorio, sino que acompaña a su pueblo incluso en el destierro. El libro se sitúa en el momento más oscuro de la historia de Judá. Jerusalén caerá, el templo será destruido y el pueblo quedará disperso entre las naciones. Ante la tentación de creer que Dios ha abandonado a su pueblo o que ha sido vencido por los dioses de Babilonia, el profeta proclama con fuerza la soberanía de Yahveh sobre la historia y sobre todos los pueblos. Su ministerio tiene dos grandes etapas: primero denuncia el pecado, la idolatría y la infidelidad a la alianza; después, cuando la catástrofe ya ha ocurrido, anuncia la consolación, la restauración y la promesa de un corazón nuevo. Entre sus páginas destacan imágenes que han marcado la espiritualidad cristiana: el profeta constituido como centinela responsable de avisar, la promesa del agua pura y del corazón de carne, la visión de los huesos secos que reviven al soplo del Espíritu y la esperanza de un templo nuevo del que brota un río que sana. La tradición católica lee estas páginas a la luz de Cristo, en quien se cumple la alianza nueva y se derrama el Espíritu Santo. Ezequiel nos enseña que ningún destierro es definitivo, que Dios toma siempre la iniciativa de purificar y recrear a su pueblo, y que la fidelidad de su amor no depende de nuestras debilidades. Por eso su mensaje sigue hablando hoy a todo creyente que atraviesa la prueba y busca esperanza.

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