Ezequiel

Antiguo Testamento | 48 capítulos | 1272 versículos

Ez

Capítulo 4

1 Tú, hijo de hombre, toma un ladrillo y ponlo delante de ti; grabarás en él una ciudad, Jerusalén,

2 y emprenderás contra ella un asedio: construirás contra ella trincheras, levantarás contra ella terraplenes, emplazarás contra ella campamentos, instalarás contra ella arietes, todo alrededor.

3 Toma luego una sartén de hierro y colócala como un muro de hierro entre ti y la ciudad. Fijarás tu rostro sobre ella, y quedará en estado de sitio: tú la sitiarás. Es una señal para la casa de Israel.

4 Acuéstate del lado izquierdo y pon sobre ti la culpa de la casa de Israel. Todo el tiempo que estés acostado así, llevarás su culpa.

5 Yo te he impuesto los años de su culpa en una duración de trescientos noventa días, durante los cuales cargarás con la culpa de la casa de Israel.

6 Cuando hayas terminado estos últimos, te acostarás otra vez del lado derecho, y llevarás la culpa de la casa de Judá durante cuarenta días. Yo te he impuesto un día por año.

7 Después fijarás tu rostro y tu brazo desnudo sobre el asedio de Jerusalén, y profetizarás contra ella.

8 He aquí que yo te he atado con cuerdas, y no te darás vuelta de un lado a otro hasta que no hayas cumplido los días de tu reclusión.

9 Toma, pues, trigo, cebada, habas, lentejas, mijo, espelta: ponlo en una misma vasija y haz con ello tu pan. Durante todo el tiempo que estés acostado de un lado - trescientos noventa días - comerás de ello.

10 El alimento que comas será de un peso de veinte siclos por día, que comerás de tal a tal hora.

11 También beberás el agua con medida, beberás la sexta parte de un sextario, de tal a tal hora.

12 Comerás este alimento en forma de galleta de cebada que será cocida, a la vista de ellos, sobre excrementos humanos.»

13 Y dijo Yahveh: «Así comerán los israelitas su alimento impuro en medio de las naciones donde yo los arrojaré.»

14 Yo dije entonces: «¡Ah, Señor Yahveh!, mi alma no está impura. Desde mi infancia hasta el presente jamás he comido bestia muerta o despedazada, ni carne corrompida entró en mi boca.»

15 El me dijo: «Bien, en lugar de excrementos humanos te permito usar boñiga de buey para que hagas tu pan encima.»

16 Luego me dijo: «Hijo de hombre, he aquí que yo voy a destruir la provisión de pan en Jerusalén: comerán el pan con peso y con angustia; y el agua con medida y con ansiedad la beberán,

17 porque faltarán el pan y el agua: quedarán pasmados todos juntos y se consumirán por sus culpas.»

Reflexión del capítulo 4

El capítulo cuarto introduce una serie de gestos simbólicos con los que el profeta representa el asedio de Jerusalén. Toma un ladrillo y graba en él la ciudad; levanta contra ella trincheras y máquinas de guerra; coloca una sartén de hierro como muro entre él y la ciudad. Después se acuesta de lado durante largos períodos, cargando sobre sí los años de culpa de Israel y de Judá. Finalmente debe comer raciones escasas e impuras, signo del hambre y de la escasez que sufrirán los sitiados. Estos signos resultan extraños a nuestros ojos, pero encierran una verdad profunda: el pecado del pueblo no es una abstracción, tiene consecuencias concretas, y el profeta las asume en su propia carne. Dios no contempla la catástrofe desde lejos; pide a su enviado que la haga visible y que la lleve, en cierto modo, sobre sí. La página nos invita a tomar conciencia de que nuestras decisiones, personales y colectivas, tienen peso real, y que la intercesión y la solidaridad son caminos para cargar con el dolor de los demás.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Hoy, examina con sinceridad una decisión que hayas postergado por comodidad, sabiendo que afecta a otros. No la dejes pasar. Ofrece también un gesto concreto de solidaridad con quien sufre escasez, pobreza o soledad: una visita, una ayuda material, una oración sostenida. Y pide a Dios un corazón que no se desentienda del dolor ajeno. La solidaridad empieza siempre por lo concreto y lo cercano.

Oración

Señor, tú que cargas con nuestros pecados, danos un corazón solidario. Que no vivamos de espaldas al sufrimiento de los demás y que nuestras decisiones busquen siempre el bien. Sostén, Señor, a los que hoy padecen necesidad. Amén.

Acerca del libro de Ezequiel

El libro de Ezequiel ocupa un lugar singular entre los profetas de Israel. Su autor, sacerdote deportado a Babilonia en la primera oleada del destierro, ejerce su ministerio entre los años 593 y 571 antes de Cristo, lejos ya de la tierra prometida y de su templo. La tradición lo presenta como hijo de Buzí, arrancado de Jerusalén y llevado junto al río Kebar, donde recibe la llamada de Dios y contempla la visión inaugural de su gloria. Ese detalle no es un dato menor: Ezequiel anuncia que la gloria del Señor no queda atrapada en un edificio ni en un territorio, sino que acompaña a su pueblo incluso en el destierro. El libro se sitúa en el momento más oscuro de la historia de Judá. Jerusalén caerá, el templo será destruido y el pueblo quedará disperso entre las naciones. Ante la tentación de creer que Dios ha abandonado a su pueblo o que ha sido vencido por los dioses de Babilonia, el profeta proclama con fuerza la soberanía de Yahveh sobre la historia y sobre todos los pueblos. Su ministerio tiene dos grandes etapas: primero denuncia el pecado, la idolatría y la infidelidad a la alianza; después, cuando la catástrofe ya ha ocurrido, anuncia la consolación, la restauración y la promesa de un corazón nuevo. Entre sus páginas destacan imágenes que han marcado la espiritualidad cristiana: el profeta constituido como centinela responsable de avisar, la promesa del agua pura y del corazón de carne, la visión de los huesos secos que reviven al soplo del Espíritu y la esperanza de un templo nuevo del que brota un río que sana. La tradición católica lee estas páginas a la luz de Cristo, en quien se cumple la alianza nueva y se derrama el Espíritu Santo. Ezequiel nos enseña que ningún destierro es definitivo, que Dios toma siempre la iniciativa de purificar y recrear a su pueblo, y que la fidelidad de su amor no depende de nuestras debilidades. Por eso su mensaje sigue hablando hoy a todo creyente que atraviesa la prueba y busca esperanza.

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