Ezequiel
Antiguo Testamento | 48 capítulos | 1272 versículos
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Capítulo 17 de 48Capítulo 17
1 La palabra de Yahveh me fue dirigida en estos términos:
2 Hijo de hombre, propón un enigma, presenta una parábola a la casa de Israel.
3 Dirás: Así dice el Señor Yahveh: El águila grande, de grandes alas, de enorme envergadura, de espeso plumaje abigarrado, vino al Líbano y cortó la cima del cedro;
4 arrancó la punta más alta de sus ramas, la llevó a un país de mercaderes y la colocó en una ciudad de comerciantes.
5 Luego, tomó de la semilla de la tierra y la puso en un campo de siembra; junto a una corriente de agua abundante la colocó como un sauce.
6 Y brotó y se hizo una vid desbordante, de pequeña talla, que volvió sus ramas hacia el águila, mientras sus raíces estaban bajo ella. Se hizo una vid, echó cepas y alargó sarmientos.
7 Había otra águila grande, de grandes alas, de abundante plumaje, y he aquí que esta vid tendió sus raíces hacia ella, hacia ella alargó sus ramas, para que la regase desde el terreno donde estaba plantada.
8 En campo fértil, junto a una corriente de agua abundante, estaba plantada, para echar ramaje y dar fruto, para hacerse una vid magnífica.
9 Di: Así dice el Señor Yahveh: ¿Le saldrá bien acaso? ¿No arrancará sus raíces el águila, no cortará sus frutos, de suerte que se sequen todos los brotes tiernos que eche, sin que sea menester brazo grande ni pueblo numeroso para arrancarla de raíz?
10 Vedla ahí plantada, ¿prosperará tal vez? Al soplar el viento del este, ¿no se secará totalmente? En el terreno en que brotó, se secará.
11 La palabra de Yahveh me fue dirigida en estos términos:
12 Di a esa casa de rebeldía: ¿No sabéis lo que significa esto? Di: Mirad, el rey de Babilonia vino a Jerusalén; tomó al rey y a los príncipes y los llevó con él a Babilonia.
13 Escogió luego a uno de estirpe real, concluyó un pacto con él y le hizo prestar juramento, después de haberse llevado a los grandes del país,
14 a fin de que el reino quedase modesto y sin ambición, para guardar su alianza y mantenerla.
15 Pero este príncipe se ha rebelado contra él enviando mensajeros a Egipto en busca de caballos y tropas en gran número. ¿Le saldrá bien? ¿Se salvará el que ha hecho esto? Ha roto el pacto ¡y va a salvarse!
16 Por mi vida, oráculo del Señor Yahveh, que en el lugar del rey que le puso en el trono, cuyo juramento despreció y cuyo pacto rompió, allí en medio de Babilonia morirá.
17 Ni con su gran ejército y sus numerosas tropas le salvará Faraón en la guerra, cuando se levanten terraplenes y se hagan trincheras para exterminar muchas vidas humanas.
18 Ha despreciado el juramento, rompiendo el pacto; aun después de haber dado su mano, ha hecho todo esto: ¡no tendrá remedio!
19 Por eso, así dice el Señor Yahveh: Por mi vida que el juramento mío que ha despreciado, mi alianza que ha roto, lo haré recaer sobre su cabeza.
20 Extenderé mi lazo sobre él y quedará preso en mi red; le llevaré a Babilonia y allí le pediré cuentas de la infidelidad que ha cometido contra mí.
21 Lo más selecto, entre todas sus tropas, caerá a espada, y los que queden serán dispersados a todos los vientos. Y sabréis que yo, Yahveh, he hablado.
22 Así dice el Señor Yahveh: También yo tomaré de la copa del alto cedro, de la punta de sus ramas escogeré un ramo y lo plantaré yo mismo en una montaña elevada y excelsa:
23 en la alta montaña de Israel lo plantaré. Echará ramaje y producirá fruto, y se hará un cedro magnífico. Debajo de él habitarán toda clase de pájaros, toda clase de aves morarán a la sombra de sus ramas.
24 Y todos los árboles del campo sabrán que yo, Yahveh, humillo al árbol elevado y elevo al árbol humilde, hago secarse al árbol verde y reverdecer al árbol seco. Yo, Yahveh, he hablado y lo haré.
Reflexión del capítulo 17
El capítulo decimoséptimo presenta una parábola en forma de enigma. Un águila grande llega al Líbano, arranca la punta del cedro y la lleva a un país de mercaderes; luego toma una semilla y la planta junto a aguas abundantes, donde brota una vid de poca altura. Aparece después una segunda águila, y la vid inclina hacia ella sus raíces, buscando su apoyo. La explicación es histórica: el águila es el rey de Babilonia, que llevó al destierro a la casa real y puso en el trono a un rey sometido; y la vid que busca a la segunda águila es el rey que rompe su juramento y pide ayuda a Egipto. El mensaje es claro: la seguridad no está en cambiar de protector, sino en la fidelidad al pacto. Pero la página no termina en el fracaso. Dios anuncia que él mismo tomará un brote del cedro alto y lo plantará en la montaña de Israel, y que llegará a ser un cedro majestuoso donde aniden las aves. La tradición cristiana ha visto aquí una promesa mesiánica: el reino que Dios mismo plantará y hará crecer.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Examina hoy si buscas seguridades cambiando de apoyo en apoyo, en lugar de ser fiel en lo que ya tienes. La lealtad, la palabra dada y los compromisos sostenidos también son caminos de salvación. Si has faltado a una promesa, trata de repararla. Y confía en que Dios hace crecer lo que él planta, aunque al principio parezca pequeño. La constancia es también una forma de fe.
Oración
Señor, tú plantas y haces crecer lo que parecía insignificante. Danos fidelidad a los compromisos y constancia en el bien. Que no busquemos seguridad fuera de ti y que seamos leales a tu alianza. Amén.
Acerca del libro de Ezequiel
El libro de Ezequiel ocupa un lugar singular entre los profetas de Israel. Su autor, sacerdote deportado a Babilonia en la primera oleada del destierro, ejerce su ministerio entre los años 593 y 571 antes de Cristo, lejos ya de la tierra prometida y de su templo. La tradición lo presenta como hijo de Buzí, arrancado de Jerusalén y llevado junto al río Kebar, donde recibe la llamada de Dios y contempla la visión inaugural de su gloria. Ese detalle no es un dato menor: Ezequiel anuncia que la gloria del Señor no queda atrapada en un edificio ni en un territorio, sino que acompaña a su pueblo incluso en el destierro. El libro se sitúa en el momento más oscuro de la historia de Judá. Jerusalén caerá, el templo será destruido y el pueblo quedará disperso entre las naciones. Ante la tentación de creer que Dios ha abandonado a su pueblo o que ha sido vencido por los dioses de Babilonia, el profeta proclama con fuerza la soberanía de Yahveh sobre la historia y sobre todos los pueblos. Su ministerio tiene dos grandes etapas: primero denuncia el pecado, la idolatría y la infidelidad a la alianza; después, cuando la catástrofe ya ha ocurrido, anuncia la consolación, la restauración y la promesa de un corazón nuevo. Entre sus páginas destacan imágenes que han marcado la espiritualidad cristiana: el profeta constituido como centinela responsable de avisar, la promesa del agua pura y del corazón de carne, la visión de los huesos secos que reviven al soplo del Espíritu y la esperanza de un templo nuevo del que brota un río que sana. La tradición católica lee estas páginas a la luz de Cristo, en quien se cumple la alianza nueva y se derrama el Espíritu Santo. Ezequiel nos enseña que ningún destierro es definitivo, que Dios toma siempre la iniciativa de purificar y recrear a su pueblo, y que la fidelidad de su amor no depende de nuestras debilidades. Por eso su mensaje sigue hablando hoy a todo creyente que atraviesa la prueba y busca esperanza.
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