Ezequiel

Antiguo Testamento | 48 capítulos | 1272 versículos

Ez

Capítulo 12

1 La palabra de Yahveh me fue dirigida en estos términos:

2 Hijo de hombre, tú vives en medio de la casa de rebeldía: tienen ojos para ver y no ven, oídos para oír y no oyen, porque son una casa de rebeldía.

3 Ahora, pues, hijo de hombre, prepárate un equipo de deportado y sal deportado en pleno día, a sus propios ojos. Saldrás del lugar en que te encuentras hacia otro lugar, ante sus ojos. Acaso vean que son una casa de rebeldía.

4 Arreglarás tu equipo como un equipo de deportado, de día, ante sus ojos. Y saldrás por la tarde, ante sus ojos, como salen los deportados.

5 Haz a vista de ellos un agujero en la pared, por donde saldrás.

6 A sus ojos, cargarás con tu equipaje a la espalda y saldrás en la oscuridad; te cubrirás el rostro para no ver la tierra, porque yo he hecho de ti un símbolo para la casa de Israel.

7 Yo hice como se me había ordenado; preparé de día mi equipo, como un equipo de deportado, y por la tarde hice un agujero en la pared con la mano. Y salí en la oscuridad, cargando con el equipaje a mis espaldas, ante sus ojos.

8 Por la mañana la palabra de Yahveh me fue dirigida en estos términos:

9 Hijo de hombre, ¿no te ha preguntado la casa de Israel, esta casa de rebeldía: «Qué es lo que haces»?

10 Diles: Así dice el Señor Yahveh. Este oráculo se refiere a Jerusalén y a toda la casa de Israel que está en medio de ella.

11 Di: Yo soy un símbolo para vosotros; como he hecho yo, así se hará con ellos; serán deportados, irán al destierro.

12 El príncipe que está en medio de ellos cargará con su equipo a la espalda, en la oscuridad, y saldrá; horadarán la muralla para hacerle salir por ella; y se tapará la cara para no ver la tierra con sus propios ojos.

13 Mas yo tenderé mi lazo sobre él y quedará preso en mi red; le conduciré a Babilonia, al país de los caldeos; pero no lo verá, y morirá allí.

14 Y a todo su séquito, su guardia y todas sus tropas, yo los esparciré a todos los vientos y desenvainaré la espada detrás de ellos.

15 Y sabrán que yo soy Yahveh cuando los disperse entre las naciones y los esparza por los países.

16 Sin embargo, dejaré que un pequeño número de ellos escapen a la espada, al hambre y a la peste, para que cuenten todas sus abominaciones entre las naciones adonde vayan, a fin de que sepan que yo soy Yahveh.

17 La palabra de Yahveh me fue dirigida en estos términos:

18 Hijo de hombre, comerás tu pan con temblor y beberás tu agua con inquietud y angustia;

19 y dirás al pueblo de la tierra: Así dice el Señor Yahveh a los habitantes de Jerusalén que andan por el suelo de Israel: comerán su pan con angustia, beberán su agua con estremecimiento, para que esta tierra y los que en ella se encuentran queden libres de la violencia de todos sus habitantes.

20 Las ciudades populosas serán destruidas y esta tierra se convertirá en desolación; y sabréis que yo soy Yahveh.

21 La palabra de Yahveh me fue dirigida en estos términos:

22 Hijo de hombre, ¿qué queréis decir con ese proberbio que circula acerca del suelo de Israel: Los días se prolongan y toda visión se desvanece?

23 Pues bien diles: Así dice el Señor Yahveh: Yo haré que calle ese proverbio; no se le repetirá más en Israel. Diles en cambio: Llegan los días en que toda visión se cumplirá,

24 pues ya no habrá ni visión vana ni presagio mentiroso en medio de la casa de Israel.

25 Yo, Yahveh, hablaré, y lo que yo hablo es una palabra que cumple sin dilación. Sí, en vuestros días, casa de rebeldía, yo pronunciaré una palabra y la ejecutaré, oráculo del Señor Yahveh.

26 La palabra de Yahveh me fue dirigida en estos términos:

27 Hijo de hombre, mira, la casa de Israel está diciendo: «La visión que éste contempla es para días lejanos, éste profetiza para una época remota.»

28 Pues bien, diles: Así dice el Señor Yahveh: Ya no habrá más dilación para ninguna de mis palabras. Lo que yo hablo es una palabra que se cumple, oráculo del Señor Yahveh.

Reflexión del capítulo 12

El capítulo duodécimo vuelve a los gestos simbólicos, esta vez para representar el destierro que espera a Jerusalén. El profeta prepara su equipaje de deportado a la vista de todos, hace un agujero en el muro y sale en la oscuridad con su carga a la espalda. Con ello se convierte en signo: lo que él hace, le sucederá al pueblo. El príncipe que vive en medio de ellos cargará su equipaje y partirá de noche, y aunque intente escapar, será alcanzado. Después, el capítulo afronta un problema pastoral muy concreto: el pueblo repetía un proverbio burlón según el cual las visiones se referían a un futuro lejano y nunca se cumplían. La gente se había acostumbrado a convivir con los anuncios de Dios sin tomarlos en serio. Por eso el Señor responde con firmeza: ya no habrá más dilación; lo que él habla, se cumple. Este capítulo toca una tentación siempre actual: aplazar indefinidamente la respuesta a la voz de Dios, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo. El profeta recuerda que la palabra de Dios es eficaz y que llega a su hora.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Piensa hoy en esa llamada o ese cambio que llevas tiempo posponiendo con la excusa de que ya habrá tiempo. Reconoce que la dilación también es una forma de resistirse. Da hoy el primer paso, aunque sea pequeño, y confía en que Dios sostiene lo que empieza. No dejes para mañana la respuesta que él espera de ti. La prontitud también es una forma de amor.

Oración

Señor, tu palabra se cumple y no pasa en vano. Líbranos de aplazar siempre la respuesta a tu voz. Danos prontitud y decisión para seguirte hoy, y confianza en que tú llevas a término lo que comienzas. Amén.

Acerca del libro de Ezequiel

El libro de Ezequiel ocupa un lugar singular entre los profetas de Israel. Su autor, sacerdote deportado a Babilonia en la primera oleada del destierro, ejerce su ministerio entre los años 593 y 571 antes de Cristo, lejos ya de la tierra prometida y de su templo. La tradición lo presenta como hijo de Buzí, arrancado de Jerusalén y llevado junto al río Kebar, donde recibe la llamada de Dios y contempla la visión inaugural de su gloria. Ese detalle no es un dato menor: Ezequiel anuncia que la gloria del Señor no queda atrapada en un edificio ni en un territorio, sino que acompaña a su pueblo incluso en el destierro. El libro se sitúa en el momento más oscuro de la historia de Judá. Jerusalén caerá, el templo será destruido y el pueblo quedará disperso entre las naciones. Ante la tentación de creer que Dios ha abandonado a su pueblo o que ha sido vencido por los dioses de Babilonia, el profeta proclama con fuerza la soberanía de Yahveh sobre la historia y sobre todos los pueblos. Su ministerio tiene dos grandes etapas: primero denuncia el pecado, la idolatría y la infidelidad a la alianza; después, cuando la catástrofe ya ha ocurrido, anuncia la consolación, la restauración y la promesa de un corazón nuevo. Entre sus páginas destacan imágenes que han marcado la espiritualidad cristiana: el profeta constituido como centinela responsable de avisar, la promesa del agua pura y del corazón de carne, la visión de los huesos secos que reviven al soplo del Espíritu y la esperanza de un templo nuevo del que brota un río que sana. La tradición católica lee estas páginas a la luz de Cristo, en quien se cumple la alianza nueva y se derrama el Espíritu Santo. Ezequiel nos enseña que ningún destierro es definitivo, que Dios toma siempre la iniciativa de purificar y recrear a su pueblo, y que la fidelidad de su amor no depende de nuestras debilidades. Por eso su mensaje sigue hablando hoy a todo creyente que atraviesa la prueba y busca esperanza.

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