Ezequiel

Antiguo Testamento | 48 capítulos | 1272 versículos

Ez

Capítulo 35

1 La palabra de Yahveh me fue dirigida en estos términos:

2 Hijo de hombre, vuelve tu rostro hacia la montaña de Seír, y profetiza contra ella.

3 Le dirás: Así dice el Señor Yahveh: Aquí estoy contra ti, montaña de Seír. Voy a extender mi mano contra ti: te convertiré en soledad desolada,

4 y dejaré en ruinas tus ciudades; serás una desolación, y sabrás que yo soy Yahveh.

5 Por haber alimentado un odio eterno y haber entregado a la espada a los hijos de Israel el día de su desastre, el día de su última culpa,

6 por eso, por mi vida, oráculo del Señor Yahveh, que yo te dejaré en sangre y la sangre te perseguirá. Sí, eres rea de sangre, ¡y la sangre te perseguirá!

7 Haré de la montaña de Seír una soledad desolada, y extirparé de allí al que va y al que viene.

8 Llenaré de víctimas sus montes; en tus colinas, en tus valles y en todos tus barrancos, caerán las víctimas de la espada.

9 Te convertiré en soledades eternas, tus ciudades no volverán a ser habitadas, y sabréis que yo soy Yahveh.

10 Por haber dicho tú: «Las dos naciones, los dos países son míos, vamos a tomarlos en posesión», siendo así que Yahveh estaba allí,

11 por eso, por mi vida, oráculo del Señor Yahveh, que procederé con la misma cólera y los mismos celos con que tú has procedido en tu odio contra ellos, y me daré a conocer, por ellos, cuando te castigue.

12 Sabrás que yo, Yahveh, he oído todos los insultos que lanzabas contra los montes de Israel diciendo: «Están devastados, nos han sido entregados como pasto.»

13 Me habéis desafiado con vuestra boca, habéis multiplicado contra mí vuestras palabras, lo he oído todo.

14 Así dice el Señor Yahveh: Para alegría de toda esta tierra yo haré de ti una desolación.

15 Como tú te alegraste cuando la heredad de la casa de Israel era una desolación, yo te trataré a ti de la misma manera. Serás una desolación, montaña de Seír, así como Edom entero, y se sabrá que yo soy Yahveh.

Reflexión del capítulo 35

El capítulo trigesimoquinto se dirige contra la montaña de Seír, es decir, contra Edom. El reproche es doble. Por un lado, Edom alimentó un odio antiguo contra Israel y entregó a sus hijos a la espada cuando estaban en desgracia. Por otro, se atrevió a decir que las dos naciones y los dos países eran suyos, y que iba a tomar posesión de ellos, como si la tierra de Israel pudiera ser suya, olvidando que el Señor estaba allí. La respuesta de Dios es contundente: él defenderá la causa de su pueblo y hará que el odio de Edom recaiga sobre sí mismo. La página muestra que Dios no es indiferente ante el odio gratuito ni ante la ambición de apoderarse de lo ajeno, y menos aún cuando se desprecia al pueblo elegido. Para el creyente, es una advertencia sobre el rencor que se cultiva durante años, y una invitación a no alegrarse nunca de la debilidad ajena. El odio, al final, devora al que lo alimenta.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Revisa hoy si guardas un rencor antiguo hacia alguien o hacia un grupo. El rencor no solo daña al otro: te daña a ti y te encierra poco a poco. Da un paso para romper ese círculo: reza por esa persona o ese grupo, aunque no sientas ganas. Y pide a Dios un corazón libre de resentimiento, capaz de desear el bien.

Oración

Señor, tú no te alegras del mal de nadie. Arranca de nosotros el rencor y la envidia, y enséñanos a desear el bien incluso a quienes nos han herido. Danos un corazón libre y misericordioso. Amén.

Acerca del libro de Ezequiel

El libro de Ezequiel ocupa un lugar singular entre los profetas de Israel. Su autor, sacerdote deportado a Babilonia en la primera oleada del destierro, ejerce su ministerio entre los años 593 y 571 antes de Cristo, lejos ya de la tierra prometida y de su templo. La tradición lo presenta como hijo de Buzí, arrancado de Jerusalén y llevado junto al río Kebar, donde recibe la llamada de Dios y contempla la visión inaugural de su gloria. Ese detalle no es un dato menor: Ezequiel anuncia que la gloria del Señor no queda atrapada en un edificio ni en un territorio, sino que acompaña a su pueblo incluso en el destierro. El libro se sitúa en el momento más oscuro de la historia de Judá. Jerusalén caerá, el templo será destruido y el pueblo quedará disperso entre las naciones. Ante la tentación de creer que Dios ha abandonado a su pueblo o que ha sido vencido por los dioses de Babilonia, el profeta proclama con fuerza la soberanía de Yahveh sobre la historia y sobre todos los pueblos. Su ministerio tiene dos grandes etapas: primero denuncia el pecado, la idolatría y la infidelidad a la alianza; después, cuando la catástrofe ya ha ocurrido, anuncia la consolación, la restauración y la promesa de un corazón nuevo. Entre sus páginas destacan imágenes que han marcado la espiritualidad cristiana: el profeta constituido como centinela responsable de avisar, la promesa del agua pura y del corazón de carne, la visión de los huesos secos que reviven al soplo del Espíritu y la esperanza de un templo nuevo del que brota un río que sana. La tradición católica lee estas páginas a la luz de Cristo, en quien se cumple la alianza nueva y se derrama el Espíritu Santo. Ezequiel nos enseña que ningún destierro es definitivo, que Dios toma siempre la iniciativa de purificar y recrear a su pueblo, y que la fidelidad de su amor no depende de nuestras debilidades. Por eso su mensaje sigue hablando hoy a todo creyente que atraviesa la prueba y busca esperanza.

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