Ezequiel

Antiguo Testamento | 48 capítulos | 1272 versículos

Ez

Capítulo 28

1 La palabra de Yahveh me fue dirigida en estos términos:

2 Hijo de hombre, di al príncipe de Tiro: Así dice el Señor Yahveh: ¡Oh!, tu corazón se ha engreído y has dicho: «Soy un dios, estoy sentado en un trono divino, en el corazón de los mares.» Tú que eres un hombre y no un dios, equiparas tu corazón al corazón de Dios.

3 ¡Oh sí, eres más sabio que Danel! Ningún sabio es semejante a ti.

4 Con tu sabiduría y tu inteligencia te has hecho una fortuna, has amontonado oro y plata en tus tesoros.

5 Por tu gran sabiduría y tu comercio has multiplicado tu fortuna, y por su fortuna se ha engreído tu corazón.

6 Por eso, así dice el Señor Yahveh: Porque has equiparado tu corazón al corazón de Dios,

7 por eso, he aquí que yo traigo contra ti extranjeros, los más bárbaros entre las naciones. Desenvainarán la espada contra tu linda sabiduría, y profanarán tu esplendor;

8 te precipitarán en la fosa, y morirás de muerte violenta en el corazón de los mares.

9 ¿Podrás decir aún: «Soy un dios», ante tus verdugos? Pero serás un hombre, que no un dios, entre las manos de los que te traspasen.

10 Tendrás la muerte de los incircuncisos, a manos de extranjeros. Porque he hablado yo, oráculo del Señor Yahveh.

11 La palabra de Yahveh me fue dirigida en estos términos:

12 Hijo de hombre, entona una elegía sobre el rey de Tiro. Le dirás: Así dice el Señor Yahveh: Eras el sello de una obra maestra, lleno de sabiduría, acabado en belleza.

13 En Edén estabas, en el jardín de Dios. Toda suerte de piedras preciosas formaban tu manto: rubí, topacio, diamante, crisólito, piedra de ónice, jaspe, zafiro, malaquita, esmeralda; en oro estaban labrados los aretes y pinjantes que llevabas, aderezados desde el día de tu creación.

14 Querubín protector de alas desplegadas te había hecho yo, estabas en el monte santo de Dios, caminabas entre piedras de fuego.

15 Fuiste perfecto en su conducta desde el día de tu creación, hasta el día en que se halló en ti iniquidad.

16 Por la amplitud de tu comercio se ha llenado tu interior de violencia, y has pecado. Y yo te he degradado del monte de Dios, y te he eliminado, querubín protector, de en medio de las piedras de fuego.

17 Tu corazón se ha pagado de tu belleza, has corrompido tu sabiduría por causa de tu esplendor. Yo te he precipitado en tierra, te he expuesto como espectáculo a los reyes.

18 Por la multitud de tus culpas por la inmoralidad de tu comercio, has profanado tus santuarios. Y yo he sacado de ti mismo el fuego que te ha devorado; te he reducido a ceniza sobre la tierra, a los ojos de todos los que te miraban.

19 Todos los pueblos que te conocían están pasmados por ti. Eres un objeto de espanto, y has desaparecido para siempre.

20 La palabra de Yahveh me fue dirigida en estos términos:

21 Hijo de hombre, vuelve tu rostro hacia Sidón y profetiza contra ella.

22 Dirás: Así dice el Señor Yahveh: Aquí estoy contra ti, Sidón; en medio de ti seré glorificado. Se sabrá que yo soy Yahveh, cuando yo haga justicia de ella y manifeste en ella mi santidad.

23 Mandaré contra ella la peste, habrá sangre en sus calles; las víctimas caerán en medio de ella, bajo la espada que la cercará por todas partes, y se sabrá que yo soy Yahveh.

24 No habrá más, para la casa de Israel, espina que punce ni zarza que lacere, entre todos sus vecinos que la desprecian, y se sabrá que yo soy el Señor Yahveh.

25 Así dice el Señor Yahveh: Cuando yo reúna a la casa de Israel de en medio de los pueblos donde está dispersa, manifestaré en ellos mi santidad a los ojos de las naciones. Habitarán en la tierra que yo di a mi siervo Jacob;

26 habitarán allí con seguridad, construirán casas y plantarán viñas; vivirán seguros. Cuando yo haga justicia de todos sus vecinos que los desprecian, se sabrá que yo soy Yahveh su Dios.

Reflexión del capítulo 28

El capítulo vigesimoctavo tiene dos partes bien distintas. La primera se dirige al príncipe de Tiro, que se ha llenado de soberbia hasta creerse un dios por causa de su riqueza y su sabiduría. El profeta anuncia su caída: morirá como un hombre, a manos de extranjeros. La segunda parte es una elegía por el rey de Tiro, descrito con imágenes que superan cualquier figura histórica: estaba en Edén, en el jardín de Dios, adornado de piedras preciosas, ungido como querubín protector, perfecto en sus caminos desde el día de su creación, hasta que la iniquidad apareció en él. Por la amplitud de su comercio se llenó de violencia y cayó. La tradición cristiana ha visto en este texto un retrato del orgullo que se hace divino y de su ruina, aplicado también a la caída del mal. El capítulo termina con la promesa de restauración para Israel. La página advierte que el talento y el éxito, sin humildad, se convierten en trampa.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Reconoce hoy tus dones y agradécelos, pero no te atribuyas lo que has recibido. Si el éxito, la inteligencia o la posición te están volviendo soberbio, corrígelo a tiempo. Da un paso concreto de humildad: pedir ayuda, reconocer un error, dar el mérito a otro. Y recuerda que todo lo bueno que tienes es don. La humildad protege los dones que has recibido.

Oración

Señor, tú eres la fuente de todo lo bueno que hay en nosotros. Guárdanos de la soberbia y de creernos dioses. Danos un corazón agradecido y humilde, que reconozca sus límites y se apoye en ti. Amén.

Acerca del libro de Ezequiel

El libro de Ezequiel ocupa un lugar singular entre los profetas de Israel. Su autor, sacerdote deportado a Babilonia en la primera oleada del destierro, ejerce su ministerio entre los años 593 y 571 antes de Cristo, lejos ya de la tierra prometida y de su templo. La tradición lo presenta como hijo de Buzí, arrancado de Jerusalén y llevado junto al río Kebar, donde recibe la llamada de Dios y contempla la visión inaugural de su gloria. Ese detalle no es un dato menor: Ezequiel anuncia que la gloria del Señor no queda atrapada en un edificio ni en un territorio, sino que acompaña a su pueblo incluso en el destierro. El libro se sitúa en el momento más oscuro de la historia de Judá. Jerusalén caerá, el templo será destruido y el pueblo quedará disperso entre las naciones. Ante la tentación de creer que Dios ha abandonado a su pueblo o que ha sido vencido por los dioses de Babilonia, el profeta proclama con fuerza la soberanía de Yahveh sobre la historia y sobre todos los pueblos. Su ministerio tiene dos grandes etapas: primero denuncia el pecado, la idolatría y la infidelidad a la alianza; después, cuando la catástrofe ya ha ocurrido, anuncia la consolación, la restauración y la promesa de un corazón nuevo. Entre sus páginas destacan imágenes que han marcado la espiritualidad cristiana: el profeta constituido como centinela responsable de avisar, la promesa del agua pura y del corazón de carne, la visión de los huesos secos que reviven al soplo del Espíritu y la esperanza de un templo nuevo del que brota un río que sana. La tradición católica lee estas páginas a la luz de Cristo, en quien se cumple la alianza nueva y se derrama el Espíritu Santo. Ezequiel nos enseña que ningún destierro es definitivo, que Dios toma siempre la iniciativa de purificar y recrear a su pueblo, y que la fidelidad de su amor no depende de nuestras debilidades. Por eso su mensaje sigue hablando hoy a todo creyente que atraviesa la prueba y busca esperanza.

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