Ezequiel

Antiguo Testamento | 48 capítulos | 1272 versículos

Ez

Capítulo 29

1 El año décimo, el día doce del décimo mes, la palabra de Yahveh me fue dirigida en estos términos:

2 Hijo de hombre, vuelve tu rostro hacia Faraón, rey de Egipto, y profetiza contra él y contra todo Egipto.

3 Habla y di: Así dice el Señor Yahveh: Aquí estoy contra ti, Faraón, rey de Egipto, gran cocodrilo, recostado en medio de sus Nilos, tú que has dicho: «Mi Nilo es mío. yo mismo lo he hecho.»

4 Voy a ponerte garfios en las quijadas, pegaré a tus escamas los peces de tus Nilos, te sacaré fuera de tus Nilos, con todos los peces de tus Nilos, pegados a tus escamas.

5 Te arrojaré al desierto, a ti y a todos los peces de tus Nilos. En la haz del campo caerás, no serás recogido ni enterrado. A las bestias de la tierra y a las aves del cielo te entregaré como pasto,

6 y sabrán todos los habitantes de Egipto que yo soy Yahveh. Porque has sido un apoyo de caña para la casa de Israel;

7 cuando ellos te agarraban, te rompías en sus manos y desgarrabas toda su palma; cuando se apoyaban en tí, te hacías pedazos y hacías vacilar todos los riñones.

8 Por eso, así dice el Señor Yahveh: He aquí que yo traigo contra ti la espada, para extirpar de ti hombres y bestias.

9 El país de Egipto se convertirá en desolación y ruina, y se sabrá que yo soy Yahveh. Por haber dicho: «El Nilo es mío, yo mismo lo he hecho»,

10 por eso, aquí estoy yo contra ti y contra tus Nilos. Convertiré el país de Egipto en ruinas, devastación y desolación, desde Migdol hasta Siene y hasta la frontera de Etiopía.

11 No pasará por él pie de hombre, pie de animal no pasará por él. Quedará deshabitado durante cuarenta años.

12 Yo haré del país de Egipto una desolación en medio de países desolados; sus ciudades serán una desolación entre ciudades en ruinas, durante cuarenta años. Dispersaré a los egipcios entre las naciones y los esparciré por los países.

13 Porque así dice el Señor Yahveh: Al cabo de cuarenta años, reuniré a los habitantes de Egipto de entre los pueblos en los que habían sido dispersados.

14 Recogeré a los cautivos egipcios y los haré volver al país de Patrós, su país de origen. Allí formarán un reino modesto.

15 Egipto será el más modesto de los reinos y no se alzará más sobre las naciones; le haré pequeño para que no vuelva a imponerse a las naciones.

16 No volverá a ser para la casa de Israel apoyo de su confianza, que provoque el delito de irse en pos de él. Y se sabrá que yo soy el Señor Yahveh.

17 El año veintisiete, el día uno del primer mes, la palabra de Yahveh me fue dirigida en estos términos:

18 Hijo de hombre, Nabucodonosor, rey de Babilonia, ha emprendido con su ejército grandes movimientos contra Tiro. Todas las cabezas han quedado peladas y todas las espaldas llagadas, pero no ha obtenido de Tiro, ni para sí ni para su ejército, ningún provecho de la empresa acometida contra ella.

19 Por eso, así dice el Señor Yahveh: He aquí que yo entrego a Nabucodonosor, rey de Babilonia, el país de Egipto. El saqueará sus riquezas, se apoderará de sus despojos y se llevará su botín, que será la paga de su ejército.

20 En compensación de su esfuerzo contra Tiro, yo le entrego el país de Egipto, porque han trabajado para mí, oráculo del Señor Yahveh.

21 Aquel día yo haré brotar un cuerno a la casa de Israel, y a ti te permitiré abrir la boca en medio de ellos. Y sabrán que yo soy Yahveh.

Reflexión del capítulo 29

El capítulo vigesimonoveno abre los oráculos contra Egipto con una imagen memorable: el faraón es comparado con un gran cocodrilo echado en medio de sus canales, que dice con orgullo que el río es suyo y que él mismo se ha hecho. Su arrogancia consiste en atribuirse lo que no es suyo. El profeta anuncia que Dios pondrá garfios en sus quijadas y lo arrastrará fuera, junto con todos los peces de sus canales, es decir, con todo el aparato de su poder. Egipto había sido para Israel un apoyo frágil, una caña que se rompe y hiere la mano del que se apoya en ella. Por eso, además del castigo, el capítulo contiene una lección: no se debe buscar en las potencias humanas la seguridad que solo Dios puede dar. Al final, tras cuarenta años de dispersión, se anuncia que Egipto será restaurado, pero humillado, reducido a un reino modesto. La página nos invita a reconocer la vanidad de la autosuficiencia y a no confiar en apoyos que se quiebran.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Examina hoy en qué apoyos frágiles estás descansando: una persona, una institución, una situación que podría fallar. Está bien agradecerlos, pero no convertirlos en tu fundamento. Pide a Dios que sea tu apoyo verdadero. Y reconoce, sin falsa modestia, que todo lo que has logrado es don recibido, no solo mérito propio. Que tu confianza repose solo en él, que no falla.

Oración

Señor, tú eres el apoyo que no se quiebra. Líbranos de confiar en fuerzas humanas que fallan y de atribuirnos lo que es don tuyo. Enséñanos la humildad y la confianza filial en ti. Amén.

Acerca del libro de Ezequiel

El libro de Ezequiel ocupa un lugar singular entre los profetas de Israel. Su autor, sacerdote deportado a Babilonia en la primera oleada del destierro, ejerce su ministerio entre los años 593 y 571 antes de Cristo, lejos ya de la tierra prometida y de su templo. La tradición lo presenta como hijo de Buzí, arrancado de Jerusalén y llevado junto al río Kebar, donde recibe la llamada de Dios y contempla la visión inaugural de su gloria. Ese detalle no es un dato menor: Ezequiel anuncia que la gloria del Señor no queda atrapada en un edificio ni en un territorio, sino que acompaña a su pueblo incluso en el destierro. El libro se sitúa en el momento más oscuro de la historia de Judá. Jerusalén caerá, el templo será destruido y el pueblo quedará disperso entre las naciones. Ante la tentación de creer que Dios ha abandonado a su pueblo o que ha sido vencido por los dioses de Babilonia, el profeta proclama con fuerza la soberanía de Yahveh sobre la historia y sobre todos los pueblos. Su ministerio tiene dos grandes etapas: primero denuncia el pecado, la idolatría y la infidelidad a la alianza; después, cuando la catástrofe ya ha ocurrido, anuncia la consolación, la restauración y la promesa de un corazón nuevo. Entre sus páginas destacan imágenes que han marcado la espiritualidad cristiana: el profeta constituido como centinela responsable de avisar, la promesa del agua pura y del corazón de carne, la visión de los huesos secos que reviven al soplo del Espíritu y la esperanza de un templo nuevo del que brota un río que sana. La tradición católica lee estas páginas a la luz de Cristo, en quien se cumple la alianza nueva y se derrama el Espíritu Santo. Ezequiel nos enseña que ningún destierro es definitivo, que Dios toma siempre la iniciativa de purificar y recrear a su pueblo, y que la fidelidad de su amor no depende de nuestras debilidades. Por eso su mensaje sigue hablando hoy a todo creyente que atraviesa la prueba y busca esperanza.

Compartir

Enlace copiado