Números

Antiguo Testamento | 36 capítulos | 1289 versículos

Nm

Capítulo 17

1 Habló Yahveh a Moisés y le dijo:

2 «Di a Eleazar, hijo del sacerdote Aarón, que saque los incensarios de entre las cenizas y esparza el fuego a distancia,

3 porque esos incensarios de pecado están consagrados a precio de la vida de esos hombres. Haced con ellos láminas de metal, para cubrir el altar, pues fueron presentados a Yahveh y consagrados. Serán una señal para los israelitas.»

4 Tomó el sacerdote Eleazar los incensarios de bronce que habían presentado los que fueron abrasados, y los laminó con destino al altar.

5 Sirven para recordar a los israelitas que no se acerque ningún laico, que no sea de la descendencia de Aarón, a ofrecer el incienso delante de Yahveh; no le ocurra lo que a Coré y a su cuadrilla, según se lo había dicho Yahveh por medio de Moisés.

6 Al día siguiente, murmuró toda la comunidad de los israelitas contra Moisés y Aarón, diciendo: «Vosotros habéis matado al pueblo de Yahveh.»

7 Como se amotinaba la comunidad contra Moisés y Aarón, se volvieron éstos hacia la Tienda del Encuentro. Y vieron que la Nube la había cubierto y se había aparecido la gloria de Yahveh.

8 Moisés y Aarón se llegaron hasta delante de la Tienda del Encuentro.

9 Yahveh habló a Moisés y le dijo:

10 «Alejaos de esa comunidad, que voy a consumirlos en un instante.» Ellos cayeron rostro en tierra.

11 Dijo entonces Moisés a Aarón: «Toma el incensario, ponle fuego del que hay sobre el altar, echa incienso y vete rápidamente donde la comunidad a expiar por ellos. Porque ha salido ya la Cólera de la presencia de Yahveh y ha comenzado la Plaga.»

12 Aarón lo tomó como le había dicho Moisés y corrió a ponerse en medio de la asamblea; la Plaga había comenzado ya en el pueblo. Echó el incienso e hizo la expiación por el pueblo.

13 Se plantó entre los muertos y los vivos, y la Plaga se detuvo.

14 Los muertos por aquella plaga fueron 14.700, sin contar los que murieron por causa de Coré.

15 Luego Aarón se volvió donde Moisés a la puerta de la Tienda del Encuentro: había cesado ya la Plaga.

16 Habló Yahveh a Moisés y le dijo:

17 «Habla a los israelitas. Que te den una rama por cada familia paterna: que entre todos los principales, en representación de sus familias paternas, de den doce ramas. Y escribe el nombre de cada uno en su rama.

18 En la rama de Leví escribe el nombre de Aarón, pues ha de haber también una rama para el jefe de la familia de Leví.

19 Las depositarás en la Tienda del Encuentro, delante del Testimonio, donde me suelo manifestar a ti.

20 El hombre cuya rama retoñe, será el que yo elijo. Así dejarán de llegar hasta mí las murmuraciones que los israelitas profieren contra vosotros.»

21 Moisés habló a los israelitas, y cada uno de los principales le dio una rama, doce ramas, en representación de todas las familias paternas. Entre sus ramas estaba también la rama de Aarón.

22 Moisés depositó las ramas delante de Yahveh en la Tienda del Testimonio.

23 Al día siguiente, cuando entró Moisés en la Tienda del Testimonio, vio que había retoñado la rama de Aarón, por la casa de Leví: le habían brotado yemas, había florecido y había producido almrendras.

24 Moisés sacó todas las ramas de la presencia de Yahveh, ante los israelitas; las vieron, y tomarón cada uno su rama.

25 Entonces dijo Yahveh a Moisés: «Vuelve a poner la rama de Aarón delante del Testimonio, para guardarla como señal para los rebeldes: acabará con las murmuraciones, que no llegarán ya hasta mí, y así no morirán.»

26 Moisés lo hizo así; como le había mandado Yahveh lo hizo.

27 Dijeron los israelitas a Moisés: «¡Estamos perdidos! ¡Hemos perecido! ¡Todos hemos perecido!

28 Cualquiera que se acerca a la Morada de Yahveh, muere. ¿Es que vamos a perecer hasta no quedar uno?»

Reflexión del capítulo 17

Para poner fin a las disputas sobre quién tiene derecho al sacerdocio, Dios ordena un signo sencillo y definitivo: cada tribu deposita una vara con su nombre ante el arca, y al día siguiente la vara de Aarón ha florecido, ha echado brotes, ha dado flores y ha producido almendras maduras. La elección de Dios no se demuestra con argumentos ni con votos, sino con vida que brota de lo seco. Es una de las imágenes más hermosas del Antiguo Testamento: donde la lógica ve solo madera muerta, la gracia hace florecer. La vara es guardada después ante el testimonio, como recuerdo permanente para los rebeldes, y el pueblo, sobrecogido, se pregunta con temor quién podrá acercarse al santuario sin morir. El capítulo equilibra dos verdades: la elección es gratuita y no se conquista, y a la vez es seria y exige respeto. El sacerdocio no es un honor que se reclama, sino un servicio que se recibe. Y la señal que lo confirma no es el poder, sino la fecundidad. Quien ha sido llamado de verdad produce fruto, incluso cuando todo parecía seco.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

No reclames reconocimiento por el servicio que prestas; deja que los frutos hablen por sí mismos. Si atraviesas un tiempo en que tu labor parece estéril —en la familia, en el trabajo, en la parroquia—, sigue cuidándola con fidelidad, confiando en que Dios puede hacer florecer lo que parece muerto. Riega con constancia lo que tienes entre manos y no lo abandones por impaciencia. El fruto llega a su tiempo, no al nuestro.

Oración

Señor, tú haces florecer lo seco y eliges a quien quieres. Líbrame de reclamar honores y enséñame a servir con sencillez. Haz fecunda mi vida donde tú me has puesto, aunque no vea todavía los frutos. Amén.

Acerca del libro de Números

El libro de los Números recibe su nombre del censo que abre sus páginas, pero su título hebreo, tomado de las primeras palabras, es mucho más expresivo: en el desierto. Estamos ante el cuarto libro del Pentateuco, y su escenario es el largo camino entre el Sinaí y las llanuras de Moab, a las puertas de la tierra prometida. Lo que podía haber sido un viaje de pocas semanas se convierte en cuarenta años de marcha circular, porque una generación entera queda marcada por la incredulidad y no llega a entrar. El libro combina materiales muy distintos: censos y listas de tribus, leyes sobre sacrificios, votos y pureza, relatos de rebelión y murmuración, y algunos episodios de enorme fuerza simbólica, como el agua que brota de la roca, la serpiente de bronce o el cetro de Aarón que florece. Su hilo conductor es la fidelidad de Dios frente a la infidelidad del pueblo: el Señor sigue guiando con la nube, alimentando con el maná y corrigiendo con paciencia a quienes se quejan una y otra vez. Es un libro incómodo y realista, porque describe la vida creyente como travesía, con cansancio, dudas, nostalgia del pasado y tentación de volver atrás. Para el católico, Números es una escuela de paciencia y de confianza: enseña que la promesa no se cumple por la fuerza de nuestras manos, sino por la fidelidad de quien la hizo, y que el desierto, con toda su aridez, es también el lugar donde Dios habla al corazón y prueba el amor de su pueblo.

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