Números

Antiguo Testamento | 36 capítulos | 1289 versículos

Nm

Capítulo 21

1 Oyó el rey de Arad, cananeo, que ocupaba el Négueb, que llegaba Israel por el camino de Atarim, y atacó a Israel y le hizo algunos prisioneros.

2 Entonces Israel formuló este voto a Yahveh: «Si entregas a ese pueblo en mi mano, consagraré al anatema sus ciudades.»

3 Oyó Yahveh la voz de Israel y les entregó aquel cananeo. Los consagraron al anatema a ellos y a sus ciudades. Por eso se llamó aquel lugar Jormá.

4 Partieron de Hor de la Montaña, camino del mar de Suf, rodeando la tierra de Edom. El pueblo se impacientó por el camino.

5 Y habló el pueblo contra Dios y contra Moisés: «¿Por qué nos habéis subido de Egipto para morir en el desierto? Pues no tenemos ni pan ni agua, y estamos cansados de ese manjar miserable.»

6 Envió entonces Yahveh contra el pueblo serpientes abrasadoras, que mordían al pueblo; y murió mucha gente de Israel.

7 El pueblo fue a decirle a Moisés: «Hemos pecado por haber hablado contra Yahveh y contra ti. Intercede ante Yahveh para que aparte de nosotros las serpientes,» Moisés intercedió por el pueblo.

8 Y dijo Yahveh a Moisés: «Hazte un Abrasador y ponlo sobre un mástil. Todo el que haya sido mordido y lo mire, vivirá.»

9 Hizo Moisés una serpiente de bronce y la puso en un mástil. Y si una serpiente mordía a un hombre y éste miraba la serpiente de bronce, quedaba con vida.

10 Partieron los israelitas y acamparon en Obot.

11 Partieron de Obot y acamparon en Iyyé Haabarim, en el desierto que limita con Moab, hacia la salida del sol.

12 Partieron de allí y acamparon en el torrente de Zered.

13 De allí partieron y acamparon más allá del Arnón. Este estaba en el desierto y salía del territorio de los amorreos, pues el Arnón hacía de frontera de Moab, entre moabitas y amorreos.

14 Por eso se dice en el libro de las Guerras de Yahveh: ... Vaheb, cerca de Sufá y el torrente del Arnón,

15 y el declive del torrente que corre hacia la región de Ar y se apoya en la frontera de Moab.

16 Y de allí fueron a Beer - Este es el pozo a propósito del cual dijo Yahveh a Moisés: «Reúne al pueblo y les daré agua.»

17 Entonces Israel entonó este cántico: Sobre el Pozo. Cantadle,

18 Pozo que cavaron Príncipes, que excavaron los jefes del pueblo, con el cetro, con sus bastones. - Y del desierto a Mattaná,

19 de Mattaná a Najaliel, de Najaliel a Bamot,

20 y de Bamot al valle que está en el campo de Moab, hacia la cumbre del Pisgá, que domina la parte del desierto.

21 Israel envió mensajeros a decir a Sijón, rey de los amorreos:

22 «Quisiera pasar por tu tierra. No me desviaré por campos y viñedos, ni beberé agua de pozo. Seguiremos el camino real hasta que crucemos tus fronteras.»

23 Pero Sijón negó a Israel el paso por su territorio; reunió toda su gente y salió al desierto, al encuentro de Israel, hasta Yahás, donde atacó a Israel.

24 Pero Israel le hirió a filo de espada y se apoderó de su tierra, desde el Arnón hasta el Yabboq, hasta los límites de los hijos de Ammón, porque Yazer estaba en la frontera de los hijos de Ammón.

25 Israel tomó todas aquellas ciudades. Ocupó Israel todos los pueblos de los amorreos, Jesbón y todas sus aldeas.

26 Porque Jesbón era la ciudad de Sijón, rey de los amorreos. Este había combatido al primer rey de Moab, y le había quitado toda su tierra hasta el Arnón.

27 Por eso dicen los trovadores: ¡Venid a Jesbón, que sea construida, fortificada, la ciudad de Sijón!

28 Porque fuego ha salido de Jesbón, una llama de la ciudad de Sijón: ha devorado Ar Moab, ha tragado las alturas del Arnón.

29 ¡Ay de ti, Moab!, perdido estás, pueblo de Kemós. Entrega sus hijos a la fuga y sus hijas al cautiverio, en manos de Sijón, el rey amorreo.

30 Su posteridad ha perecido, desde Jesbón hasta Dibón, y hemos dado fuego desde Nofaj hasta Mádaba.

31 Israel se estableció en la tierra de los amorreos.

32 Moisés mandó a explorar Yazer y la tomaron junto con sus aldeas despojando al amorreo que vivía allí.

33 Se volvieron y subieron camino de Basán. Og, rey de Basán, salió a su encuentro con toda su gente, para darles batalla en Edreí.

34 Yahveh dijo a Moisés: «No le temas, porque lo he puesto en tu mano con todo su pueblo y su tierra. Harás con él como hiciste con Sijón, el rey amorreo que habitaba en Jesbón.»

35 Y le batieron a él, a sus hijos y a toda su gente, hasta que no quedó nadie a salvo. Y se apoderaron de su tierra.

Reflexión del capítulo 21

El pueblo, otra vez en camino, se impacienta y murmura contra Dios y contra Moisés, y entonces aparecen serpientes que muerden y matan. Arrepentidos, piden perdón e intercesión, y Dios ordena algo sorprendente: forjar una serpiente de bronce y levantarla sobre un mástil, para que quien la mire quede curado. Lo que causaba la muerte, elevado, se convierte en causa de salvación. El evangelio de Juan verá en esta imagen un anuncio de la cruz: así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así será levantado el Hijo del hombre. Después el capítulo cambia de tono y recoge el cántico del pozo, una canción de alegría porque el agua brota donde no se esperaba, y las victorias sobre los reyes Sijón y Og, que abren el camino hacia la tierra. El capítulo mezcla el juicio, la curación y la victoria, y en el centro está la mirada: basta mirar con fe lo que Dios ha dispuesto para salvar. No se pide otra cosa que levantar los ojos.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Cuando te invada el desánimo, no te quedes mirando la herida ni repasando una y otra vez lo que te duele: levanta los ojos a Cristo crucificado. Ten un crucifijo a la vista, en casa o en el trabajo, y en los momentos difíciles míralo y di una jaculatoria breve. La mirada de fe sana más de lo que creemos. Y no te aísles: comparte lo que sientes con alguien que pueda sostenerte.

Oración

Señor, cuando me muerde el desánimo o el pecado, enséñame a levantar los ojos hacia ti. Tú, levantado en la cruz, eres mi curación. Sana mis heridas, devuélveme la alegría de caminar y no permitas que me quede solo con mi dolor. Amén.

Acerca del libro de Números

El libro de los Números recibe su nombre del censo que abre sus páginas, pero su título hebreo, tomado de las primeras palabras, es mucho más expresivo: en el desierto. Estamos ante el cuarto libro del Pentateuco, y su escenario es el largo camino entre el Sinaí y las llanuras de Moab, a las puertas de la tierra prometida. Lo que podía haber sido un viaje de pocas semanas se convierte en cuarenta años de marcha circular, porque una generación entera queda marcada por la incredulidad y no llega a entrar. El libro combina materiales muy distintos: censos y listas de tribus, leyes sobre sacrificios, votos y pureza, relatos de rebelión y murmuración, y algunos episodios de enorme fuerza simbólica, como el agua que brota de la roca, la serpiente de bronce o el cetro de Aarón que florece. Su hilo conductor es la fidelidad de Dios frente a la infidelidad del pueblo: el Señor sigue guiando con la nube, alimentando con el maná y corrigiendo con paciencia a quienes se quejan una y otra vez. Es un libro incómodo y realista, porque describe la vida creyente como travesía, con cansancio, dudas, nostalgia del pasado y tentación de volver atrás. Para el católico, Números es una escuela de paciencia y de confianza: enseña que la promesa no se cumple por la fuerza de nuestras manos, sino por la fidelidad de quien la hizo, y que el desierto, con toda su aridez, es también el lugar donde Dios habla al corazón y prueba el amor de su pueblo.

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