Números

Antiguo Testamento | 36 capítulos | 1289 versículos

Nm

Capítulo 8

1 Habló Yahveh a Moisés y le dijo:

2 Habla a Aarón y dile: «Cuando coloques las lámparas, habrán de alumbrar las siete lámparas hacia la parte delantera del candelabro.»

3 Así lo hizo Aarón: colocó las lámparas en la parte delantera del candelabro, tal como había mandado Yahveh a Moisés.

4 Este candelabro era de oro macizo; desde el pie hasta las flores era de oro macizo. Hizo el candelabro según el modelo que Yahveh había mostrado a Moisés.

5 Habló Yahveh a Moisés y le dijo:

6 «Aparta a los levitas del resto de los israelitas y purifícalos.

7 Para esta purificación harás con ellos de la siguiente manera: los rociarás con agua lustral; se rasurarán ellos todo el cuerpo, lavarán sus vestidos y así quedarán purificados.

8 Tomarán luego un novillo, con su correspondiente oblación de flor de harina amasada con aceite y tú tomarás otro novillo como sacrificio por el pecado.

9 Mandarás que se acerquen los levitas a la Tienda del Encuentro y convocarás a toda la comunidad de los israelitas.

10 Harás que se acerquen los levitas ante Yahveh, y los israelitas les impondrán las manos.

11 Entonces Aarón presentará a los levitas como ofrenda mecida delante de Yahveh, de parte de los israelitas. Así quedarán destinados al servicio de Yahveh.

12 Los levitas impondrán sus manos sobre la cabeza de los novillos y tú ofrecerás uno como sacrificio por el pecado y otro en holocausto a Yahveh para expiar por los levitas.

13 Pondrás luego a los levitas delante de Aarón y de sus hijos y los presentarás como ofrenda mecida a Yahveh.

14 Así separarás a los levitas del resto de los israelitas para que me pertenezcan.

15 Después comenzarán los levitas a servir en la Tienda del Encuentro. Los purificarás y los presentarás como ofrenda mecida,

16 porque son «donados», son donados a mí, de entre los israelitas, en lugar de todos los que abren el seno materno, de todos los primogénitos; los he tomado para mí de entre los demás israelitas.

17 Porque míos son todos los primogénitos entre los israelitas, igual de hombres que de ganados: me los consagré el día que heri a todos los primogénitos en Egipto.

18 Y tomé a los levitas para sustituir a todos los primogénitos de los israelitas.

19 Yo cedo los levitas, como «donados», a Aarón y a sus hijos, de entre los israelitas, para que presten el servicio, en nombre de los israelitas, en la Tienda del Encuentro, y para expiar por los israelitas de manera que ningún israelita incurra en castigo por acercarse al Santuario.»

20 Moisés y Aarón y toda la comunidad de los israelitas hicieron con los levitas conforme había mandado Yahveh a Moisés; así hicieron con ellos los israelitas.

21 Los levitas se purificaron, lavaron sus vestidos, y Aarón los presentó como ofrenda mecida delante de Yahveh; y Aarón hizo expiación por ellos para purificarlos.

22 Después de lo cual entraron los levitas a prestar servicio en la Tienda del Encuentro en presencia de Aarón y de sus hijos. Según había mandado Yahveh a Moisés acerca de los levitas, así hicieron con ellos.

23 Habló Yahveh a Moisés y le dijo:

24 «Esto es lo referente a los levitas. De veinticinco años para arriba entrará al servicio de la Tienda del Encuentro,

25 y desde los cincuenta años cesará en el servicio; no servirá ya más.

26 Ayudará a sus hermanos en la Tienda del Encuentro en el desempeño de su ministerio, mas no prestará servicio. Así harás con los levitas en lo tocante a sus funciones.»

Reflexión del capítulo 8

El capítulo contiene dos bloques. El primero trata del candelabro de oro: Aarón debe disponer las lámparas de modo que iluminen el frente, y el texto insiste en que se haga exactamente según el modelo que Dios mostró a Moisés. La luz del santuario no se improvisa: es un signo de la presencia divina y debe arder de manera continua y ordenada. El segundo bloque describe la consagración de los levitas: son purificados con agua, se afeitan, lavan sus vestidos, y la comunidad les impone las manos. Es un rito de pertenencia: el pueblo entero participa en la entrega de quienes van a servir. Después son presentados como ofrenda mecida ante el Señor, y comienzan su servicio desde los veinticinco años. La imagen de la luz y la del servicio se complementan: iluminar y sostener. Hay una advertencia implícita contra la improvisación y la negligencia en las cosas de Dios, y una invitación a prepararse con seriedad para cualquier misión. Nadie sirve bien si antes no se ha dejado purificar y formar.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Prepara con esmero lo que vas a hacer para Dios o para los demás: no improvises en la catequesis, en la liturgia, en el cuidado de un enfermo, en la educación de tus hijos. Dedica hoy un tiempo real a preparar bien una tarea concreta, aunque parezca pequeña. Y antes de servir, deja que Dios purifique tus intenciones: no busques lucirte ni cumplir, sino hacer las cosas bien por amor. El cuidado es una forma de respeto.

Oración

Señor, enciende en mí tu luz y purifica lo que no está limpio. Enséñame a prepararme con seriedad para servir y a no hacer las cosas de cualquier manera. Que mi cuidado refleje tu grandeza. Amén.

Acerca del libro de Números

El libro de los Números recibe su nombre del censo que abre sus páginas, pero su título hebreo, tomado de las primeras palabras, es mucho más expresivo: en el desierto. Estamos ante el cuarto libro del Pentateuco, y su escenario es el largo camino entre el Sinaí y las llanuras de Moab, a las puertas de la tierra prometida. Lo que podía haber sido un viaje de pocas semanas se convierte en cuarenta años de marcha circular, porque una generación entera queda marcada por la incredulidad y no llega a entrar. El libro combina materiales muy distintos: censos y listas de tribus, leyes sobre sacrificios, votos y pureza, relatos de rebelión y murmuración, y algunos episodios de enorme fuerza simbólica, como el agua que brota de la roca, la serpiente de bronce o el cetro de Aarón que florece. Su hilo conductor es la fidelidad de Dios frente a la infidelidad del pueblo: el Señor sigue guiando con la nube, alimentando con el maná y corrigiendo con paciencia a quienes se quejan una y otra vez. Es un libro incómodo y realista, porque describe la vida creyente como travesía, con cansancio, dudas, nostalgia del pasado y tentación de volver atrás. Para el católico, Números es una escuela de paciencia y de confianza: enseña que la promesa no se cumple por la fuerza de nuestras manos, sino por la fidelidad de quien la hizo, y que el desierto, con toda su aridez, es también el lugar donde Dios habla al corazón y prueba el amor de su pueblo.

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