Números

Antiguo Testamento | 36 capítulos | 1289 versículos

Nm

Capítulo 35

1 Habló Yahveh a Moisés en las Estepas de Moab, cerca del Jordán, a la altura de Jericó, y le dijo:

2 «Manda a los israelitas que cedan a los levitas, de la herencia que les pertenece, ciudades en las que puedan habitar y pastos de alrededor de las ciudades. Se las daréis a los levitas.

3 Esas ciudades serán su morada, y sus pastos serán para sus bestias, su ganado y todos sus animales.

4 Los pastos de las ciudades que cedáis a los levitas comprenderán mil codos alrededor de la ciudad, a contar desde las murallas.

5 Mediréis, fuera de la ciudad, 2000 codos a oriente, 2000 codos a mediodía, 2000 codos a occidente y 2000 codos al norte, teniendo la ciudad como centro. Estos serán los pastos de las ciudades.

6 Las ciudades que daréis a los levitas serán las seis de asilo, que cederéis para que se pueda refugiar en ellas el homicida, y además les daréis otras 42 ciudades.

7 El total de ciudades que daréis a los levitas será 48 ciudades, todas ellas con sus pastos.

8 Estas ciudades que cederéis de la propiedad de los israelitas, las tomaréis en mayor número del grande y en menor del pequeño; cada uno cederá ciudades a los levitas en proporción a la herencia que le haya tocado.»

9 Habló Yahveh a Moisés y le dijo:

10 «Habla a los israelitas y diles: Cuando paséis el Jordán hacia la tierra de Canaán,

11 encontraréis ciudades de las que haréis ciudades de asilo: en ellas se refugiará el homicida, el que ha herido a un hombre por inadvertencia.

12 Esas ciudades os servirán de asilo contra el vengador; no debe morir el homicida hasta que comparezca ante la comunidad para ser juzgado.

13 De las ciudades que les cedáis, seis ciudades serán de asilo:

14 tres ciudades les cederéis al otro lado del Jordán y tres ciudades en el país de Canaán; serán ciudades de asilo.

15 Las seis ciudades serán de asilo tanto para los israelitas como para el forastero y para el huésped que viven en medio de vosotros, para que se pueda refugiar en ellas todo aquel que haya matado a un hombre por inadvertencia.

16 Pero si le ha herido con un instrumento de hierro, y muere, es un homicida. El homicida debe morir.

17 Si le hiere con una piedra como para causar la muerte con ella, y muere, es homicida. El homicida debe morir.

18 Si le hiere con un instrumento de madera como para matarle, y muere, es un homicida. El homicida debe morir.

19 El mismo vengador de la sangre dará muerte al homicida: en cuanto le encuentre, lo matará.

20 Si el homicida lo ha matado por odio, o le ha lanzado algo con intención, y muere,

21 o si por enemistad le ha golpeado con las manos, y muere, el que le ha herido tiene que morir: es un homicida. El vengador de la sangre dará muerte al homicida en cuanto le encuentre.

22 Pero si lo derribó de casualidad y sin enemistad, o le lanzó cualquier objeto sin ninguna mala intención,

23 o le tiró, sin verle, una piedra capaz de matarle, y le causó la muerte, sin que fuera su enemigo ni buscara su daño,

24 la comunidad juzgará entre el homicida y el vengador de la sangre según estas normas,

25 y salvará la comunidad al homicida de la mano del vengador de la sangre. Le hará volver la comunidad a la ciudad de asilo en la que se refugió y en ella vivirá hasta que muera el Sumo Sacerdote ungido con el óleo santo.

26 Pero si sale el homicida de los límites de la ciudad de asilo en que se ha refugiado,

27 y le encuentra el vengador de la sangre fuera del término de su ciudad de asilo, el vengador de la sangre podrá matar al homicida, sin ser responsable de su sangre,

28 porque aquél debía permanecer en la ciudad de asilo hasta la muerte del Sumo Sacerdote. Cuando muera el Sumo Sacerdote, el homicida podrá volver a la tierra de su propiedad.

29 Esto será norma de derecho para vosotros y para vuestros descendientes, dondequiera que habitéis.

30 En cualquier caso de homicidio, se matará al homicida según la declaración de los testigos; pero un solo testigo no bastará para condenar a muerte a un hombre.

31 No aceptaréis rescate por la vida de un homicida reo de muerte, pues debe morir.

32 Tampoco aceptaréis rescate por el que se ha refugiado en la ciudad de asilo y quiere volver a habitar en su tierra antes que muera el Sumo Sacerdote.

33 No profanaréis la tierra en que estáis, porque aquella sangre profana la tierra, y la tierra no queda expiada de la sangre derramada más que con la sangre del que la derramó.

34 No harás impura la tierra en que habitáis, porque yo habito en medio de ella, pues yo, Yahveh, tengo mi morada entre los israelitas.

Reflexión del capítulo 35

El capítulo establece que los levitas reciban ciudades para habitar, ya que no tienen territorio propio, y entre ellas reserva seis ciudades de refugio. Quien hubiera matado a alguien sin intención podía huir a una de ellas y quedar protegido de la venganza de la familia del muerto hasta que se celebrara un juicio justo. Es una de las instituciones más humanas de la Ley: pone límites a la venganza privada y garantiza un proceso. En una época en la que la sangre se lavaba con sangre, la ciudad de refugio introduce un espacio de pausa y de derecho. El texto distingue claramente entre el homicidio involuntario y el asesinato premeditado, y establece que el refugio no ampara a quien actuó con odio. Es un ejemplo de cómo la revelación bíblica educa a un pueblo en la justicia, respetando su punto de partida y llevándolo más lejos. También enseña que la misericordia no es complicidad: perdona al culpable sin intención, pero no deja impune al violento. La justicia y la clemencia deben caminar juntas.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Si alguien ha cometido un error sin mala intención, dale un espacio para reparar y recomenzar, sin condenarlo para siempre ni recordárselo cada vez. Y si eres tú quien ha fallado, busca los cauces para reparar en lugar de huir o de esconderte. La misericordia no es complicidad: perdona al que se equivoca, pero no deja impune al violento. Distingue con honradez ambas situaciones.

Oración

Señor, tú distingues entre la debilidad y la maldad, y eres justo y compasivo a la vez. Enséñame a perdonar sin ser cómplice y a corregir sin aplastar. Que busque siempre la verdad y la misericordia juntas. Amén.

Acerca del libro de Números

El libro de los Números recibe su nombre del censo que abre sus páginas, pero su título hebreo, tomado de las primeras palabras, es mucho más expresivo: en el desierto. Estamos ante el cuarto libro del Pentateuco, y su escenario es el largo camino entre el Sinaí y las llanuras de Moab, a las puertas de la tierra prometida. Lo que podía haber sido un viaje de pocas semanas se convierte en cuarenta años de marcha circular, porque una generación entera queda marcada por la incredulidad y no llega a entrar. El libro combina materiales muy distintos: censos y listas de tribus, leyes sobre sacrificios, votos y pureza, relatos de rebelión y murmuración, y algunos episodios de enorme fuerza simbólica, como el agua que brota de la roca, la serpiente de bronce o el cetro de Aarón que florece. Su hilo conductor es la fidelidad de Dios frente a la infidelidad del pueblo: el Señor sigue guiando con la nube, alimentando con el maná y corrigiendo con paciencia a quienes se quejan una y otra vez. Es un libro incómodo y realista, porque describe la vida creyente como travesía, con cansancio, dudas, nostalgia del pasado y tentación de volver atrás. Para el católico, Números es una escuela de paciencia y de confianza: enseña que la promesa no se cumple por la fuerza de nuestras manos, sino por la fidelidad de quien la hizo, y que el desierto, con toda su aridez, es también el lugar donde Dios habla al corazón y prueba el amor de su pueblo.

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