Números

Antiguo Testamento | 36 capítulos | 1289 versículos

Nm

Capítulo 18

1 Entonces Yahveh dijo a Aarón: «Tú, tus hijos y la casa de tu padre contigo, cargaréis con las faltas cometidas contra el santuario. Tú y tus hijos cargaréis con las faltas de vuestro sacerdocio.

2 Haz que se acerquen también contigo tus hermanos de la rama de Leví, de la tribu de tu padre. Que sean tus ayudantes y te sirvan a ti y a tus hijos, delante de la Tienda del Testimonio.

3 Atenderán a tu ministerio y al de toda la Tienda. Pero que no se acerquen ni a los objetos sagrados ni al altar, para que no muráis ni ellos ni vosotros.

4 Serán tus ayudantes, desempeñarán el ministerio en la Tienda, y ningún laico se acercará a vosotros.

5 Vosotros desempeñaréis el ministerio en el santuario y en el altar, y así no vendrá de nuevo la Cólera sobre los israelitas.

6 Yo he elegido a vuestros hermanos los levitas, de entre los demás israelitas. Son un don que os hago; son «donados» a Yahveh para prestar servicio en la Tienda del Encuentro.

7 Pero tú y tus hijos os ocuparéis de vuestro sacerdocio en todo lo referente al altar y a todo lo de detrás del velo y prestaréis vuestro servicio. Como un servicio gratuito os doy vuestro sacerdocio. El laico que se acerque morirá.»

8 Dijo Yahveh a Aarón: «Yo te doy el servicio de lo que se reserva para mí. Todo lo consagrado por los israelitas te lo doy a tí y a tus hijos, como porción tuya, por decreto perpetuo.

9 Esto es lo que será tuyo de las cosas sacratísimas, del manjar que se abrasa: todas las ofrendas que me restituyan los israelitas, como oblación, como sacrificio por el pecado, o como sacrificio de reparación, son sacratísimas: serán para ti y para tus hijos.

10 De las cosas sacratísimas os alimentaréis. Todo varón lo podrá comer. Lo considerarás como sagrado.

11 También te pertenecerá la ofrenda reservada de todo lo que los israelitas den a mecer; te lo doy a ti y a tus hijos y a tus hijas por decreto perpetuo. Cualquiera que esté puro en tu casa lo podrá comer.

12 Todo lo mejor del aceite y la flor del mosto y del trigo, las primicias que ofrezcan a Yahveh, te las doy a ti.

13 Los primeros productos que lleven a Yahveh, de todo lo que produzca su tierra, serán para ti. Todo el que esté puro en tu casa lo podrá comer.

14 Cuanto caiga bajo el anatema en Israel, será para ti.

15 Todo primogénito que se presente a Yahveh de cualquier especie, hombre o animal, será para ti. Pero harás rescatar al primogénito del hombre y harás también rescatar al primogénito de animal impuro.

16 Los harás rescatar al mes de nacidos, valorándolos en cinco siclos de plata, en siclos del santuario, que son de veinte óbolos.

17 Pero al primogénito de vaca, o de oveja, o de cabra, no lo rescatarás: es sagrado. Derramarás su sangre sobre el altar y su grasa la harás arder como manjar abrasado de calmante aroma para Yahveh.

18 Su carne será para ti, así como el pecho del rito del mecimiento y la pierna derecha.

19 Todo lo reservado de las cosas sagradas que los israelitas reservan a Yahveh, te lo doy a ti y a tus hijos e hijas, por decreto perpetuo. Alianza de sal es ésta, para siempre, delante de Yahveh, para ti y tu descendencia.»

20 Yahveh dijo a Aarón: «Tú no tendrás heredad ninguna en su tierra; no habrá porción para ti entre ellos. Yo soy tu porción para ti entre ellos. Yo soy tu porción y tu heredad entre los israelitas.

21 A los hijos de Leví, les doy en herencia todos los diezmos de Israel, a cambio de su servicio: del servicio que prestan en la Tienda del Encuentro.

22 Los israelitas no se volverán a acercar a la Tienda del Encuentro: cargarían con un pecado y morirían.

23 Será Leví el que preste servicio en la Tiendal del Encuentro: ellos cargarán con sus faltas. Es decreto perpetuo para vuestros descendientes: no tendrán heredad entre los israelitas,

24 porque yo les doy en herencia a los levitas los diezmos que los israelitas reservan para Yahveh. Por eso les he dicho que no tendrán heredad entre los israelitas.»

25 Habló Yahveh a Moisés y le dijo:

26 «Hablarás a los levitas y les dirás: Cuando percibáis de los israelitas el diezmo que yo tomo de ellos y os doy en herencia, reservaréis de él la reserva de Yahveh: el diezmo del diezmo.

27 Equivaldrá a vuestra ofrenda reservada, lo mismo que el trigo tomado de la era y el mosto del lagar.

28 Así también vosotros reservaréis previamente la reserva de Yahveh de todos los diezmos que percibáis de los israelitas. Se lo daréis como ofrenda reservada de Yahveh al sacerdote Aarón.

29 De todos los dones que recibáis, reservaréis la reserva de Yahveh; separaréis la parte sagrada de todo lo mejor.

30 Les dirás: Una vez que hayáis reservado lo mejor, que equivale para los levitas al producto de la era y al producto del lagar,

31 lo podréis comer, en cualquier lugar, vosotros y vuestras familias: es vuestro salario por vuestro servicio en la Tienda del Encuentro.

32 No tendréis que cargar por ello con ningún pecado, pues antes habéis reservado lo mejor: así no profanaréis las cosas consagradas por los israelitas y no moriréis.»

Reflexión del capítulo 18

El capítulo define con precisión las responsabilidades y los derechos de sacerdotes y levitas. Los sacerdotes, hijos de Aarón, están a cargo del santuario y de los sacrificios; los levitas colaboran con ellos y reciben en herencia el diezmo del pueblo, del cual a su vez entregan una décima parte a los sacerdotes. La frase que resume todo es esta: yo soy tu parte y tu herencia entre los israelitas. Los levitas no reciben territorio, porque su heredad es el Señor mismo. Es una afirmación de una profundidad enorme: hay una riqueza que no se mide en tierras. Quien vive para Dios descubre que su seguridad no está en las propiedades, sino en la fidelidad de Aquel que lo ha llamado. El capítulo establece además una cadena de generosidad: el pueblo sostiene a los levitas, y estos sostienen a los sacerdotes. Nadie vive de sí mismo. La comunidad se sostiene cuando cada parte cumple su función y cuando el que recibe también da. La gratuidad circula y así se mantiene viva la alianza.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Contribuye de manera concreta al sostenimiento de tu comunidad: la colecta dominical, el mantenimiento del templo, la ayuda a un sacerdote o a un catequista, el apoyo a una misión. Hazlo con constancia y no solo en ocasiones especiales. Y recuerda que tu verdadera herencia no son tus bienes, sino la relación con Dios que relativiza todo lo demás. Que tu generosidad sea proporcionada a lo que has recibido.

Oración

Señor, tú eres mi parte y mi herencia. Líbrame de poner mi seguridad en lo que poseo y enséñame a sostener con generosidad a quienes te sirven. Que mi vida sea un eslabón en la cadena de tu gratuidad. Amén.

Acerca del libro de Números

El libro de los Números recibe su nombre del censo que abre sus páginas, pero su título hebreo, tomado de las primeras palabras, es mucho más expresivo: en el desierto. Estamos ante el cuarto libro del Pentateuco, y su escenario es el largo camino entre el Sinaí y las llanuras de Moab, a las puertas de la tierra prometida. Lo que podía haber sido un viaje de pocas semanas se convierte en cuarenta años de marcha circular, porque una generación entera queda marcada por la incredulidad y no llega a entrar. El libro combina materiales muy distintos: censos y listas de tribus, leyes sobre sacrificios, votos y pureza, relatos de rebelión y murmuración, y algunos episodios de enorme fuerza simbólica, como el agua que brota de la roca, la serpiente de bronce o el cetro de Aarón que florece. Su hilo conductor es la fidelidad de Dios frente a la infidelidad del pueblo: el Señor sigue guiando con la nube, alimentando con el maná y corrigiendo con paciencia a quienes se quejan una y otra vez. Es un libro incómodo y realista, porque describe la vida creyente como travesía, con cansancio, dudas, nostalgia del pasado y tentación de volver atrás. Para el católico, Números es una escuela de paciencia y de confianza: enseña que la promesa no se cumple por la fuerza de nuestras manos, sino por la fidelidad de quien la hizo, y que el desierto, con toda su aridez, es también el lugar donde Dios habla al corazón y prueba el amor de su pueblo.

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