Números
Antiguo Testamento | 36 capítulos | 1289 versículos
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Capítulo 34 de 36Capítulo 34
1 Habló Yahveh a Moisés y le dijo:
2 «Da esta orden a los israelitas: Cuando entréis en el país de Canaán, éste será el territorio que os caerá en herencia: el país de Canaán con todas sus fronteras.
3 Por el sur, os pertenecerá desde el desierto de Sin, siguiendo el límite de Edom. Vuestra frontera meridional empezará por el oriente en la extremidad del mar de la Sal.
4 Torcerá vuestra frontera por el sur hacia la subida de los Escorpiones, pasará por Sin y terminará por el sur en Cadés Barnea. Luego irá hacia Jasar Addar y pasará por Asmón.
5 Torcerá la frontera de Asmón hacia el Torrente de Egipto y acabará en el Mar.
6 Vuestra frontera occidental será el mar Grande. Esta frontera será vuestro límite al oeste.
7 Vuestra frontera por el norte será la siguiente: Desde el mar Grande trazaréis el límite hasta Hor de la Montaña.
8 De Hor de la Montaña, trazaréis el límite hasta la Entrada de Jamat, y vendrá a salir la frontera a Sedad.
9 Seguirá luego la frontera hacia Zifrón y terminará en Jasar Enán. Esa será vuestra frontera septentrional.
10 Luego trazaréis vuestra frontera oriental desde Jasar Enán hasta Sefam.
11 La frontera bajará de Sefam hacia Arbel, al oriente de Ayín. Seguirá bajando la frontera, y, tocando la orilla del mar de Kinnéret por el oriente,
12 bajará al Jordán y vendrá a dar en el mar de la Sal. Esa será vuestra tierra con las fronteras que la circunscriben.»
13 Moisés dio esta orden a los israelitas: «Este es el país que habéis de repartir a suertes, el que Yahveh mandó dar a las nueve tribus y a la mitad de la otra,
14 pues la tribu de los hijos de Rubén con sus distintas casas paternas y la tribu de los hijos de Gad con sus distintas casas paternas, han recibido ya su herencia; y la media tribu de Manasés ha recibido también su herencia.
15 Las dos tribus y la otra media tribu han recibido ya su herencia más allá del Jordán, a oriente de Jericó, hacia la salida del sol.»
16 Habló Yahveh a Moisés y le dijo:
17 «Estos son los nombres de los que os han de repartir la tierra: el sacerdote Eleazar y Josué, hijo de Nun.
18 Elegiréis también un principal de cada tribu, para que repartan la tierra.
19 Estos son sus nombres: por la tribu de Judá, Caleb, hijo de Yefunné;
20 por la tribu de los hijos de Simeón, Semuel, hijo de Ammihud;
21 por la tribu de Benjamín, Elidad, hijo de Kislón;
22 por la tribu de los hijos de Dan, el principal Buquí, hijo de Yoglí;
23 por los hijos de José: por la tribu de los hijos de Manasés, el principal Janniel, hijo de Efod;
24 y por la tribu de los hijos de Efraím, el principal Quemuel, hijo de Siftán;
25 por la tribu de los hijos de Zabulón, el principal Elisafán, hijo de Parnak;
26 por la tribu de los hijos de Isacar, el principal Paltiel, hijo de Azzán;
27 por la tribu de los hijos de Aser, el principal Ajihud, hijo de Selomí;
28 por la tribu de los hijos de Neftalí, el principal Pedahel, hijo de Ammihud.»
29 A éstos mandó Yahveh repartir la herencia a los israelitas en el país de Canaán.
Reflexión del capítulo 34
El capítulo describe las fronteras de la tierra que el pueblo va a recibir, delimitándola por el sur, el oeste, el norte y el este, y añade la lista de los responsables de repartirla. Hay algo significativo en esta precisión geográfica: la promesa no es una idea vaga ni un sueño espiritual, tiene límites concretos, ríos, mares y desiertos. Dios no promete abstracciones, promete una casa concreta donde vivir. También es notable que la distribución se confíe a un grupo de hombres nombrados uno por uno, con Josué y Eleazar al frente. La tierra se recibe como don y se administra como responsabilidad compartida. Nadie decide solo, y nadie queda sin parte. El capítulo nos recuerda que la vida cristiana se juega en lugares concretos: la casa, el barrio, el trabajo, la parroquia. La santidad no consiste en evadirse del mundo, sino en habitar de verdad el espacio que Dios nos ha dado, con sus límites y sus posibilidades. Y cada uno tiene su parte, aunque no sea la que deseaba.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Acepta y cuida el lugar concreto donde Dios te ha puesto: tu casa, tu barrio, tu trabajo, tu comunidad. Deja de soñar con otro sitio y mejora el que tienes, con sus límites y sus posibilidades. La santidad cotidiana se juega en lo concreto, no en la evasión. Y comparte con quien lo necesita lo que ese lugar te permite ofrecer: espacio, tiempo, acogida, ayuda.
Oración
Señor, tú me has dado un lugar concreto donde vivir y servir. Ayúdame a aceptarlo y a cuidarlo con responsabilidad. Que no me evada de lo real y que sepa compartir lo que tengo con quien lo necesita. Amén.
Acerca del libro de Números
El libro de los Números recibe su nombre del censo que abre sus páginas, pero su título hebreo, tomado de las primeras palabras, es mucho más expresivo: en el desierto. Estamos ante el cuarto libro del Pentateuco, y su escenario es el largo camino entre el Sinaí y las llanuras de Moab, a las puertas de la tierra prometida. Lo que podía haber sido un viaje de pocas semanas se convierte en cuarenta años de marcha circular, porque una generación entera queda marcada por la incredulidad y no llega a entrar. El libro combina materiales muy distintos: censos y listas de tribus, leyes sobre sacrificios, votos y pureza, relatos de rebelión y murmuración, y algunos episodios de enorme fuerza simbólica, como el agua que brota de la roca, la serpiente de bronce o el cetro de Aarón que florece. Su hilo conductor es la fidelidad de Dios frente a la infidelidad del pueblo: el Señor sigue guiando con la nube, alimentando con el maná y corrigiendo con paciencia a quienes se quejan una y otra vez. Es un libro incómodo y realista, porque describe la vida creyente como travesía, con cansancio, dudas, nostalgia del pasado y tentación de volver atrás. Para el católico, Números es una escuela de paciencia y de confianza: enseña que la promesa no se cumple por la fuerza de nuestras manos, sino por la fidelidad de quien la hizo, y que el desierto, con toda su aridez, es también el lugar donde Dios habla al corazón y prueba el amor de su pueblo.
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