Números
Antiguo Testamento | 36 capítulos | 1289 versículos
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Capítulo 24 de 36Capítulo 24
1 Vio Balaam que agradaba a Yahveh bendecir a Israel, y ya no fue como las otras veces al encuentro de los augurios, sino que se volvió cara al desierto.
2 Y al alzar los ojos, vio Balaam a Israel acampado por tribus. Y le invadió el espíritu de Dios.
3 Entonó su trova y dijo: «Oráculo de Balaam, hijo de Beor, oráculo del varón clarividente.
4 Oráculo del que oye los dichos de Dios, del que ve la visión de Sadday del que obtiene respuesta, y se le abren los ojos.
5 ¡Qué hermosas son tus tiendas, Jacob, y tus moradas, Israel!
6 Como valles espaciosos, como jardines a la vera del río, como áloes que plantó Yahveh, como cedros a la orilla de las aguas.
7 Sale un héroe de su descendencia, domina sobre pueblos numerosos. Se alza su rey por encima de Agag, se alza su reinado.
8 Dios le hace salir de Egipto, como cuernos de búfalo es para él. Devora el cadáver de sus enemigos y les quebranta los huesos.
9 Se agacha, se acuesta, como león, como leona, ¿quién le hará levantar? ¡Bendito el que te bendiga! ¡Maldito el que te maldiga!»
10 Se enfureció Balaq contra Balaam, palmoteó fuertemente, y dijo a Balaam: «Te he llamado para maldecir a mis enemigos y he aquí que los has llenado de bendiciones ya por tercera vez.
11 Lárgate ya a tu tierra. Te dije que te colmaría de honores, pero Yahveh te ha privado de ellos.»
12 Respondió Balaam a Balaq: «¿No les dije yo a los mensajeros que me enviaste:
13 "Aunque me diera Balaq su casa llena de plata y oro, no podría salirme de la orden de Yahveh, ni hacer por mi cuenta nada, bueno ni malo; lo que me diga Yahveh, eso es lo que diré?"
14 Ahora, pues, que me marcho a mi pueblo, ven, que te voy a anunciar lo que hará este pueblo al cabo del tiempo.»
15 Entonó su trova y dijo: «Oráculo de Balaam, hijo de Beor, oráculo del varón clarividente.
16 oráculo del que escucha los dichos de Dios, del que conoce la ciencia del Altísimo; del que ve lo que le hace ver Sadday, del que obtiene la respuesta, y se le abren los ojos.
17 Lo veo, aunque no para ahora, lo diviso, pero no de cerca: de Jacob avanza una estrella, un cetro surge de Israel. Aplasta las sienes de Moab, el cráneo de todos los hijos de Set.
18 Será Edom tierra conquistada, tierra conquistada Seír. Israel despliega su poder,
19 Jacob domina a sus enemigos, aniquila a los fugitivos de Ar.»
20 Vio Balaam a Amalec, entonó su trova y dijo: «Primicias de las naciones, Amalec; pero al cabo perecerá para siempre.»
21 Vio luego a los quenitas, entonó su trova y dijo: «Firme es tu morada, Caín, en la peña está puesto tu nido.
22 Pero el nido es de Beor; ¿hasta cuándo te tendrá cautivo Asur?
23 Entonó luego su trova y dijo: Pueblos del Mar reviven por el Norte,
24 barcos por el lado de Kittim. Oprimen a Asur, oprimen a Héber; también él perecerá para siempre.»
25 Luego se levantó Balaam, y se fue de vuelta a su país. También Balaq se fue por su camino.
Reflexión del capítulo 24
Balaam, al ver que Dios se complace en bendecir a Israel, renuncia a los augurios y deja que el Espíritu lo impulse. Entonces pronuncia sus oráculos más altos. Describe la belleza de las tiendas de Jacob, como valles frondosos y jardines junto al río, y anuncia el futuro del pueblo. En medio de estos oráculos aparece una de las profecías mesiánicas más citadas de la Biblia: el adivino confiesa que contempla un futuro lejano, todavía no inmediato, y anuncia que de la descendencia de Jacob surgirá una estrella y que de Israel brotará un cetro real. La tradición cristiana leyó siempre estas palabras como un anuncio de Cristo, y la liturgia las ha asociado al nacimiento de Jesús. Balaam, un adivino extranjero, se convierte así en testigo de la esperanza de Israel. El capítulo termina con la separación entre Balaam y Balac, y con nuevos oráculos sobre los pueblos vecinos. Lo más conmovedor es que la bendición sobre Israel no la pronuncia un profeta del pueblo, sino un forastero contratado para maldecirlo: Dios puede hacer de sus enemigos testigos de su plan.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
No reduzcas a Dios a tu círculo ni a los que piensan como tú: puede hablar por medio de quien menos lo esperas. Escucha con atención a quien no comparte tu fe, sin adoptar todo lo que dice, pero también sin despreciar nada de antemano. La verdad no tiene dueños. Y si alguien de fuera te muestra algo bueno, agradécelo con humildad en lugar de defender tu posición.
Oración
Señor, tú haces que hasta los de fuera den testimonio de tu plan. Líbrame de la estrechez de miras y enséñame a escuchar. Avanza en mi vida como la estrella de Jacob y guía mis pasos hacia ti. Amén.
Acerca del libro de Números
El libro de los Números recibe su nombre del censo que abre sus páginas, pero su título hebreo, tomado de las primeras palabras, es mucho más expresivo: en el desierto. Estamos ante el cuarto libro del Pentateuco, y su escenario es el largo camino entre el Sinaí y las llanuras de Moab, a las puertas de la tierra prometida. Lo que podía haber sido un viaje de pocas semanas se convierte en cuarenta años de marcha circular, porque una generación entera queda marcada por la incredulidad y no llega a entrar. El libro combina materiales muy distintos: censos y listas de tribus, leyes sobre sacrificios, votos y pureza, relatos de rebelión y murmuración, y algunos episodios de enorme fuerza simbólica, como el agua que brota de la roca, la serpiente de bronce o el cetro de Aarón que florece. Su hilo conductor es la fidelidad de Dios frente a la infidelidad del pueblo: el Señor sigue guiando con la nube, alimentando con el maná y corrigiendo con paciencia a quienes se quejan una y otra vez. Es un libro incómodo y realista, porque describe la vida creyente como travesía, con cansancio, dudas, nostalgia del pasado y tentación de volver atrás. Para el católico, Números es una escuela de paciencia y de confianza: enseña que la promesa no se cumple por la fuerza de nuestras manos, sino por la fidelidad de quien la hizo, y que el desierto, con toda su aridez, es también el lugar donde Dios habla al corazón y prueba el amor de su pueblo.
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