Números

Antiguo Testamento | 36 capítulos | 1289 versículos

Nm

Capítulo 5

1 Habló Yahveh a Moisés y le dijo:

2 «Manda a los israelitas que echen del campamento a todo leproso, al que padece flujo y a todo impuro por contacto de cadáver.

3 Los has de echar, sean hombre o mujer; fuera del campamento los echarás, para que no contaminen sus campamentos, donde yo habito en medio de ellos.»

4 Así lo hicieron los israelitas: los echaron fuera del campamento. Los israelitas lo hicieron tal como había dicho Yahveh a Moisés.

5 Yahveh habló a Moisés y le dijo:

6 «Habla a los israelitas: Si un hombre o una mujer comete cualquier pecado en perjuicio de otro, ofendiendo a Yahveh, el tal será reo de delito.

7 Confesará el pecado cometido y restituirá la suma de que es deudor, más un quinto. Se la devolverá a aquel de quien es deudor.

8 Y si el hombre no tiene pariente a quien se pueda restituir, la suma que en tal caso se ha de restituir a Yahveh, será para el sacerdote; aparte del carnero expiatorio con que el sacerdote expiará por él.

9 Y toda ofrenda reservada de lo que los hijos de Israel consagran y presentan al sacerdote, será para éste.

10 Lo que cada uno consagra, es suyo; pero lo que se presenta al sacerdote, es para el sacerdote.»

11 Yahveh habló a Moisés y le dijo:

12 «Habla a los israelitas. Diles: Cualquier hombre cuya mujer se haya desviado y le haya engañado:

13 ha dormido un hombre con ella con relación carnal a ocultas del marido; ella se ha manchado en secreto, no hay ningún testigo, no ha sido sorprendida;

14 si el marido es atacado de celos y recela de su mujer, que efectivamente se ha manchado; o bien le atacan los celos y se siente celoso de su mujer, aunque ella no se haya manchado;

15 ese hombre llevará a su mujer ante el sacerdote y presentará por ella la ofrenda correspondiente: una décima de medida de harina de cebada. No derramará aceite sobre la ofrenda, ni la pondrá incienso, pues es «oblación de celos», oblación conmemorativa para recordar una falta.

16 El sacerdote presentará a la mujer y la pondrá delante de Yahveh.

17 Echará luego agua viva en un vaso de barro y, tomando polvo del pavimento de la Morada, lo esparcirá sobre el agua.

18 Pondrá el sacerdote a la mujer delante de Yahveh, le descubrirá la cabeza y pondrá en sus manos la oblación conmemorativa, o sea, la oblación de los celos. El sacerdote tendrá en sus manos las aguas de maldición y funestas.

19 Entonces, el sacerdote conjurará a la mujer y le dirá: "Si no ha dormido un hombre contigo, si no te has desviado ni manchado desde que estás bajo la postestad de tu marido, sé inmune a estas aguas amargas y funestas.

20 Pero si, estando bajo la potestad de tu marido, te has desviado y te has manchado, durmiendo con un hombre distinto de tu marido..."

21 El sacerdote entonces proferirá sobre la mujer este juramento, y dirá el sacerdote a la mujer: "... Que Yahveh te ponga como maldición y execración en medio de tu pueblo, que haga languidecer tus caderas e infle tu vientre.

22 Que entren estas aguas de maldición en tus entrañas, para que inflen tu vientre y hagan languidecer tus caderas." Y la mujer responderá: "¡Amén, amén!"

23 Después el sacerdote escribirá en una hoja estas imprecaciones y las borrará con las aguas amargas.

24 Hará beber a la mujer las aguas de maldición y funestas, y las aguas funestas entrarán en ella para hacérsele amargas.

25 El sacerdote tomará entonces de la mano de la mujer la oblación de los celos, mecerá la oblación delante de Yahveh y la presentará en el altar.

26 El sacerdote tomará de la oblación un puñado, el memorial, y lo quemará sobre el altar, y le hará beber a la mujer las aguas.

27 Cuando le haga beber de las aguas, si la mujer está manchada y de hecho ha engañado a su marido, cuando entren en ella las aguas funestas le serán amargas: se inflará su vientre, languidecerán sus caderas y será mujer de maldición en medio de su pueblo.

28 Pero si la mujer no se ha manchado, sino que es pura, estará exenta de toda culpa y tendrá hijos.

29 Este es el rito de los celos, para cuando una mujer, después de estar bajo la potestad de su marido, se haya desviado y manchado;

30 o para cuando un hombre, atacado de celos, recele de su mujer: entonces pondrá a su mujer en presencia de Yahveh y el sacerdote realizará con ella todo este rito.

31 El marido estará exento de culpa, y la mujer cargará con la suya.»

Reflexión del capítulo 5

El capítulo reúne varias normas sobre la pureza del campamento, la reparación de los daños y el caso de una mujer sospechosa de infidelidad. Las dos primeras partes son claras: quien está enfermo o impuro debe salir del campamento para no contaminar el lugar donde habita el Señor, y quien ha perjudicado a otro debe restituir lo robado y añadir un quinto, además de ofrecer un sacrificio. La justicia exige reparar, no solo pedir perdón. La tercera parte, el llamado juicio de las aguas amargas, resulta muy ajena a nuestra sensibilidad, y conviene leerla en su contexto: se trata de un procedimiento que pone el caso en manos de Dios y protege a la mujer de la venganza privada de un marido celoso, en una sociedad donde ella no tenía defensa jurídica. En el fondo, el texto afirma que nada queda oculto ante el Señor y que la verdad sale a la luz. La lectura cristiana invita a valorar la fidelidad, la reparación y la confianza en la justicia de Dios, evitando el juicio precipitado y la sospecha destructiva.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Si has causado un daño material o moral a alguien, no te limites a pedir perdón de palabra: repara lo que puedas. Devuelve lo que tomaste, compensa el perjuicio, restituye lo que dejaste en el olvido. Y evita alimentar sospechas o juicios precipitados sobre los demás, especialmente sobre quienes están más indefensos. La reparación es una de las formas más olvidadas y más eficaces del amor al prójimo, y a menudo es la prueba de que el arrepentimiento es sincero.

Oración

Señor, tú ves lo oculto y juzgas con verdad. Dame un corazón honesto que repare el daño causado y no se refugie en excusas. Líbrame de la sospecha y del juicio precipitado sobre los demás. Amén.

Acerca del libro de Números

El libro de los Números recibe su nombre del censo que abre sus páginas, pero su título hebreo, tomado de las primeras palabras, es mucho más expresivo: en el desierto. Estamos ante el cuarto libro del Pentateuco, y su escenario es el largo camino entre el Sinaí y las llanuras de Moab, a las puertas de la tierra prometida. Lo que podía haber sido un viaje de pocas semanas se convierte en cuarenta años de marcha circular, porque una generación entera queda marcada por la incredulidad y no llega a entrar. El libro combina materiales muy distintos: censos y listas de tribus, leyes sobre sacrificios, votos y pureza, relatos de rebelión y murmuración, y algunos episodios de enorme fuerza simbólica, como el agua que brota de la roca, la serpiente de bronce o el cetro de Aarón que florece. Su hilo conductor es la fidelidad de Dios frente a la infidelidad del pueblo: el Señor sigue guiando con la nube, alimentando con el maná y corrigiendo con paciencia a quienes se quejan una y otra vez. Es un libro incómodo y realista, porque describe la vida creyente como travesía, con cansancio, dudas, nostalgia del pasado y tentación de volver atrás. Para el católico, Números es una escuela de paciencia y de confianza: enseña que la promesa no se cumple por la fuerza de nuestras manos, sino por la fidelidad de quien la hizo, y que el desierto, con toda su aridez, es también el lugar donde Dios habla al corazón y prueba el amor de su pueblo.

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