Números
Antiguo Testamento | 36 capítulos | 1289 versículos
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Capítulo 27 de 36Capítulo 27
1 Entonces se acercaron las hijas de Selofjad, hijo de Jéfer, hijo de Galaad, hijo de Makir, hijo de Manasés, de los clanes de Manasés, hijo de José. Se llamaban las hijas: Majlá, Noá, Joglá, Milká y Tirsá.
2 Se presentaron a Moisés y al sacerdote Eleazar, a los principales y a toda la comunidad, a la entrada de la Tienda del Encuentro, y dijeron:
3 «Nuestro padre murió en el desierto. No era de la facción que se amotinó contra Yahveh, de la facción de Coré; por sus propios pecados murió sin tener hijos.
4 ¿Por qué ha de ser borrado de su clan el nombre de nuestro padre, sólo por no haber tenido hijos? Danos alguna propiedad entre los hermanos de nuestro padre.»
5 Moisés expuso su caso ante Yahveh.
6 Respondió Yahveh a Moisés:
7 «Han hablado bien las hijas de Selofjad. Dales, pues, en propiedad una heredad entre los hermanos de su padre; traspásales a ellas la herencia de su padre.
8 Y dirás a los israelitas: Si un hombre muere y no tiene ningún hijo, traspasará su herencia a su hija.
9 Si tampoco tiene hija, daréis la herencia a sus hermanos.
10 Si tampoco tiene hermanos, daréis la herencia a los hermanos de su padre.
11 Y si su padre no tenía hermanos, daréis la herencia al pariente más próximo de su clan, el cual tomará posesión de ella. Esta será norma de derecho para los israelitas, según lo ordenó Yahveh a Moisés.»
12 Dijo Yahveh a Moisés: «Sube ahí a la sierra de Abarim y mira la tierra que he dado a los israelitas.
13 Cuando la veas, irás a reunirte tú también a los tuyos, como se reunió tu hermano Aarón.
14 Porque os rebelasteis en el desierto de Sin, cuando protestó la comunidad y cuando os mandé manifestar delante de ella mi santidad, por medio del agua.» Estas son las aguas de Meribá de Cadés, en el desierto de Sin.
15 Habló Moisés a Yahveh y le dijo:
16 «Que Yahveh, Dios de los espíritus de toda carne, ponga un hombre al frente de esta comunidad,
17 uno que salga y entre delante de ellos y que los haga salir y entrar, para que no quede la comunidad de Yahveh como rebaño sin pastor.»
18 Respondió Yahveh a Moisés: «Toma a Josué, hijo de Nun, hombre en quien está el espíritu, impónle tu mano,
19 y colócalo delante del sacerdote Eleazar y delante de toda la comunidad para darle órdenes en presencia de ellos
20 y comunicarle parte de tu dignidad, con el fin de que le obedezca toda la comunidad de los israelitas.
21 Que se presente al sacerdote Eleazar y que éste consulte acerca de él, según el rito del Urim, delante de Yahveh. A sus órdenes saldrán y a sus órdenes entrarán él y todos los israelitas, toda la comunidad.»
22 Moisés hizo como le había mandado Yahveh: tomó a Josué y lo puso delante del sacerdote Eleazar, y delante de toda la comunidad.
23 Le impuso su mano y le dio sus órdenes, como había dicho Yahveh por Moisés.
Reflexión del capítulo 27
El capítulo recoge dos asuntos decisivos. El primero es la petición de las hijas de Selofjad, que se acercan a Moisés para reclamar la herencia de su padre, muerto sin hijos varones. Su argumento es claro y valiente: ¿por qué ha de desaparecer el nombre de nuestro padre? La ley no preveía este caso, y Dios responde reconociendo que tienen razón y estableciendo una norma nueva. Es un momento notable: la justicia exige escuchar a quien no tiene voz y corregir la norma cuando excluye indebidamente. El segundo asunto es la sucesión de Moisés. Dios le anuncia que no entrará en la tierra y le ordena designar a Josué, imponiéndole las manos ante Eleazar y toda la asamblea. Moisés obedece sin resentimiento: prepara a su sucesor, le transmite autoridad y acepta desaparecer. Es una lección de humildad y de visión a largo plazo. Quien ha servido bien no se aferra al puesto: forma a quien continuará la obra. Ambos episodios, leídos juntos, muestran que una comunidad se edifica corrigiendo lo que es injusto y preparando con generosidad el relevo.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Si tienes alguna responsabilidad, empieza a preparar a quien podría relevarte: comparte lo que sabes, delega con confianza y no retengas información ni contactos para hacerte imprescindible. Y si detectas una injusticia en tu entorno —alguien excluido por una norma rígida o por una costumbre—, atrévete a plantearla con respeto, aunque nadie lo haya hecho antes y aunque no te corresponda directamente.
Oración
Señor, dame valentía para reclamar la justicia y humildad para preparar a quien me suceda. Líbrame del afán de permanecer y de la vanidad de creerme imprescindible. Enséñame a servir pensando en los que vendrán después de mí. Amén.
Acerca del libro de Números
El libro de los Números recibe su nombre del censo que abre sus páginas, pero su título hebreo, tomado de las primeras palabras, es mucho más expresivo: en el desierto. Estamos ante el cuarto libro del Pentateuco, y su escenario es el largo camino entre el Sinaí y las llanuras de Moab, a las puertas de la tierra prometida. Lo que podía haber sido un viaje de pocas semanas se convierte en cuarenta años de marcha circular, porque una generación entera queda marcada por la incredulidad y no llega a entrar. El libro combina materiales muy distintos: censos y listas de tribus, leyes sobre sacrificios, votos y pureza, relatos de rebelión y murmuración, y algunos episodios de enorme fuerza simbólica, como el agua que brota de la roca, la serpiente de bronce o el cetro de Aarón que florece. Su hilo conductor es la fidelidad de Dios frente a la infidelidad del pueblo: el Señor sigue guiando con la nube, alimentando con el maná y corrigiendo con paciencia a quienes se quejan una y otra vez. Es un libro incómodo y realista, porque describe la vida creyente como travesía, con cansancio, dudas, nostalgia del pasado y tentación de volver atrás. Para el católico, Números es una escuela de paciencia y de confianza: enseña que la promesa no se cumple por la fuerza de nuestras manos, sino por la fidelidad de quien la hizo, y que el desierto, con toda su aridez, es también el lugar donde Dios habla al corazón y prueba el amor de su pueblo.
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