Números
Antiguo Testamento | 36 capítulos | 1289 versículos
Seleccionar Capítulo
Capítulo 25 de 36Capítulo 25
1 Israel se estableció en Sittim. Y el pueblo se puso a fornicar con las hijas de Moab.
2 Estas invitaron al pueblo a los sacrificios de sus dioses, y el pueblo comió y se postró ante sus dioses.
3 Israel se adhirió así al Baal de Peor, y se encendió la ira de Yahveh contra Israel.
4 Dijo Yahveh a Moisés: «Toma a todos los jefes del pueblo y empálalos en honor de Yahveh, cara al sol; así cederá el furor de la cólera de Yahveh contra Israel.»
5 Dijo Moisés a los jueces de Israel: «Matad cada uno a los vuestros que se hayan adherido a Baal de Peor.»
6 Sucedió que un hombre, un israelita, vino y presentó ante sus hermanos a la madianita, a los mismos ojos de Moisés y de toda la comunidad de los israelitas, que estaban llorando a la entrada de la Tienda del Encuentro.
7 Al verlos Pinjás, hijo de Eleazar, hijo del sacerdote Aarón, se levantó de entre la comunidad, lanza en mano,
8 entró tras el hombre a la alcoba y los atravesó a los dos, al israelita y a la mujer, por el bajo vientre. Y se detuvo la plaga que azotaba a los israelitas.
9 Los muertos por la plaga fueron 24.000.
10 Yahveh habló a Moisés y le dijo:
11 «Pinjás, hijo de Eleazar, hijo del sacerdote Aarón, ha aplacado mi furor contra los israelitas, porque él ha sido, de entre vosotros, el que ha sentido celo por mí; por eso no he acabado con los israelitas a impulso de mis celos.
12 Por eso digo: Le concedo a él mi alianza de paz.
13 Habrá para él y para su descendencia después de él una alianza de sacerdocio perpetuo. En recompensa de haber sentido celo por su Dios, celebrará el rito de expiación sobre los israelitas.»
14 El israelita herido, el que fue herido con la madianita, se llamaba Zimri, hijo de Salú, principal de una casa paterna de Simeón.
15 Y la mujer herida, la madianita, se llamaba Kozbí, hija de Sur. Este era jefe de su clan, de una casa paterna de Madián.
16 Habló Yahveh a Moisés y le dijo:
17 «Atacad a los madianitas y batidlos,
18 porque ellos os han atacado a vosotros engañándoos con sus malas artes, con lo de Peor, y con lo de su hermana Kozbí, hija de un príncipe de Madián, la que fue herida el día de la plaga que hubo por lo de Peor.»
19 Después de la plaga,
Reflexión del capítulo 25
El capítulo narra la crisis de Baal Peor. Instalado en las llanuras de Moab, el pueblo comienza a mezclarse con las mujeres del lugar, a participar en sus banquetes sagrados y a postrarse ante sus dioses. La idolatría no llega como una negación de Dios, sino como una mezcla cómoda: se sigue creyendo en el Señor, pero se añaden otros cultos, se aceptan las costumbres del entorno, se diluye la identidad. El texto subraya la gravedad de esta disolución, porque lo que estaba en juego no era una práctica aislada, sino la alianza entera. En medio de la crisis destaca la figura de Pinjás, cuyo celo detiene la plaga y que recibe una promesa de sacerdocio perpetuo para su descendencia. Su intervención, leída en su contexto cultural, expresa la convicción de que hay momentos en que la fidelidad exige una ruptura clara y no un pacto a medias. La lectura cristiana ha conservado sobre todo la advertencia contra la idolatría disfrazada de tolerancia, y la certeza de que la fidelidad a Dios no admite componendas cuando está en juego lo esencial.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Examina qué costumbres del ambiente has ido adoptando sin darte cuenta: maneras de hablar, de gastar, de tratar a las personas, de juzgar, de divertirte. Elige una que contradiga claramente tu fe y decídete a dejarla, aunque te cueste quedar fuera del grupo. La fidelidad se construye con rupturas concretas y no solo con buenos deseos. Y no negocies lo esencial por comodidad.
Oración
Señor, líbrame de la idolatría cómoda que se disfraza de modernidad. Dame claridad para distinguir lo que te agrada de lo que me aparta de ti. Que mi fidelidad sea entera, sin componendas ni medias tintas. Amén.
Acerca del libro de Números
El libro de los Números recibe su nombre del censo que abre sus páginas, pero su título hebreo, tomado de las primeras palabras, es mucho más expresivo: en el desierto. Estamos ante el cuarto libro del Pentateuco, y su escenario es el largo camino entre el Sinaí y las llanuras de Moab, a las puertas de la tierra prometida. Lo que podía haber sido un viaje de pocas semanas se convierte en cuarenta años de marcha circular, porque una generación entera queda marcada por la incredulidad y no llega a entrar. El libro combina materiales muy distintos: censos y listas de tribus, leyes sobre sacrificios, votos y pureza, relatos de rebelión y murmuración, y algunos episodios de enorme fuerza simbólica, como el agua que brota de la roca, la serpiente de bronce o el cetro de Aarón que florece. Su hilo conductor es la fidelidad de Dios frente a la infidelidad del pueblo: el Señor sigue guiando con la nube, alimentando con el maná y corrigiendo con paciencia a quienes se quejan una y otra vez. Es un libro incómodo y realista, porque describe la vida creyente como travesía, con cansancio, dudas, nostalgia del pasado y tentación de volver atrás. Para el católico, Números es una escuela de paciencia y de confianza: enseña que la promesa no se cumple por la fuerza de nuestras manos, sino por la fidelidad de quien la hizo, y que el desierto, con toda su aridez, es también el lugar donde Dios habla al corazón y prueba el amor de su pueblo.
Compartir
Enlace copiado