Proverbios
Antiguo Testamento | 31 capítulos | 915 versículos
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Capítulo 19 de 31Capítulo 19
1 Mejor es el pobre que camina en su integridad que el de labios perversos y además necio.
2 Tampoco es bueno el afán cuando falta la ciencia, el de pies precipitados se extravía.
3 La necedad del hombre pervierte su camino, y luego en su corazón se irrita contra Yahveh.
4 La riqueza multiplica los amigos, pero el pobre de su amigo es separado.
5 El testigo falso no quedará impune, el que profiere mentiras no escapará.
6 Son numerosos los que halagan al noble, todos son amigos del hombre que da.
7 Los hermanos del pobre le odian todos, ¡cuánto más se alejarán de él los amigos! Persigue palabras, pero no hay.
8 El que adquiere cordura se ama a sí mismo, el que sigue la prudencia, hallará la dicha.
9 El testigo falso no quedará impune, el que profiere mentiras perecerá.
10 No sienta bien al necio vivir en delicias, y menos al siervo dominar a los príncipes.
11 La prudencia del hombre domina su ira, y su gloria es dejar pasar una ofensa.
12 Como rugido de león la indignación del rey, su favor, como rocío sobre la hierba.
13 El hijo necio, calamidad para su padre, goteo sin fin las querellas de mujer.
14 Casa y fortuna se heredan de los padres, mujer prudente viene de Yahveh.
15 La pereza hunde en el sopor, el alma indolente pasará hambre.
16 Quien guarda los mandatos se guarda a sí mismo, quien desprecia sus caminos morirá.
17 Quien se apiada del débil, presta a Yahveh, el cual le dará su recompensa.
18 Mientras hay esperanza corrige a tu hijo, pero no te excites hasta hacerle morir.
19 El iracundo carga con la multa; pues si le perdonas, se la tendrás que aumentar.
20 Escucha el consejo, acoge la corrección, para llegar, por fin, a ser sabio.
21 Muchos proyectos en el corazón del hombre, pero sólo el plan de Yahveh se realiza.
22 Lo que se desea en un hombre es la bondad, más vale un pobre que un mentiroso.
23 El temor de Yahveh es para vida, vive satisfecho sin ser visitado por el mal.
24 El perezoso hunde la mano en el plato, y no es capaz ni de llevarla a la boca.
25 Golpea al arrogante y el simple se volverá sensato; reprende al inteligente y alcanzará el saber.
26 El que despoja a su padre y expulsa a su madre, es hijo infamante y desvergonzado.
27 Deja ya, hijo, de escuchar la instrucción, y de apartarte de las palabras de la ciencia.
28 El testigo malvado se burla del derecho; la boca de los malos devora iniquidad.
29 Los castigos están hechos para los arrogantes; y los golpes para la espalda de los necios.
Reflexión del capítulo 19
El capítulo 19 insiste en la integridad por encima de la apariencia. Mejor es el pobre que camina en su integridad que el de labios perversos y además necio (19,1). El sabio advierte que la riqueza multiplica los amigos, pero el pobre queda solo (19,4), y que la pereza hunde en el sopor (19,15). Frente a la dureza del corazón, proclama una de las sentencias más hermosas de todo el libro: quien se apiada del débil, presta a Yahveh, el cual le dará su recompensa (19,17). Habla también de la corrección a tiempo, mientras hay esperanza (19,18), y de la providencia que supera nuestros cálculos: muchos proyectos en el corazón del hombre, pero solo el plan de Yahveh se realiza (19,21). El temor de Yahveh, dice, es para vida (19,23). Es una sabiduría que valora la honradez, la compasión y la confianza en Dios más que el éxito visible. El pobre que conserva su integridad posee una riqueza que ningún revés le puede arrebatar.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Hoy busca a alguien débil —enfermo, pobre, anciano, desanimado— y hazle un bien concreto, sabiendo que en él prestas al Señor. No midas tu valor por lo que tienes ni por lo que te aplauden, sino por tu integridad. Y acepta que algunos de tus planes se frustren: preséntalos a Dios y confía en que su plan se sostiene.
Oración
Señor, tú que escuchas al que se apiada del débil, danos un corazón compasivo y una vida íntegra. Que no pongamos nuestra seguridad en las riquezas y que sepamos descansar en tu plan, que permanece para siempre. Amén.
Acerca del libro de Proverbios
El libro de los Proverbios pertenece a la literatura sapiencial de Israel y la tradición lo vincula a Salomón, hijo de David, a quien se atribuye el impulso inicial de esta colección; junto a él aparecen otros sabios, como los hombres de Ezequías (25,1), Agur y Lemuel (30-31). No es un tratado sistemático, sino una serie de dichos breves y poéticos que nacen de la experiencia, de la observación de la vida y, sobre todo, de la fe en Yahveh. Su horizonte es la alianza: la sabiduría no es mera astucia humana, sino el arte de vivir en la presencia de Dios. Por eso el estribillo que lo abre y lo recorre: el temor de Yahveh es el principio de la sabiduría (1,7; 9,10). El libro contrapone dos caminos, el del justo y el del malvado, y enseña que la palabra, la lengua, la laboriosidad, la templanza y la fidelidad conyugal tienen consecuencias reales. Su página más luminosa es el capítulo 8, donde la Sabiduría se presenta como presente junto a Dios en la creación, arquitecta y delicia suya. La tradición católica ha leído ese texto a la luz de Cristo, sabiduría de Dios (1 Cor 1,24) y Palabra por quien todo fue hecho. Proverbios invita al creyente a una vida ordenada, prudente y confiada, y alimenta la oración y la catequesis sobre las virtudes. Leído en la Iglesia, no es un simple manual de moral, sino una escuela de discernimiento que conduce a la Sabiduría encarnada.
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