Proverbios

Antiguo Testamento | 31 capítulos | 915 versículos

Pr

Capítulo 8

1 ¿No está llamando la Sabiduría? y la Prudencia, ¿no alza su voz?

2 En la cumbre de las colinas que hay sobre el camino, en los cruces de sendas se detiene;

3 junto a las puertas, a la salida de la ciudad, a la entrada de los portales, da sus voces:

4 «A vosotros, hombres, os llamo, para los hijos de hombre es mi voz.

5 Entended, simples, la prudencia y vosotros, necios, sed razonables.

6 Escuchad: voy a decir cosas importantes y es recto cuanto sale de mis labios.

7 Porque verdad es el susurro de mi boca y mis labios abominan la maldad.

8 Justos son todos los dichos de mi boca, nada hay en ellos astuto ni tortuoso.

9 Todos están abiertos para el inteligente y rectos para los que la ciencia han encontrado.

10 Recibid mi instrucción y no la plata, la ciencia más bien que el oro puro.

11 Porque mejor es la sabiduría que las piedras preciosas, ninguna cosa apetecible se le puede igualar.

12 «Yo, la Sabiduría, habito con la prudencia, yo he inventado la ciencia de la reflexión.

13 (El temor de Yahveh es odiar el mal.) La soberbia y la arrogancia y el camino malo y la boca torcida yo aborrezco.

14 Míos son el consejo y la habilidad, yo soy la inteligencia, mía es la fuerza.

15 Por mí los reyes reinan y los magistrados administran la justicia.

16 Por mí los príncipes gobiernan y los magnates, todos los jueces justos.

17 Yo amo a los que me aman y los que me buscan me encontrarán.

18 Conmigo están la riqueza y la gloria, la fortuna sólida y la justicia.

19 Mejor es mi fruto que el oro, que el oro puro, y mi renta mejor que la plata acrisolada.

20 Yo camino por la senda de la justicia, por los senderos de la equidad,

21 para repartir hacienda a los que me aman y así llenar sus arcas.»

22 «Yahveh me creó, primicia de su camino, antes que sus obras más antiguas.

23 Desde la eternidad fui fundada, desde el principio, antes que la tierra.

24 Cuando no existían los abismos fui engendrada, cuando no había fuentes cargadas de agua.

25 Antes que los montes fuesen asentados, antes que las colinas, fui engendrada.

26 No había hecho aún la tierra ni los campos, ni el polvo primordial del orbe.

27 Cuando asentó los cielos, allí estaba yo, cuando trazó un círculo sobre la faz del abismo,

28 cuando arriba condensó las nubes, cuando afianzó las fuentes del abismo,

29 cuando al mar dio su precepto - y las aguas no rebasarán su orilla - cuando asentó los cimientos de la tierra,

30 yo estaba allí, como arquitecto, y era yo todos los días su delicia, jugando en su presencia en todo tiempo,

31 jugando por el orbe de su tierra; y mis delicias están con los hijos de los hombres.»

32 «Ahora pues, hijos, escuchadme, dichosos los que guardan mis caminos.

33 Escuchad la instrucción y haceos sabios, no la despreciéis.

34 Dichoso el hombre que me escucha velando ante mi puerta cada día, guardando las jambas de mi entrada.

35 Porque el que me halla, ha hallado la vida, ha logrado el favor de Yahveh.

36 Pero el que me ofende, hace daño a su alma; todos los que me odian, aman la muerte.»

Reflexión del capítulo 8

El capítulo 8 es el corazón teológico del libro. La Sabiduría no es un objeto que se posee, sino una persona que llama: se detiene en la cumbre de las colinas, en los cruces de sendas y a la entrada de los portales (8,2-3), y su invitación se dirige a todos, a los simples y a los necios. Sus dichos son justos, y su valor supera el oro y las piedras preciosas (8,11). Pero el texto alcanza su cumbre cuando la Sabiduría habla de su origen: Yahveh me creó, primicia de su camino, antes que sus obras más antiguas (8,22); estaba junto a él como arquitecta, y era su delicia cada día (8,30). La tradición cristiana reconoció en estas palabras un anuncio de Cristo, Palabra eterna por quien todo fue hecho, y la liturgia las aplica a la Sabiduría encarnada. El capítulo termina con una promesa luminosa: el que me halla ha hallado la vida y ha logrado el favor de Yahveh (8,35).

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Hoy busca la Sabiduría donde ella se deja encontrar: en la Palabra de Dios, en la oración y en el consejo de personas rectas. Dedica un tiempo a contemplar que todo lo que existe nace de la sabiduría y el amor de Dios, y agradéceselo. Y en una decisión concreta de hoy, escoge lo recto aunque cueste y aunque no sea lo más rentable: eso es amar la Sabiduría más que el oro.

Oración

Señor, tú que estabas junto al Padre cuando se asentaban los cielos, ven a habitar en nosotros. Que te busquemos cada día y que, hallándote, hallemos la vida y el favor de Dios. Amén.

Acerca del libro de Proverbios

El libro de los Proverbios pertenece a la literatura sapiencial de Israel y la tradición lo vincula a Salomón, hijo de David, a quien se atribuye el impulso inicial de esta colección; junto a él aparecen otros sabios, como los hombres de Ezequías (25,1), Agur y Lemuel (30-31). No es un tratado sistemático, sino una serie de dichos breves y poéticos que nacen de la experiencia, de la observación de la vida y, sobre todo, de la fe en Yahveh. Su horizonte es la alianza: la sabiduría no es mera astucia humana, sino el arte de vivir en la presencia de Dios. Por eso el estribillo que lo abre y lo recorre: el temor de Yahveh es el principio de la sabiduría (1,7; 9,10). El libro contrapone dos caminos, el del justo y el del malvado, y enseña que la palabra, la lengua, la laboriosidad, la templanza y la fidelidad conyugal tienen consecuencias reales. Su página más luminosa es el capítulo 8, donde la Sabiduría se presenta como presente junto a Dios en la creación, arquitecta y delicia suya. La tradición católica ha leído ese texto a la luz de Cristo, sabiduría de Dios (1 Cor 1,24) y Palabra por quien todo fue hecho. Proverbios invita al creyente a una vida ordenada, prudente y confiada, y alimenta la oración y la catequesis sobre las virtudes. Leído en la Iglesia, no es un simple manual de moral, sino una escuela de discernimiento que conduce a la Sabiduría encarnada.

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