Proverbios
Antiguo Testamento | 31 capítulos | 915 versículos
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Capítulo 24 de 31Capítulo 24
1 No tengas envidia de los malos, no desees estar con ellos,
2 porque su corazón trama violencias, y sus labios hablan de desgracias.
3 Con la sabiduria se construye una casa, y con la prudencia se afianza;
4 con la ciencia se llenan los cilleros de todo bien precioso y deseable.
5 El varón sabio está fuerte, el hombre de ciencia fortalece su vigor;
6 porque con sabios consejos harás la guerra, y en la abundancia de consejeros está el éxito.
7 Muy alta está la sabiduría para el necio: no abre su boca en la puerta.
8 Al que piensa en hacer mal, se le llama maestro en intrigas.
9 La necedad sólo maquina pecados, el arrogante es abominable a los hombres.
10 Si te dejas abatir el día de la angustia, angosta es tu fuerza.
11 Libra a los que son llevados a la muerte, y a los conducidos al suplicio ¡si los puedieras retener!
12 Si dices: «Mira que no lo sabíamos», ¿acaso el que pesa los corazones no comprende? ¿el que vigila tu alma, no lo sabe? El da a cada hombre según sus obras.
13 Come miel, hijo mío, porque es buena. Panal de miel es dulce a tu paladar.
14 Pues sábete que así será la sabiduría para tu alma, y si la hallas, hay un mañana, y tu esperanza no será aniquilada.
15 No pongas, malvado, asechanzas en la mansión del justo, no hagas violencia a su morada.
16 Que siete veces cae el justo, pero se levanta, mientras los malos se hunden en la desgracia.
17 No te alegres por la caída de tu enemigo, no se goce tu corazón cuando se hunde;
18 no sea que lo vea Yahveh y le desagrade, y aparte de él su ira.
19 No te enfurezcas por causa de los malvados, ni tengas envidia de los malos.
20 Porque para el malvado no hay un mañana: la lámpara de los malos se extinguirá.
21 Teme, hijo mío, a Yahveh y al rey, no te relaciones con los innovadores,
22 porque al instante surgirá su calamidad, y ¿quién sabe el castigo que pueden ambos dar?
23 También esto pertenece a los sabios: Hacer acepción de personas en el juicio no está bien.
24 Al que dice al malo: «Eres justo», le maldicen los pueblos y le detestan las naciones;
25 los que los castigan, viven felices, y viene sobre ellos la bendición del bien.
26 Besa en los labios, el que responde con franqueza.
27 Ordena tus trabajos de fuera y prepara tus faenas en el campo; y después puedes construirte tu casa.
28 No des testimonio, en vano, contra tu prójimo, ni engañes con tus labios.
29 No digas: «Como él me ha hecho a mí, le haré yo a él, daré a cada uno según sus obras.»
30 He pasado junto al campo de un perezoso, y junto a la viña de un hombre insensato,
31 y estaba todo invadido de ortigas, los cardos cubrían el suelo, la cerca de piedras estaba derruída.
32 Al verlo, medité en mi corazón, al contemplarlo aprendí la lección:
33 «Un poco dormir, otro poco dormitar, otro poco tumbarse con los brazos cruzados
34 y llegará, como vagabundo, tu miseria y como un mendigo tu pobreza.»
Reflexión del capítulo 24
El capítulo 24 exhorta a no envidiar a los malos ni desear su compañía (24,1), porque con la sabiduría se construye una casa y con la prudencia se afianza (24,3). Frente al desánimo, da un consejo valiente: si te dejas abatir el día de la angustia, angosta es tu fuerza (24,10). Y ofrece una de las sentencias más consoladoras del libro: siete veces cae el justo, pero se levanta, mientras los malos se hunden en la desgracia (24,16). El sabio pide también compasión activa: librar a los que son llevados a la muerte (24,11), sabiendo que Dios pesa los corazones y da a cada uno según sus obras (24,12). Advierte contra alegrarse de la caída del enemigo (24,17) y contra la venganza. El capítulo cierra con la lección del campo del perezoso, invadido de ortigas, imagen de la vida descuidada. Es una llamada a la perseverancia y a la misericordia. El justo no es el que nunca cae, sino el que se levanta cada vez y sigue confiando en Dios.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Hoy, si te has caído en algo —una recaída, un error, un fracaso—, levántate sin dramatizar y vuelve a empezar, confiando en la misericordia de Dios. Tiende la mano a alguien que está en peligro o en dificultad, aunque te cueste. Y no te alegres de la desgracia de quien te ha hecho mal: reza por él y deja la justicia en manos de Dios.
Oración
Señor, tú que pesas los corazones, danos fuerza para levantarnos cada vez que caemos y compasión para socorrer al que sufre. Líbranos de la envidia y del rencor, y enséñanos a confiar en tu justicia. Amén.
Acerca del libro de Proverbios
El libro de los Proverbios pertenece a la literatura sapiencial de Israel y la tradición lo vincula a Salomón, hijo de David, a quien se atribuye el impulso inicial de esta colección; junto a él aparecen otros sabios, como los hombres de Ezequías (25,1), Agur y Lemuel (30-31). No es un tratado sistemático, sino una serie de dichos breves y poéticos que nacen de la experiencia, de la observación de la vida y, sobre todo, de la fe en Yahveh. Su horizonte es la alianza: la sabiduría no es mera astucia humana, sino el arte de vivir en la presencia de Dios. Por eso el estribillo que lo abre y lo recorre: el temor de Yahveh es el principio de la sabiduría (1,7; 9,10). El libro contrapone dos caminos, el del justo y el del malvado, y enseña que la palabra, la lengua, la laboriosidad, la templanza y la fidelidad conyugal tienen consecuencias reales. Su página más luminosa es el capítulo 8, donde la Sabiduría se presenta como presente junto a Dios en la creación, arquitecta y delicia suya. La tradición católica ha leído ese texto a la luz de Cristo, sabiduría de Dios (1 Cor 1,24) y Palabra por quien todo fue hecho. Proverbios invita al creyente a una vida ordenada, prudente y confiada, y alimenta la oración y la catequesis sobre las virtudes. Leído en la Iglesia, no es un simple manual de moral, sino una escuela de discernimiento que conduce a la Sabiduría encarnada.
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