Proverbios
Antiguo Testamento | 31 capítulos | 915 versículos
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Capítulo 28 de 31Capítulo 28
1 El malo huye sin que nadie le persiga, pero el justo como un león está seguro.
2 Cuando un país es rebelde, son muchos sus príncipes; con un hombre inteligente y sabio hay estabilidad.
3 Hombre malo que oprime a los débiles es como lluvia devastadora que deja sin pan.
4 Los que abandonan la ley alaban al malo, los que guardan la ley se irritan contra ellos.
5 Los hombres malos no entienden de equidad, los que buscan a Yahveh lo comprenden todo.
6 Mejor es el pobre que camina en su integridad que el de caminos tortuosos, por más que sea rico.
7 El que guarda la ley es un hijo inteligente, el que frecuenta orgías es la deshonra de su padre.
8 El que aumenta su riqueza por usura e interés, la amontona para el que se compadece de los pobres.
9 El que aparta su oído para no oír la ley, hasta su oración es abominable.
10 El que extravía a los rectos por el mal camino, en su propia fosa caerá. Los hombres sin tacha heredarán la dicha.
11 El hombre rico se cree sabio, pero el pobre inteligente, lo desenmascara.
12 Cuando se alegran los justos, es grande el regocijo, cuando se alzan los malos, todos se esconden.
13 Al que encubre sus faltas, no le saldrá bien; el que las confiesa y abandona, obtendrá piedad.
14 Dichoso el hombre que siempre está en temor; el que endurece su corazón caerá en el mal.
15 León rugiente, oso hambriento, es el malo que domina al pueblo débil.
16 Príncipe sin inteligencia multiplica la opresión, el que odia el lucro prolongará sus días.
17 El hombre culpable de una muerte huirá hasta la tumba; ¡que nadie le detenga!
18 El que anda sin tacha será salvo, el que va oscilante entre dos caminos, caerá en uno de ellos.
19 Quien cultiva su tierra se hartará de pan, quien va tras naderías, se hartará de pobreza.
20 El hombre leal será muy bendecido, quien se hace rico aprisa, no quedará impune.
21 No es bueno hacer acepción de personas, que por un bocado de pan el hombre prevarica.
22 El hombre de malas intenciones corre tras la riqueza, sin saber que lo que le viene es la indigencia.
23 El hombre que reprende halla al cabo más gracia que el de lengua aduladora.
24 El que roba a su padre y a su madre y dice: «No hay en ello falta», es compañero del hombre destructor.
25 El hombre ambicioso azuza querellas, el que confía en Yahveh prosperará.
26 El que confía en su corazón es un necio, el que anda con sabiduría se salvará.
27 El que da a los pobres no conocerá la indigencia, para el que se tapa los ojos abundante maldición.
28 Cuando se alzan los malos, todos se esconden, cuando perecen, los justos se multiplican.
Reflexión del capítulo 28
El capítulo 28 comienza con una imagen expresiva: el malo huye sin que nadie le persiga, pero el justo como un león está seguro (28,1). El sabio contrapone la conciencia tranquila al miedo del culpable, y advierte que quien abandona la ley alaba al malo (28,4). Denuncia la injusticia de los poderosos —león rugiente, oso hambriento es el malo que domina al pueblo débil (28,15)— y la usura que acumula para otro (28,8). Pero su página más luminosa es la confesión: al que encubre sus faltas no le saldrá bien; el que las confiesa y abandona, obtendrá piedad (28,13). Una sentencia que la tradición cristiana ha unido al sacramento de la reconciliación. El capítulo termina con la promesa al que da a los pobres y con la confianza en Yahveh, que hace prosperar al que en él espera. La misericordia de Dios no se cansa de esperar al pecador que vuelve, y su perdón devuelve la paz al corazón.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Hoy examina tu conciencia con sinceridad y, si tienes algo que confesar, no lo encubras: acude al sacramento de la reconciliación o al menos reconócelo ante Dios y pide perdón. Sé justo con quien está en tus manos, sin abusar de tu fuerza. Y si puedes, da algo a quien lo necesita, sin buscar recompensa. Da con discreción y alegría.
Oración
Señor, tú que perdonas al que confiesa su falta, danos un corazón sincero y contrito. Que no encubramos nuestros pecados, sino que, confesándolos, alcancemos tu piedad y vivamos en tu paz. Amén.
Acerca del libro de Proverbios
El libro de los Proverbios pertenece a la literatura sapiencial de Israel y la tradición lo vincula a Salomón, hijo de David, a quien se atribuye el impulso inicial de esta colección; junto a él aparecen otros sabios, como los hombres de Ezequías (25,1), Agur y Lemuel (30-31). No es un tratado sistemático, sino una serie de dichos breves y poéticos que nacen de la experiencia, de la observación de la vida y, sobre todo, de la fe en Yahveh. Su horizonte es la alianza: la sabiduría no es mera astucia humana, sino el arte de vivir en la presencia de Dios. Por eso el estribillo que lo abre y lo recorre: el temor de Yahveh es el principio de la sabiduría (1,7; 9,10). El libro contrapone dos caminos, el del justo y el del malvado, y enseña que la palabra, la lengua, la laboriosidad, la templanza y la fidelidad conyugal tienen consecuencias reales. Su página más luminosa es el capítulo 8, donde la Sabiduría se presenta como presente junto a Dios en la creación, arquitecta y delicia suya. La tradición católica ha leído ese texto a la luz de Cristo, sabiduría de Dios (1 Cor 1,24) y Palabra por quien todo fue hecho. Proverbios invita al creyente a una vida ordenada, prudente y confiada, y alimenta la oración y la catequesis sobre las virtudes. Leído en la Iglesia, no es un simple manual de moral, sino una escuela de discernimiento que conduce a la Sabiduría encarnada.
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