Proverbios
Antiguo Testamento | 31 capítulos | 915 versículos
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Capítulo 3 de 31Capítulo 3
1 Hijo mío, no olvides mi lección, en tu corazón guarda mis mandatos,
2 pues largos días y años de vida y bienestar te añadirán.
3 La piedad y la lealtad no te abandonen; átalas a tu cuello, escríbelas en la tablilla de tu corazón.
4 Así hallarás favor y buena acogida a los ojos de Dios y de los hombres.
5 Confía en Yahveh de todo corazón y no te apoyes en tu propia inteligencia;
6 reconócele en todos tus caminos y él enderezará tus sendas.
7 No seas sabio a tus propios ojos, teme a Yahveh y apártate del mal:
8 medicina será para tu carne y regrigerio para tus huesos.
9 Honra a Yahveh con tus riquezas, con las primicias de todas tus ganancias:
10 tus trojes se llenarán de grano y rebosará de mosto tu lagar.
11 No desdeñes, hijo mío, la instrucción de Yahveh, no te dé fastidio su reprensión,
12 porque Yahveh reprende a aquel que ama, como un padre al hijo querido.
13 Dichoso el hombre que ha encontrado la sabiduría y el hombre que alcanza la prudencia;
14 más vale su ganancia que la ganancia de plata, su renta es mayor que la del oro.
15 Más preciosa es que las perlas, nada de lo que amas se le iguala.
16 Largos días a su derecha, y a su izquierda riqueza y gloria.
17 Sus caminos son caminos de dulzura y todas sus sendas de bienestar.
18 Es árbol de vida para los que a ella están asidos, felices son los que la abrazan.
19 Con la Sabiduria fundó Yahveh la tierra, consolidó los cielos con inteligencia;
20 con su ciencia se abrieron los océanos y las nubes destilan el rocío.
21 Hijo mío, guarda la prudencia y la reflexión, no se aparten nunca de tus ojos:
22 serán vida para tu alma y adorno para tu cuello.
23 Así irás tranquilo por tu camino y no tropezará tu pie.
24 No tendrás miedo al acostarte, una vez acostado, será dulce tu sueño.
25 No temerás el espanto repentino, ni cuando llegue la tormenta de los malos,
26 porque Yahveh será tu tranquilidad y guardará tu pie de caer en el cepo.
27 No niegues un favor a quien es debido, si en tu mano está el hacérselo.
28 No digas a tu prójimo: «Vete y vuelve, mañana te daré», si tienes algo en tu poder.
29 No trames mal contra tu prójimo cuando se sienta confiado junto a ti.
30 No te querelles contra nadie sin motivo, si no te ha hecho ningún mal.
31 No envidies al hombre violento, ni elijas ninguno de sus caminos;
32 porque Yahveh abomina a los perversos, pero su intimidad la tiene con los rectos.
33 La maldición de Yahveh en la casa del malvado, en cambio bendice la mansión del justo.
34 Con los arrogantes es también arrogante, otorga su favor a los pobres.
35 La gloria es patrimonio de los sabios y los necios heredarán la ignominia.
Reflexión del capítulo 3
El capítulo 3 es uno de los más queridos de todo el Antiguo Testamento. Su centro es la confianza: confía en Yahveh de todo corazón y no te apoyes en tu propia inteligencia (3,5). A esa entrega se unen la piedad y la lealtad, que el hijo ha de atar a su cuello y escribir en la tablilla de su corazón (3,3). El sabio presenta luego la sabiduría como un bien que supera la plata y el oro, más preciosa que las perlas (3,15), y la llama árbol de vida para quienes la abrazan (3,18). Sorprende también su realismo: la corrección de Yahveh es signo de amor, como un padre reprende al hijo querido (3,12). La segunda parte del capítulo desciende a lo cotidiano: no negar un favor a quien lo necesita, no tramar mal contra el prójimo, no envidiar al violento. Es la sabiduría hecha caridad concreta. Leído en clave cristiana, este capítulo anticipa el abandono filial que Jesús vivió y que nos deja como camino de paz.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Hoy, cuando te asalte la preocupación por algo que no controlas, prueba a nombrarlo delante de Dios y repetir despacio: confío en ti de todo corazón. Acompaña esa confianza con una obra concreta de lealtad: devuelve a tiempo lo que debes, ayuda a quien lo necesita sin hacerle esperar, evita una murmuración. Y ofrece al Señor, como primicia del día, el primer tramo de tu tiempo o de tu trabajo.
Oración
Dios de nuestros padres, enséñanos a confiar en ti de todo corazón y a no apoyarnos solo en nuestra inteligencia. Endereza nuestras sendas, haz que te reconozcamos en cada camino y que tu sabiduría sea árbol de vida para nosotros. Amén.
Acerca del libro de Proverbios
El libro de los Proverbios pertenece a la literatura sapiencial de Israel y la tradición lo vincula a Salomón, hijo de David, a quien se atribuye el impulso inicial de esta colección; junto a él aparecen otros sabios, como los hombres de Ezequías (25,1), Agur y Lemuel (30-31). No es un tratado sistemático, sino una serie de dichos breves y poéticos que nacen de la experiencia, de la observación de la vida y, sobre todo, de la fe en Yahveh. Su horizonte es la alianza: la sabiduría no es mera astucia humana, sino el arte de vivir en la presencia de Dios. Por eso el estribillo que lo abre y lo recorre: el temor de Yahveh es el principio de la sabiduría (1,7; 9,10). El libro contrapone dos caminos, el del justo y el del malvado, y enseña que la palabra, la lengua, la laboriosidad, la templanza y la fidelidad conyugal tienen consecuencias reales. Su página más luminosa es el capítulo 8, donde la Sabiduría se presenta como presente junto a Dios en la creación, arquitecta y delicia suya. La tradición católica ha leído ese texto a la luz de Cristo, sabiduría de Dios (1 Cor 1,24) y Palabra por quien todo fue hecho. Proverbios invita al creyente a una vida ordenada, prudente y confiada, y alimenta la oración y la catequesis sobre las virtudes. Leído en la Iglesia, no es un simple manual de moral, sino una escuela de discernimiento que conduce a la Sabiduría encarnada.
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