Proverbios
Antiguo Testamento | 31 capítulos | 915 versículos
Seleccionar Capítulo
Capítulo 30 de 31Capítulo 30
1 Palabras de Agur, hijo de Yaqué, de Massá. Oráculo de este hombre para Itiel, para Itiel y para Ukal.
2 ¡Soy el más estúpido de los hombres! No tengo inteligencia humana.
3 No he aprendido la sabiduría, ¿y voy a conocer la ciencia de los santos?
4 ¿Quién subió a los cielos y volvió a bajar? ¿quién ha recogido viento en sus palmas? ¿quién retuvo las aguas en su manto? ¿quién estableció los linderos de la tierra? ¿Cuál es su nombre y el nombre de su hijo, si es que lo sabes?
5 Probadas son todas las palabras de Dios; él es un escudo para cuantos a él se acogen.
6 No añadas nada a sus palabras, no sea que te reprenda y pases por mentiroso.
7 Dos cosas te pido. no me las rehúses antes de mi muerte:
8 Aleja de mí la mentira y la palabra engañosa; no me des pobreza ni riqueza, déjame gustar mi bocado de pan,
9 no sea que llegue a hartarme y reniegue, y diga: «¿Quién es Yahveh?». o no sea que, siendo pobre, me dé al robo, e injurie el nombre de mi Dios.
10 No calumnies a un siervo ante su amo no sea que te maldiga y tengas que pagar la pena.
11 Hay gente que maldice a su padre, y a su madre no bendice,
12 gente que se cree pura y no está limpia de su mancha,
13 ¡gente de qué altivos ojos, cuyos párpados se alzan!;
14 gente cuyos dientes son espadas, y sus mandíbulas cuchillos, para devorar a los desvalidos echándolos del país y a los pobres de entre los hombres.
15 La sanguijuela tiene dos hijas: «¡Daca, daca!» Hay tres cosas insaciables y cuatro que no dicen: «¡Basta!»
16 El seol, el seno estéril, la tierra que no se sacia de agua, y el fuego que no dice: «¡Basta!»
17 Al ojo que se ríe del padre y desprecia la obediencia de una madre, lo picotearán los cuervos del torrente, los aguiluchos lo devorarán.
18 Tres cosas hay que me desbordan y cuatro que no conozco:
19 el camino del águila en el cielo, el camino de la serpiente por la roca, el camino del navío en alta mar, el camino del hombre en la doncella.
20 Este es el camino de la mujer adúltera: come, se limpia la boca y dice: «¡No he hecho nada de malo ¡»
21 Por tres cosas tiembla la tierra y cuatro no puede soportar:
22 Por esclavo que llega a rey, por idiota que se ahíta de comer,
23 por mujer odiada que se casa, por esclava que hereda a su señora.
24 Hay cuatro seres los más pequeños de la tierra, pero que son más sabios que los sabios:
25 las hormigas - multitud sin fuerza - que preparan en verano su alimento;
26 los damanes - multitud sin poder -, que ponen sus casas en la roca;
27 las langostas, que sin tener rey, salen todas en orden;
28 el lagarto, al que se agarra con la mano y está en los palacios de los reyes.
29 Hay tres cosas de paso gallardo y cuatro de elegante marcha:
30 el león - fuerte entre los animales -, que ante nada retrocede,
31 el esbelto gallo o el macho cabrío, y el rey que arenga a su pueblo.
32 Si hiciste el necio, envalentonándote, y has reflexionado, pon mano en boca,
33 pues apretando la leche se saca mantequilla apretando la nariz se saca sangre y apretando la ira, se saca querella.
Reflexión del capítulo 30
El capítulo 30 recoge las palabras de Agur, hijo de Yaqué, que se presenta con una humildad desconcertante: soy el más estúpido de los hombres, no tengo inteligencia humana (30,2). Su pregunta central es un enigma: quién subió a los cielos y volvió a bajar, quién recogió el viento en sus palmas, cuál es su nombre y el de su hijo (30,4). La tradición cristiana ha visto en estas palabras una sed de revelación que solo Cristo sacia. Agur pide dos cosas a Dios: alejar de él la mentira y no darle ni pobreza ni riqueza, sino solo el pan necesario, para no renegar en la abundancia ni robar en la miseria (30,7-9). El capítulo termina con observaciones sobre las pequeñas criaturas sabias —las hormigas, los damanes, las langostas, el lagarto— y sobre el orden escondido en la creación. Es una lección de humildad y de confianza. Reconocer que no lo sabemos todo es el primer paso para abrirnos a la sabiduría que viene de lo alto.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Hoy pide a Dios, con Agur, lo necesario y no lo superfluo: revisa si tu vida depende de la abundancia o de la confianza. Pide sinceridad en tus palabras, alejando toda mentira y exageración. Y mira con atención las cosas pequeñas de la creación —una planta, un animal, un niño— para aprender de su sabiduría sencilla y agradecer al Creador.
Oración
Señor, tú que revelas tu sabiduría a los humildes, danos un corazón sencillo que se contente con lo necesario. Aleja de nosotros la mentira y enséñanos a admirar tus obras en lo pequeño. Amén.
Acerca del libro de Proverbios
El libro de los Proverbios pertenece a la literatura sapiencial de Israel y la tradición lo vincula a Salomón, hijo de David, a quien se atribuye el impulso inicial de esta colección; junto a él aparecen otros sabios, como los hombres de Ezequías (25,1), Agur y Lemuel (30-31). No es un tratado sistemático, sino una serie de dichos breves y poéticos que nacen de la experiencia, de la observación de la vida y, sobre todo, de la fe en Yahveh. Su horizonte es la alianza: la sabiduría no es mera astucia humana, sino el arte de vivir en la presencia de Dios. Por eso el estribillo que lo abre y lo recorre: el temor de Yahveh es el principio de la sabiduría (1,7; 9,10). El libro contrapone dos caminos, el del justo y el del malvado, y enseña que la palabra, la lengua, la laboriosidad, la templanza y la fidelidad conyugal tienen consecuencias reales. Su página más luminosa es el capítulo 8, donde la Sabiduría se presenta como presente junto a Dios en la creación, arquitecta y delicia suya. La tradición católica ha leído ese texto a la luz de Cristo, sabiduría de Dios (1 Cor 1,24) y Palabra por quien todo fue hecho. Proverbios invita al creyente a una vida ordenada, prudente y confiada, y alimenta la oración y la catequesis sobre las virtudes. Leído en la Iglesia, no es un simple manual de moral, sino una escuela de discernimiento que conduce a la Sabiduría encarnada.
Compartir
Enlace copiado