Proverbios
Antiguo Testamento | 31 capítulos | 915 versículos
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Capítulo 23 de 31Capítulo 23
1 Si te sientas a comer con poderoso, mira bien al que está frente a ti;
2 pon un cuchillo a tu garganta si eres hombre de apetito;
3 no desees sus manjares, porque es alimento engañoso.
4 No te fatigues por eniquecerte, deja de pensar en ello.
5 Pones tus ojos en ello y no hay nada. Porque se hace alas como águila, y se vuela hasta el cielo.
6 No comas pan con hombre de malas intenciones, ni desees sus manjares.
7 Porque, según lo que calcula en su interior, te dice: «¡Come y bebe!», pero su corazón no está contigo.
8 Nada más comer lo vomitarías y tus palabras amables serían tu ruina.
9 A oídos de necio no hables, porque se burlará de la prudencia de tus dichos.
10 No desplaces el lindero antiguo, no entres en el campo de los huérfanos,
11 porque su vengador es poderoso, y defendería su pleito contra ti.
12 Aplica tu corazón a la instrucción, y tus oídos a las palabras de la ciencia.
13 No ahorres corrección al niño, que no se va a morir porque le castigues con la vara.
14 Con la vara le castigarás y librarás su alma del seol.
15 Hijo mío, si tu corazón es sabio, se alegrará también mi corazón,
16 y exultarán mis riñones al decir tus labios cosas rectas.
17 No envidie tu corazón a los pecadores, más bien en el temor de Yahveh permanezca todo el día,
18 porque hay un mañana, y tu esperanza no será aniquilada.
19 Escucha, hijo, y serás sabio, y endereza tu corazón por el camino...
20 No seas de los que se emborrachan de vino, ni de los que se ahítan de carne,
21 porque borracho y glotón se empobrecen y el sopor se viste de harapos.
22 Escucha a tu padre, que él te engendró, y no desprecies a tu madre por ser vieja.
23 Adquiere la verdad y no la vendas: la sabiduría, la instrucción, la inteligencia.
24 El padre del justo rebosa de gozo, quien engendra un sabio por él se regocija.
25 Se alegrarán tu padre y tu madre, y gozará la que te ha engendrado.
26 Dame, hijo mío, tu corazón, y que tus ojos hallen deleite en mis caminos.
27 Fosa profunda es la prostituta, pozo angosto la mujer extraña.
28 También ella como ladrón pone emboscadas, y multiplica entre los hombres los traidores.
29 ¿Para quién las «Desgracias»? ¿para quién los «Ayes»? ¿para quién los litigios? ¿para quién los lloros? ¿para quién los golpes sin motivo? ¿para quién los ojos turbios?
30 Para los que se eternizan con el vino, los que van en busca de vinos mezclados.
31 No mires el vino: ¡Qué buen color tiene! ¡cómo brinca en la copa! ¡qué bien entra!
32 Pero, a la postre, como serpiente muerde, como víbora pica.
33 Tus ojos verán cosas extrañas, y tu corazón hablará sin ton ni son.
34 Estarás como acostado en el corazón del mar, o acostado en la punta de un mástil.
35 «Me han golpeado, pero no estoy enfermo; me han tundido a palos, pero no lo he sentido, ¿Cuándo me despertaré...?, me lo seguiré preguntando.»
Reflexión del capítulo 23
El capítulo 23 es una serie de consejos para vivir con sobriedad y sabiduría. El sabio advierte contra el afán de enriquecerse: no te fatigues por enriquecerte, deja de pensar en ello (23,4), porque la riqueza se hace alas y vuela. Pide no envidiar a los pecadores y guardar el temor de Yahveh todo el día, porque hay un mañana y la esperanza no será aniquilada (23,17-18). Luego describe con crudeza los efectos del vino: los ayes, los litigios, los ojos turbios, el corazón que habla sin ton ni son (23,29-35). En medio, una petición conmovedora: dame, hijo mío, tu corazón, y que tus ojos hallen deleite en mis caminos (23,26). El capítulo combina la denuncia de los excesos con la ternura de un padre que quiere el bien de su hijo. La Iglesia lo lee como una invitación a la templanza y a la libertad interior. Quien se deja instruir por Dios aprende a gozar sin esclavizarse y a renunciar sin amargarse.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Hoy pon un límite concreto a un exceso —una copa de más, una compra impulsiva, un rato largo en el móvil— y usa ese tiempo para algo que te haga bien. Ofrece al Señor tu corazón en una oración breve y sincera, como el padre del capítulo. Y si algo te desordena, no lo escondas: cuéntalo a alguien de confianza que te ayude a vivir con libertad.
Oración
Señor, tú que quieres nuestro bien y nos pides el corazón, líbranos de los excesos que nos esclavizan. Danos templanza, esperanza y libertad, y que tus caminos sean nuestro deleite. Amén.
Acerca del libro de Proverbios
El libro de los Proverbios pertenece a la literatura sapiencial de Israel y la tradición lo vincula a Salomón, hijo de David, a quien se atribuye el impulso inicial de esta colección; junto a él aparecen otros sabios, como los hombres de Ezequías (25,1), Agur y Lemuel (30-31). No es un tratado sistemático, sino una serie de dichos breves y poéticos que nacen de la experiencia, de la observación de la vida y, sobre todo, de la fe en Yahveh. Su horizonte es la alianza: la sabiduría no es mera astucia humana, sino el arte de vivir en la presencia de Dios. Por eso el estribillo que lo abre y lo recorre: el temor de Yahveh es el principio de la sabiduría (1,7; 9,10). El libro contrapone dos caminos, el del justo y el del malvado, y enseña que la palabra, la lengua, la laboriosidad, la templanza y la fidelidad conyugal tienen consecuencias reales. Su página más luminosa es el capítulo 8, donde la Sabiduría se presenta como presente junto a Dios en la creación, arquitecta y delicia suya. La tradición católica ha leído ese texto a la luz de Cristo, sabiduría de Dios (1 Cor 1,24) y Palabra por quien todo fue hecho. Proverbios invita al creyente a una vida ordenada, prudente y confiada, y alimenta la oración y la catequesis sobre las virtudes. Leído en la Iglesia, no es un simple manual de moral, sino una escuela de discernimiento que conduce a la Sabiduría encarnada.
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