Proverbios
Antiguo Testamento | 31 capítulos | 915 versículos
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Capítulo 7 de 31Capítulo 7
1 Guarda, hijo mío, mis palabras, conserva como un tesoro mis mandatos.
2 Guarda mis mandamientos y vivirás; sea mi lección como la niña de tus ojos.
3 Atalos a tus dedos, escríbelos en la tablilla de tu corazón.
4 Dile a la sabiduría: «Tú eres mi hermana», llama pariente a la inteligencia,
5 para que te guarde de la mujer ajena, de la extraña de palabras melosas.
6 Estaba yo a la ventana de mi casa y miraba a través de las celosías,
7 cuando ví, en el grupo de los simples, distinguí entre los muchachos a un joven falto de juicio:
8 pasaba por la calle, junto a la esquina donde ella vivía, iba camino de su casa,
9 al atardecer, ya oscurecido, en lo negro de la noche y de las sombras.
10 De repente, le sale al paso una mujer, con atavío de ramera y astucia en el corazón.
11 Es alborotada y revoltosa, sus pies nunca paran en su casa.
12 Tan pronto en las calles como en las plazas, acecha por todas las esquinas.
13 Ella lo agarró y lo abrazó, y desvergonzada le dijo:
14 «Tenía que ofrecer un sacrificio de comunión y hoy he cumplido mi voto;
15 por eso he salido a tu encuentro para buscarte en seguida; y va te he encontrado.
16 He puesto en mi lecho cobertores policromos, lencería de Egipto,
17 con mirra mi cama he rociado, con áloes y cinamomo.
18 Ven, embriaguémonos de amores hasta la mañana, solacémonos los dos, entre caricias.
19 Porque no está el marido en casa, está de viaje muy lejos;
20 ha llevado en su mano la bolsa del dinero, volverá a casa para la luna llena.»
21 Con sus muchas artes lo seduce, lo rinde con el halago de sus labios.
22 Se va tras ella en seguida, como buey al matadero, como el ciervo atrapado en el cepo,
23 hasta que una flecha le atraviese el hígado; como pájaro que se precipita en la red, sin saber que le va en ello la vida.
24 Ahora pues, hijo mío, escúchame, pon atención a las palabras de mi boca:
25 no se desvíe tu corazón hacia sus caminos, no te descarríes por sus senderos,
26 porque a muchos ha hecho caer muertos, robustos eran todos los que ella mató.
27 Su morada es camino del seol, que baja hacia las cámaras de la muerte.
Reflexión del capítulo 7
El capítulo 7 es una escena narrada con viveza. El sabio se asoma a la ventana de su casa y observa, entre los simples, a un joven falto de juicio que al atardecer se acerca a la esquina donde vive la mujer ajena (7,6-9). Ella le sale al paso con atavío de ramera y astucia en el corazón, lo agarra y lo seduce con halagos; le habla de sacrificios cumplidos, de perfumes y de un lecho preparado, y de un marido ausente (7,13-20). El joven la sigue como buey al matadero, sin saber que le va en ello la vida (7,22-23). La enseñanza no es un simple moralismo: el sabio insiste en atar los mandatos a los dedos y escribirlos en el corazón (7,3), y en llamar a la sabiduría hermana. El peligro no está solo fuera, sino en un corazón sin reservas y sin palabra guardada. La tradición católica lee este pasaje como una llamada a la vigilancia y a la oración, porque nadie cae de golpe: se cae paso a paso, cuando se descuidan las pequeñas fidelidades.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Hoy sé consciente de tus horarios y tus soledades: el joven del capítulo cayó al atardecer, cuando bajó la guardia. Si tienes una hora o un lugar donde sueles flaquear, cambia algo concreto: adelanta el descanso, llama a un amigo, reza un Avemaría. Y guarda tu palabra: cumple lo que prometes, porque la fidelidad diaria es la mejor defensa del corazón.
Oración
Señor, tú que ves nuestros pasos, no permitas que caminemos hacia la muerte creyendo seguir un placer. Danos una sabiduría de hermanos, que guarde nuestro corazón de las palabras melosas y nos mantenga firmes en tus mandatos. Amén.
Acerca del libro de Proverbios
El libro de los Proverbios pertenece a la literatura sapiencial de Israel y la tradición lo vincula a Salomón, hijo de David, a quien se atribuye el impulso inicial de esta colección; junto a él aparecen otros sabios, como los hombres de Ezequías (25,1), Agur y Lemuel (30-31). No es un tratado sistemático, sino una serie de dichos breves y poéticos que nacen de la experiencia, de la observación de la vida y, sobre todo, de la fe en Yahveh. Su horizonte es la alianza: la sabiduría no es mera astucia humana, sino el arte de vivir en la presencia de Dios. Por eso el estribillo que lo abre y lo recorre: el temor de Yahveh es el principio de la sabiduría (1,7; 9,10). El libro contrapone dos caminos, el del justo y el del malvado, y enseña que la palabra, la lengua, la laboriosidad, la templanza y la fidelidad conyugal tienen consecuencias reales. Su página más luminosa es el capítulo 8, donde la Sabiduría se presenta como presente junto a Dios en la creación, arquitecta y delicia suya. La tradición católica ha leído ese texto a la luz de Cristo, sabiduría de Dios (1 Cor 1,24) y Palabra por quien todo fue hecho. Proverbios invita al creyente a una vida ordenada, prudente y confiada, y alimenta la oración y la catequesis sobre las virtudes. Leído en la Iglesia, no es un simple manual de moral, sino una escuela de discernimiento que conduce a la Sabiduría encarnada.
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