Deuteronomio

Antiguo Testamento | 34 capítulos | 959 versículos

Dt

Capítulo 10

1 Yahveh me dijo entonces: «Labra dos tablas de piedra como las primeras y sube donde mí a la montaña; hazte también un arca de madera.

2 Yo escribiré en las tablas las palabras que había en las primeras que rompiste, y tú las depositarás en el arca.»

3 Hice un arca de madera de acacia, labré dos tablas de piedra como las primeras y subí a la montaña con las dos tablas en la mano.

4 El escribió en las tablas lo mismo que había escrito antes, las diez Palabras que Yahveh había dicho en el monte, de en medio del fuego, el día de la Asamblea. Y Yahveh me las entregó.

5 Yo volví a bajar del monte, puse las tablas en el arca que había hecho y allí quedaron, como me había mandado Yahveh.

6 Los israelitas partieron de los pozos de Bené Yaacán, hacia Moserá. Allí murió Aarón y allí fue enterrado. Le sucedió en el sacerdocio su hijo Eleazar.

7 De allí se dirigieron a Gudgoda y de Gudgoda a Yotbatá, lugar de torrentes.

8 Yahveh separó entonces a la tribu de Leví para llevar el arca de la alianza de Yahveh, sirviéndole y dando la bendición en su nombre hasta el día de hoy.

9 Por eso Leví no ha tenido parte ni heredad con sus hermanos: Yahveh es su heredad, como Yahveh tu Dios le dijo.

10 Yo me quedé en el monte, como la primera vez, cuarenta días y cuarenta noches. También esta vez me escuchó Yahveh y renunció a destruirte.

11 Y me dijo Yahveh: «Levántate, ve a ponerte al frente de este pueblo, para que vayan a tomar posesión de la tierra que yo juré a sus padres que les daría.»

12 Y ahora, Israel, ¿qué te pide tu Dios, sino que temas a Yahveh tu Dios, que sigas todos sus caminos, que le ames, que sirvas a Yahveh tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma,

13 que guardes los mandamientos de Yahveh y sus preceptos que yo te prescribo hoy para que seas feliz?

14 Mira: De Yahveh tu Dios son los cielos y los cielos de los cielos, la tierra y cuanto hay en ella.

15 Y con todo, sólo de tus padres se prendó Yahveh y eligió a su descendencia después de ellos, a vosotros mismos, de entre todos los pueblos, como hoy sucede.

16 Circuncidad el prepucio de vuestro corazón y no endurezcáis más vuestra cerviz,

17 porque Yahveh vuestro Dios es el Dios de los dioces y el Señor de los señores, el Dios grande, poderoso y temible, que no hace acepción de personas ni admite soborno;

18 que hace justicia al huérfano y a la viuda, y ama al forastero, a quien da pan y vestido.

19 (Amad al forastero porque forasteros fuisteis vosotros en el país de Egipto.)

20 A Yahveh tu Dios temerás, a él servirás, vivirás unido a él y en su nombre jurarás.

21 El será objeto de tu alabanza y él tu Dios, que ha hecho por ti esas cosas grandes y terribles que tus ojos han visto.

22 No más de setenta personas eran tus padres cuando bajaron a Egipto, y Yahveh tu Dios te ha hecho ahora numeroso como las estrellas del cielo.

Reflexión del capítulo 10

El capítulo 10 comienza con la restauración: Dios manda labrar dos tablas nuevas y construir un arca de madera para guardar la alianza. Lo que el pecado había roto, la misericordia lo reconstruye. Las tablas vuelven a manos de Moisés y descansan en el arca, señal de que la ley de Dios no es un código externo, sino un tesoro que acompaña al pueblo en su camino.

Después de recordar la elección de la tribu de Leví y la muerte de Aarón, el capítulo llega a su culmen con una pregunta y una respuesta: qué es lo que Dios espera de Israel. No pide sacrificios imposibles ni gestos heroicos, sino temerle, seguir sus caminos, amarle, servirle con todo el corazón y guardar sus mandamientos. Y añade una exigencia sorprendente: circuncidar el corazón, es decir, cortar la dureza interior, no solo la de la carne.

El Dios que pide esto es descrito como el Dios de dioses, grande, fuerte y temible, que no favorece a unos sobre otros ni se deja sobornar, que defiende la causa del huérfano y de la viuda, y que ama al forastero. Por eso Israel debe amar también al forastero. La religión verdadera se mide por cómo se trata al más débil.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Hoy responde con sinceridad a la pregunta del texto: ¿qué te pide Dios a ti, aquí y ahora? Escríbelo en una frase. Después examina si tu fe se queda en lo exterior o ha llegado a circuncidar el corazón. Y ten un gesto concreto con un forastero: alguien nuevo, solo, migrante o desplazado que necesita ser acogido. Acoger es reconocer en él el rostro de Dios.

Oración

Señor, no me pides grandes hazañas, sino un corazón entero y disponible. Quita de mí la dureza y enséñame a amarte sirviendo. Que vea tu rostro en el huérfano, la viuda y el forastero. Amén.

Acerca del libro de Deuteronomio

El Deuteronomio es el quinto libro de la Biblia y la conclusión de la Torá. Su nombre griego significa «segunda ley», pero el título hebreo, Debarim, es más exacto: «palabras». No contiene un código legal nuevo, sino la última voluntad de Moisés, pronunciada en las estepas de Moab, a la vista de la tierra prometida que él ya no pisará.

La obra se presenta como una serie de discursos de despedida. Los primeros capítulos (1-4) repasan la historia del pueblo desde el Horeb, con sus rebeliones y la fidelidad incansable de Dios. El cuerpo central (5-26) reúne el Decálogo, la profesión de fe del «Escucha, Israel» y un amplio conjunto de leyes sobre el culto, la justicia, la familia y el cuidado del pobre, del forastero, del huérfano y de la viuda. Los capítulos 27-30 renuevan la alianza con bendiciones y maldiciones y dejan al pueblo ante una elección radical: la vida o la muerte. El final narra el cántico de Moisés, la bendición de las tribus y su muerte en el monte Nebo.

La tradición atribuye el libro a Moisés, y la Iglesia reconoce en él la voz del gran legislador de Israel, sin negar la labor de quienes ordenaron y actualizaron estos textos siglos después, en el marco de la reforma religiosa de Judá. Sus grandes temas son la unicidad de Dios, la alianza, la memoria agradecida y la justicia social.

El Deuteronomio ocupa un lugar privilegiado en el Nuevo Testamento. Jesús responde al tentador citando tres veces este libro y de él toma el mandamiento más grande: amar a Dios con todo el corazón y al prójimo como a sí mismo. Leído desde la fe católica, anuncia al profeta definitivo y enseña que la obediencia a Dios no es esclavitud, sino camino de vida y de libertad.

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