Deuteronomio
Antiguo Testamento | 34 capítulos | 959 versículos
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Capítulo 8 de 34Capítulo 8
1 Todos los mandamientos que yo os prescribo hoy, cuidad de practicarlos, para que viváis, os multipliquéis y lleguéis a tomar posesión de la tierra que Yahveh prometió bajo juramento a vuestros padres.
2 Acuérdate de todo el camino que Yahveh tu Dios te ha hecho andar durante estos cuarenta años en el desierto para humillarte, probarte y conocer lo que había en tu corazón: si ibas o no a guardar sus mandamientos.
3 Te humilló, te hizo pasar hambre, te dio a comer el maná que ni tú ni tus padres habíais conocido, para mostrarte que no sólo de pan vive el hombre, sino que el hombre vive de todo lo que sale de la boca de Yahveh.
4 No se gastó el vestido que llevabas ni se hincharon tus pies a lo largo de esos cuarenta años.
5 Date cuenta, pues, de que Yahveh tu Dios te corregía como un hombre corrige a su hijo,
6 y guarda los mandamientos de Yahveh tu Dios siguiendo sus caminos y temiéndole.
7 Pues Yahveh tu Dios te conduce a una tierra buena, tierra de torrentes, de fuentes y hontanares que manan en los valles y en las montañas,
8 tierra de trigo y de cebada, de viñas, higueras y granados, tierra de olivares, de aceite y de miel,
9 tierra donde el pan que comas no te será racionado y donde no carecerás de nada; tierra donde las piedras tienen hierro y de cuyas montañas extraerás el bronce.
10 Comerás hasta hartarte, y bendecirás a Yahveh tu Dios en esa tierra buena que te ha dado.
11 Guárdate de olvidar a Yahveh tu Dios descuidando los mandamientos, normas y preceptos que yo te prescribo hoy;
12 no sea que cuando comas y quedes harto, cuando construyas hermosas casas y vivas en ellas,
13 cuando se multipliquen tus vacadas y tus ovejas, cuando tengas plata y oro en abundancia y se acrecienten todos tus bienes,
14 tu corazón se engría y olvides a Yahveh tu Dios que te sacó del país de Egipto, de la casa de servidumbre;
15 que te ha conducido a través de ese desierto grande y terrible entre serpientes abrasadoras y escorpiones: que en un lugar de sed, sin agua, hizo brotar para ti agua de la roca más dura;
16 que te alimentó en el desierto con el maná, que no habían conocido tus padres, a fin de humillarte y ponerte a prueba para después hacerte feliz.
17 No digas en tu corazón: «Mi propia fuerza y el poder de mi mano me han creado esta prosperidad»,
18 sino acuérdate de Yahveh tu Dios, que es el que te da la fuerza para crear la prosperidad, cumpliendo así la alianza que bajo juramento prometió a tus padres, como lo hace hoy.
19 Pero si llegas a olvidarte de Yahveh tu Dios, si sigues a otros dioses, si les das culto y te postras ante ellos, yo certifico hoy contra vosotros que pereceréis.
20 Lo mismo que las naciones que Yahveh va destruyendo a vuestro paso, así pereceréis también vosotros por haber desoído la voz de Yahveh vuestro Dios.
Reflexión del capítulo 8
El capítulo 8 es una de las páginas más hondas del Deuteronomio. Moisés recuerda los cuarenta años de desierto y explica su sentido: Dios hizo pasar hambre al pueblo y luego le dio el maná, para enseñarle que la vida del hombre no depende solo del pan, sino de la palabra que Dios le dirige. La prueba no era un castigo, sino una pedagogía. El desierto educa el corazón, porque allí el ser humano descubre que no se sostiene con sus propias manos.
Moisés recuerda también que la ropa no se gastó ni los pies se hincharon, y que Dios los corrigió «como un padre corrige a su hijo». La disciplina de Dios es siempre paternal: busca la vida, no la destrucción. El peligro llega después, cuando el pueblo entre en una tierra buena, con agua, trigo, viñas y olivares, y se olvide del Señor atribuyéndose a sí mismo la riqueza.
El capítulo advierte con dureza: hay que guardarse de olvidar al Señor. La prosperidad es más peligrosa que la escasez para la fe, porque engendra la ilusión de bastarse. El antídoto es la memoria agradecida: reconocer que es Dios quien da la fuerza para adquirir riquezas. Quien olvida esto se vuelve como las naciones que perecen por haber desoído su voz.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Hoy agradece en concreto: nombra tres bienes que tienes y que no te has ganado solo tú. Reconoce en ellos la mano de Dios y de otras personas. Si atraviesas un desierto —una enfermedad, una carencia, una espera—, pregúntate qué te está enseñando en vez de solo cuándo terminará. Y si vives en abundancia, no confundas el don con el mérito.
Oración
Señor, tú me alimentas y me corriges como un padre. Que no me olvide de ti cuando todo va bien ni desconfíe cuando falta lo necesario. Enséñame a vivir de tu palabra y a agradecer cada don. Amén.
Acerca del libro de Deuteronomio
El Deuteronomio es el quinto libro de la Biblia y la conclusión de la Torá. Su nombre griego significa «segunda ley», pero el título hebreo, Debarim, es más exacto: «palabras». No contiene un código legal nuevo, sino la última voluntad de Moisés, pronunciada en las estepas de Moab, a la vista de la tierra prometida que él ya no pisará.
La obra se presenta como una serie de discursos de despedida. Los primeros capítulos (1-4) repasan la historia del pueblo desde el Horeb, con sus rebeliones y la fidelidad incansable de Dios. El cuerpo central (5-26) reúne el Decálogo, la profesión de fe del «Escucha, Israel» y un amplio conjunto de leyes sobre el culto, la justicia, la familia y el cuidado del pobre, del forastero, del huérfano y de la viuda. Los capítulos 27-30 renuevan la alianza con bendiciones y maldiciones y dejan al pueblo ante una elección radical: la vida o la muerte. El final narra el cántico de Moisés, la bendición de las tribus y su muerte en el monte Nebo.
La tradición atribuye el libro a Moisés, y la Iglesia reconoce en él la voz del gran legislador de Israel, sin negar la labor de quienes ordenaron y actualizaron estos textos siglos después, en el marco de la reforma religiosa de Judá. Sus grandes temas son la unicidad de Dios, la alianza, la memoria agradecida y la justicia social.
El Deuteronomio ocupa un lugar privilegiado en el Nuevo Testamento. Jesús responde al tentador citando tres veces este libro y de él toma el mandamiento más grande: amar a Dios con todo el corazón y al prójimo como a sí mismo. Leído desde la fe católica, anuncia al profeta definitivo y enseña que la obediencia a Dios no es esclavitud, sino camino de vida y de libertad.
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