Deuteronomio
Antiguo Testamento | 34 capítulos | 959 versículos
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Capítulo 23 de 34Capítulo 23
1 Nadie tomará a la mujer de su padre, no retirará el borde del manto de su padre.
2 El hombre que tenga los testículos aplastados o el pene mutilado no será admitido en la asamblea de Yahveh.
3 El bastardo no será admitido en la asamblea de Yahveh; ni siquiera en su décima generación será admitido en la asamblea de Yahveh.
4 El ammonita y el moabita no serán admitidos en la asamblea de Yahveh; ni aun en la décima generación serán admitidos en la asamblea de Yahveh, nunca jamás.
5 Porque no vinieron a vuestro encuentro con el pan y el agua cuando estábais de camino a la salida de Egipto, y porque alquiló para maldecirte a Balaam, hijo de Beor, desde Petor, Aram de Mesopotamia.
6 Sólo que Yahveh tu Dios no quiso escuchar a Balaam, y Yahveh tu Dios te cambió la maldición en bendición, porque Yahveh tu Dios te ama.
7 No buscarás jamás mientras vivas su prosperidad ni su bienestar.
8 No tendrás por abominable al idumeo, porque es tu hermano; tampoco al egipcio tendrás por abominable, porque fuiste forastero en su país.
9 A la tercera generación, sus descendientes podrán ser admitidos en la asamblea de Yahveh.
10 Cuando salgas a campaña contra tus enemigos, te guardarás de todo mal.
11 Si hay entre los tuyos un hombre que no esté puro, por causa de una polución nocturna, saldrá del campamento y no volverá a entrar.
12 Pero a llegar la tarde se lavará, y a la puesta del sol podrá volver al campamento.
13 Tendrás fuera del campamento un lugar, y saldrás allá fuera.
14 Llevarás en tu equipo una estaca, y cuando vayas a evacuar afuera, harás un hoyo con la estaca, te darás vuelta, y luego taparás tus excrementos.
15 Porque Yahveh tu Dios recorre el campamento para protegerte y entregar en tu mano a tus enemigos. Por eso tu campamento debe ser una cosa sagrada, Yahveh no debe ver en él nada inconveniente; de lo contrario se apartaría de ti.
16 No entregarás a su amo el esclavo que se haya acogido a ti huyendo de él.
17 Se quedará contigo, entre los tuyos, en el lugar que escoja en una de tus ciudades, donde le parezca bien; no le molestarás.
18 No habrá hieródula entre las israelitas, ni hieródulo entre los israelitas.
19 No llevarás a la casa de Yahveh tu Dios don de prostituta ni salario de perro, sea cual fuere el voto que hayas hecho: porque ambos son abominación para Yahveh tu Dios.
20 No prestarás a interés a tu hermano, ya se trate de réditos de dinero, o de víveres, o de cualquier otra cosa que produzca interés.
21 Al extranjero podrás prestarle a interés, pero a tu hermano no le prestarás a interés, para que Yahveh tu Dios te bendiga en todas tus empresas, en la tierra a la que vas a entrar para tomarla en posesión.
22 Si haces un voto a Yahveh tu Dios, no tardarás en cumplirlo, porque sin duda Yahveh tu Dios te lo reclamaría, y te cargarías con un pecado.
23 Si te abstienes de hacer voto, no habrá pecado en ti.
24 Pero lo que salga de tus labios lo mantendrás, y cumplirás el voto que has hecho voluntariamente a Yahveh tu Dios, lo que has dicho con tu propia boca.
25 Si entras en la viña de tu prójimo, podrás comer todas las uvas que quieras, hasta saciarte, pero no las meterás en tu zurrón.
26 Si pasas por las mieses de tu prójimo, podrás arrancar espigas con tu mano, pero no meterás la hoz en la mies de tu prójimo.
Reflexión del capítulo 23
El capítulo 23 regula quién puede formar parte de la asamblea del Señor y cómo debe vivirse la santidad en medio de la vida ordinaria. Algunas exclusiones, propias de su tiempo, expresan una convicción de fondo: el pueblo de la alianza debe custodiar su identidad y no diluirla. Pero junto a ellas aparece una ley admirable: el esclavo que huye de su amo no debe ser devuelto, sino acogido entre el pueblo y tratado con libertad. En una época en que la esclavitud era normal, esta norma es una semilla de humanidad.
El capítulo insiste en la pureza del campamento: incluso en tiempo de guerra, el lugar donde habita el pueblo debe ser digno, porque Dios camina en medio de él. La presencia de Dios no es una idea abstracta; transforma la vida material y las costumbres más elementales. Lo sagrado y lo cotidiano no están separados.
Otras normas defienden al débil: se prohíbe la prostitución sagrada, se condena el préstamo con interés al hermano, se exige cumplir las promesas hechas a Dios y se permite al caminante tomar espigas o uvas del campo ajeno para comer, aunque sin llenar la cesta. El hambre del que pasa se respeta; la codicia del que acumula, no. La propiedad tiene un límite: la necesidad del otro.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Hoy cumple una promesa que has postergado, sobre todo si la hiciste a Dios o a alguien que confía en ti. Y revisa si sacas ventaja de alguien en situación de necesidad: un préstamo con condiciones abusivas, un precio injusto, un favor cobrado. Sé para esa persona un refugio, no una carga. Tu palabra empeñada tiene el valor de tu nombre.
Oración
Señor, tú caminas en medio de tu pueblo y nada de mi vida te es indiferente. Enséñame a cumplir mi palabra y a no aprovecharme del débil. Que mi casa sea refugio para quien huye. Amén.
Acerca del libro de Deuteronomio
El Deuteronomio es el quinto libro de la Biblia y la conclusión de la Torá. Su nombre griego significa «segunda ley», pero el título hebreo, Debarim, es más exacto: «palabras». No contiene un código legal nuevo, sino la última voluntad de Moisés, pronunciada en las estepas de Moab, a la vista de la tierra prometida que él ya no pisará.
La obra se presenta como una serie de discursos de despedida. Los primeros capítulos (1-4) repasan la historia del pueblo desde el Horeb, con sus rebeliones y la fidelidad incansable de Dios. El cuerpo central (5-26) reúne el Decálogo, la profesión de fe del «Escucha, Israel» y un amplio conjunto de leyes sobre el culto, la justicia, la familia y el cuidado del pobre, del forastero, del huérfano y de la viuda. Los capítulos 27-30 renuevan la alianza con bendiciones y maldiciones y dejan al pueblo ante una elección radical: la vida o la muerte. El final narra el cántico de Moisés, la bendición de las tribus y su muerte en el monte Nebo.
La tradición atribuye el libro a Moisés, y la Iglesia reconoce en él la voz del gran legislador de Israel, sin negar la labor de quienes ordenaron y actualizaron estos textos siglos después, en el marco de la reforma religiosa de Judá. Sus grandes temas son la unicidad de Dios, la alianza, la memoria agradecida y la justicia social.
El Deuteronomio ocupa un lugar privilegiado en el Nuevo Testamento. Jesús responde al tentador citando tres veces este libro y de él toma el mandamiento más grande: amar a Dios con todo el corazón y al prójimo como a sí mismo. Leído desde la fe católica, anuncia al profeta definitivo y enseña que la obediencia a Dios no es esclavitud, sino camino de vida y de libertad.
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