Deuteronomio

Antiguo Testamento | 34 capítulos | 959 versículos

Dt

Capítulo 2

1 Luego nos volvimos y partimos hacia el desierto, por el camino del mar de Suf, como Yahveh me había mandado. Durante muchos días anduvimos rodeando la montaña de Seír.

2 Yahveh me habló y me dijo:

3 «Ya habéis dado bastantes rodeos a esta montaña: dirigíos hacia el norte.

4 Y da al pueblo esta orden: Vais a pasar por el territorio de vuestros hermanos, los hijos de Esaú, que habitan en Seír. Ellos os temen; pero vosotros tened mucho cuidado;

5 no los ataquéis, porque yo no os daré nada de su país, ni siquiera la medida de la planta del pie, ya que el monte Seír se lo he dado en posesión a Esaú.

6 La comida que comáis se la compraréis por dinero, y por dinero les compraréis también el agua que bebáis.

7 Pues Yahveh tu Dios te ha bendecido en todas tu obras: ha protegido tu marcha por este gran desierto, y hace ya cuarenta años que Yahveh tu Dios está contigo sin que te haya faltado nada.»

8 Pasamos, pues, al lado de nuestros hermanos, los hijos de Esaú que habitan en Seír, por el camino de la Arabá, de Elat y de Esyón Guéber; después cambiando de rumbo, tomamos el camino del desierto de Moab.

9 Yahveh me dijo: «No ataques a Moab, no le provoques al combate, pues yo no te daré nada de su país, ya que Ar se la he dado en posesión a los hijos de Lot.

10 (Antiguamente habitaban allí los emitas, pueblo grande, numeroso y corpulento como los anaquitas.

11 Tanto a ellos como a los anaquitas se los tenía por refaítas, pero los moabitas los llamaban emitas.

12 Igualmente en Seír habitaron antiguamente los joritas, pero los hijos de Esaú los desalojaron, los exterminaron y se establecieron en su lugar, como ha hecho Israel con la tierra de su posesión, la que Yahveh les dio.)

13 Y ahora, levantaos y pasad el torrente Zéred.» Y pasamos el torrente Zéred.

14 El tiempo que estuvimos caminando desde Cadés Barnea hasta que pasamos el torrente Zéred fue de 38 años; por lo que había desaparecido ya del campamento toda la generación de hombres de guerra, como Yahveh les había jurado.

15 La misma mano de Yahveh había caído sobre ellos para extirparlos de en medio del campamento hasta hacerlos desaparecer.

16 Cuando la muerte había hecho desaparecer a todos los hombres de guerra en medio del pueblo,

17 Yahveh me habló y me dijo:

18 «Vas a pasar hoy la frontera de Moab, por Ar,

19 y vas a encontrarte con los hijos de Ammón. No los ataques ni les provoques; pues yo no te daré nada del país de los hijos de Ammón, ya que se lo he entregado a los hijos de Lot en posesión.

20 (También éste era considerado país de refaítas; los refaítas habitaron aquí antiguamente; y los ammonitas los llamaban zanzumitas,

21 pueblo grande, numeroso y corpulento como los anaquitas; Yahveh los exterminó ante los ammonitas, que los desalojaron y se establecieron en su lugar;

22 así había hecho también en favor de los hijos de Esaú, que habitaban en Seír, exterminando delante de ellos a los joritas; aquéllos los desalojaron y se establecieron en su lugar hasta el día de hoy.

23 Y también a los avitas, que habitan en los campos hasta Gaza; los kaftoritas, venidos de Kaftor, los exterminaron y se establecieron en su lugar).

24 Levantaos, partid y pasad el torrente Arnón. Mira, yo pongo en tus manos a Sijón, el amorreo, rey de Jesbón, y todo su país. Comienza la conquista; provócale al combate.

25 Desde hoy comienzo a infundir terror y miedo de ti entre todos los pueblos que hay debajo del cielo: al tener noticia de tu llegada temblarán todos y se estremecerán.»

26 Del desierto de Quedemot envié mensajeros a Sijón, rey de Jesbón, con estas palabras de paz:

27 «Voy a pasar por tu país; seguiré el camino sin desviarme a derecha ni a izquierda.

28 La comida que coma véndemela por dinero, el agua que beba dámela por dinero; sólo deseo pasar a pie,

29 como me han dejado los hijos de Esaú que habitan en Seír y los moabitas que habitan en Ar, hasta cruzar el Jordán para ir hacia la tierra que nos da Yahveh nuestro Dios.»

30 Pero Sijón, rey de Jesbón, no quiso dejarnos pasar por allí porque Yahveh tu Dios le había empedernido el espíritu y endurecido el corazón, a fin de entregarle en tus manos, como lo está todavía hoy.

31 Yahveh me dijo: «Mira, he comenzado a entregarte a Sijón y su país; empieza la conquista, apodérate de su territorio.»

32 Sijón salió a nuestro encuentro con todo su pueblo, y nos presentó batalla en Yahás.

33 Yahveh nuestro Dios nos lo entregó y le derrotamos a él, a sus hijos y a todo su pueblo.

34 Nos apoderamos entonces de todas sus ciudades y consagramos al anatema toda ciudad: hombres, mujeres y niños, sin dejar superviviente.

35 Tan sólo guardamos como botín el ganado y los despojos de las ciudades tomadas.

36 Desde Aroer, al borde del valle del Arnón, y la ciudad que está en el valle, hasta Galaad, no hubo ciudad inaccesible para nosotros; Yahveh nuestro Dios nos las entregó todas.

37 Unicamente respetaste el país de los ammonitas, toda la ribera del torrente Yabboq y las ciudades de la montaña, todo lo que Yahveh nuestro Dios había prohibido.

Reflexión del capítulo 2

El capítulo 2 narra los largos rodeos por el desierto y las primeras conquistas al este del Jordán. Israel debe atravesar territorios de Edom, Moab y Ammón, y Dios le ordena expresamente no atacarlos, porque esas tierras pertenecen a los descendientes de Esaú y de Lot. Es una lección de respeto y de paciencia: no todo lo que se cruza en el camino debe ser conquistado.

Solo cuando Sijón, rey de los amorreos, se niega a dejar pasar al pueblo, Israel responde y lo derrota en Jesbón. La tierra conquistada se reparte entre Rubén, Gad y la mitad de Manasés. El texto subraya que fue Yahveh quien endureció el corazón de Sijón y quien entregó la victoria: la historia no avanza por la sola fuerza humana, sino por la mano de Dios que abre caminos donde parecía no haberlos.

Hay también un detalle lleno de consuelo: Dios recuerda a Moisés que ya había dado a Esaú la montaña de Seír y a Lot el país de Moab. El Señor no es propiedad de un solo pueblo; su providencia alcanza a todos. Israel aprende que recibir una promesa no autoriza a despojar a los demás, sino a caminar con respeto y confianza.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Hoy distingue entre lo que debes conquistar y lo que debes respetar. No todo espacio ajeno es una amenaza; hay límites que Dios mismo ha puesto. Reconoce lo bueno que otros han recibido sin envidiar ni invadir. Y en la dificultad que llevas semanas rodeando sin avanzar, confía: también los rodeos largos forman parte del camino hacia la promesa. No te exijas llegar antes de tiempo.

Oración

Dios de nuestros padres, tú guías incluso los caminos largos y aparentemente estériles. Danos respeto por lo que pertenece a otros y valentía cuando debamos dar la cara. Enséñanos a confiar en tu mano, que abre paso donde no lo hay. Amén.

Acerca del libro de Deuteronomio

El Deuteronomio es el quinto libro de la Biblia y la conclusión de la Torá. Su nombre griego significa «segunda ley», pero el título hebreo, Debarim, es más exacto: «palabras». No contiene un código legal nuevo, sino la última voluntad de Moisés, pronunciada en las estepas de Moab, a la vista de la tierra prometida que él ya no pisará.

La obra se presenta como una serie de discursos de despedida. Los primeros capítulos (1-4) repasan la historia del pueblo desde el Horeb, con sus rebeliones y la fidelidad incansable de Dios. El cuerpo central (5-26) reúne el Decálogo, la profesión de fe del «Escucha, Israel» y un amplio conjunto de leyes sobre el culto, la justicia, la familia y el cuidado del pobre, del forastero, del huérfano y de la viuda. Los capítulos 27-30 renuevan la alianza con bendiciones y maldiciones y dejan al pueblo ante una elección radical: la vida o la muerte. El final narra el cántico de Moisés, la bendición de las tribus y su muerte en el monte Nebo.

La tradición atribuye el libro a Moisés, y la Iglesia reconoce en él la voz del gran legislador de Israel, sin negar la labor de quienes ordenaron y actualizaron estos textos siglos después, en el marco de la reforma religiosa de Judá. Sus grandes temas son la unicidad de Dios, la alianza, la memoria agradecida y la justicia social.

El Deuteronomio ocupa un lugar privilegiado en el Nuevo Testamento. Jesús responde al tentador citando tres veces este libro y de él toma el mandamiento más grande: amar a Dios con todo el corazón y al prójimo como a sí mismo. Leído desde la fe católica, anuncia al profeta definitivo y enseña que la obediencia a Dios no es esclavitud, sino camino de vida y de libertad.

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