Deuteronomio

Antiguo Testamento | 34 capítulos | 959 versículos

Dt

Capítulo 18

1 Los sacerdotes levitas, toda la tribu de Leví, no tendrán parte ni heredad con Israel: vivirán de los manjares ofrecidos a Yahveh y de su heredad.

2 Esta tribu no tendrá heredad entre sus hermanos; Yahveh será su heredad, como él le ha dicho.

3 Este será el derecho de los sacerdotes sobre aquellos que ofrezcan un sacrificio de ganado mayor o menor: se dará al sacerdote la espaldilla, las quijadas y el cuajar.

4 Le darás las primicias de tu trigo, de tu mosto y de tu aceite, así como las primicias del esquileo de tu ganado menor.

5 Porque a él le ha elegido Yahveh tu Dios entre todas las tribus para ejercer su ministerio en el nombre de Yahveh él y sus hijos para siempre.

6 Si el levita llega de una de tus ciudades de todo Israel donde reside, y entra por deseo propio en el lugar elegido por Yahveh,

7 oficiará en el nombre de Yahveh su Dios, como todos sus hermanos levitas que se encuentran allí en presencia de Yahveh;

8 comerá una porción igual a la de ellos, aparte lo que obtenga por la venta de sus bienes patrimoniales.

9 Cuando hayas entrado en la tierra que Yahveh tu Dios te da, no aprenderás a cometer abominaciones como las de esas naciones.

10 No ha de haber en ti nadie que haga pasar a su hijo o a su hija por el fuego, que practique adivinación, astrología, hechicería o magia,

11 ningún encantador ni consultor de espectros o adivinos, ni evocador de muertos.

12 Porque todo el que hace estas cosas es una abominación para Yahveh tu Dios y por causa de estas abominaciones desaloja Yahveh tu Dios a esas naciones delante de ti.

13 Has de ser íntegro con Yahveh tu Dios.

14 Porque esas naciones que vas a desalojar escuchan a astrólogos y adivinos, pero a ti Yahveh tu Dios no te permite semejante cosa.

15 Yahveh tu Dios suscitará, de en medio de ti, entre tus hermanos, un profeta como yo, a quien escucharéis.

16 Es exactamente lo que tú pediste a Yahveh tu Dios en el Horeb, el día de la Asamblea, diciendo: «Para no morir, no volveré a escuchar la voz de Yahveh mi Dios, ni miraré más a este gran fuego».

17 Y Yahveh me dijo a mí: «Bien está lo que han dicho.

18 Yo les suscitaré, de en medio de sus hermanos, un profeta semejante a ti, pondré mis palabras en su boca, y él les dirá todo lo que yo le mande.

19 Si alguno no escucha mis palabras, las que ese profeta pronuncie en mi nombre, yo mismo le pediré cuentas de ello.

20 Pero si un profeta tiene la presunción de decir en mi nombre una palabra que yo no he mandado decir, y habla en nombre de otros dioses, ese profeta morirá.»

21 Acaso vas a decir en tu corazón: «¡Cómo sabremos que esta palabra no la ha dicho Yahveh?»

22 Si ese profeta habla en nombre de Yahveh, y lo que dice queda sin efecto y no se cumple, es que Yahveh no ha dicho tal palabra; el profeta lo ha dicho por presunción; no le tengas miedo.

Reflexión del capítulo 18

El capítulo 18 asegura la dignidad de los sacerdotes levitas, que no reciben heredad de tierra porque su heredad es el Señor mismo. Viven de las ofrendas del pueblo, y el texto ordena no abandonarlos. Quien sirve al altar debe poder vivir del altar; la comunidad tiene el deber de sostener a quienes se dedican al culto y a la enseñanza.

La parte más severa del capítulo prohíbe las prácticas adivinatorias: consultar a los muertos, practicar la magia, leer los astros, echar suertes o cualquier intento de arrancar a Dios sus secretos por medios ocultos. Estas cosas son llamadas «abominación» porque suponen una religión de la manipulación: querer controlar el futuro en lugar de confiarlo a Dios. Israel debe ser íntegro y caminar en la confianza, no en la superstición.

Frente a todos esos falsos mediadores, Moisés anuncia una promesa luminosa: Dios suscitará de entre los hermanos un profeta como él, y a él habrá que escuchar. La Iglesia lee aquí el anuncio de Cristo, el Profeta definitivo, el que no solo transmite la palabra de Dios, sino que es la Palabra hecha carne. El capítulo enseña también a discernir: si lo anunciado no se cumple, el profeta habla en nombre propio. La verdad se verifica con el tiempo y con la fidelidad a Dios.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Hoy renuncia a una superstición o dependencia que sustituye la confianza en Dios: horóscopos, amuletos, consultas ocultas, ansiedad por controlar el futuro. Entrega ese miedo al Señor y reza con confianza. Y sostén de forma concreta a quien se dedica al servicio de la fe: tu parroquia, un catequista, un misionero. Sostener a quien sirve a Dios es también servir a Dios.

Oración

Señor, tú conoces el futuro y yo quiero confiártelo en lugar de arrancártelo. Líbrame de toda superstición y enséñame a escuchar al Profeta que tú has enviado. Que camine en fe, no en miedo. Amén.

Acerca del libro de Deuteronomio

El Deuteronomio es el quinto libro de la Biblia y la conclusión de la Torá. Su nombre griego significa «segunda ley», pero el título hebreo, Debarim, es más exacto: «palabras». No contiene un código legal nuevo, sino la última voluntad de Moisés, pronunciada en las estepas de Moab, a la vista de la tierra prometida que él ya no pisará.

La obra se presenta como una serie de discursos de despedida. Los primeros capítulos (1-4) repasan la historia del pueblo desde el Horeb, con sus rebeliones y la fidelidad incansable de Dios. El cuerpo central (5-26) reúne el Decálogo, la profesión de fe del «Escucha, Israel» y un amplio conjunto de leyes sobre el culto, la justicia, la familia y el cuidado del pobre, del forastero, del huérfano y de la viuda. Los capítulos 27-30 renuevan la alianza con bendiciones y maldiciones y dejan al pueblo ante una elección radical: la vida o la muerte. El final narra el cántico de Moisés, la bendición de las tribus y su muerte en el monte Nebo.

La tradición atribuye el libro a Moisés, y la Iglesia reconoce en él la voz del gran legislador de Israel, sin negar la labor de quienes ordenaron y actualizaron estos textos siglos después, en el marco de la reforma religiosa de Judá. Sus grandes temas son la unicidad de Dios, la alianza, la memoria agradecida y la justicia social.

El Deuteronomio ocupa un lugar privilegiado en el Nuevo Testamento. Jesús responde al tentador citando tres veces este libro y de él toma el mandamiento más grande: amar a Dios con todo el corazón y al prójimo como a sí mismo. Leído desde la fe católica, anuncia al profeta definitivo y enseña que la obediencia a Dios no es esclavitud, sino camino de vida y de libertad.

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