Deuteronomio

Antiguo Testamento | 34 capítulos | 959 versículos

Dt

Capítulo 7

1 Cuando Yahveh tu Dios te haya introducido en la tierra a la que vas a entrar para tomarla en posesión, y haya arrojado delante de ti a naciones numerosas: hititas, guirgasitas, amorreos, cananeos, perizitas, jivitas y jebuseos, siete naciones más numerosas y fuertes que tú,

2 cuando Yahveh tu Dios te las entregue y las derrotes, las consagrarás al anatema. No harás alianza con ellas, no les tendrás compasión.

3 No emparentarás con ellas, no darás tu hija a su hijo ni tomarás su hija para tu hijo.

4 Porque tu hijo se apartaría de mi seguimiento, serviría o otros dioses; y a la ira de Yahveh se encendería contra vosotros y se apresuraría a destruiros.

5 Por el contrario, esto es lo que haréis con ellos: demoleréis sus altares, romperéis sus estelas, cortaréis sus cipos y prenderéis fuego a sus ídolos.

6 Porque tú eres un pueblo consagrado a Yahveh tu Dios; él te ha elegido a ti para que seas el pueblo de su propiedad personal entre todos los pueblos que hay sobre la haz de la tierra.

7 No porque seáis el más numeroso de todos los pueblos se ha prendado Yahveh de vosotros y os ha elegido, pues sois el menos numeroso de todos los pueblos;

8 sino por el amor que os tiene y por guardar el juramento hecho a vuestros padres, por eso os ha sacado Yahveh con mano fuerte y os ha librado de la casa de servidumbre, del poder de Faraón, rey de Egipto.

9 Has de saber, pues, que Yahveh tu Dios es el Dios verdadero, el Dios verdadero, el Dios fiel que guarda la alianza y el amor por mil generaciones a los que le aman y guardan sus mandamientos,

10 pero que da su merecido en su propia persona a quien le odia, destruyéndole. No es remiso con quien le odia: en su propia persona le da su merecido.

11 Guarda, pues, los mandamientos, preceptos y normas que yo te mando hoy poner en práctica.

12 Y por haber escuchado estas normas, por haberlas guardado y practicado, Yahveh tu Dios te mantendrá la alianza y el amor que bajo juramento prometió a tus pades.

13 Te amará, te bendecirá, te multiplicará, bendecirá el fruto de tu seno y el fruto de tu suelo, tu trigo, tu mosto, tu aceite, las crías de tus vacas y las camadas de tus rebaños, en el suelo que a tus padres juró que te daría.

14 Serás bendito más que todos los pueblos. No habrá macho ni hembra estéril en ti ni en tus rebaños.

15 Yahveh apartará de ti toda enfermedad; no dejará caer sobre ti nunguna de esas malignas epidemias de Egipto que tú conoces, sino que se las enviará a todos los que te odian.

16 Destruirás, pues, todos esos pueblos que Yahveh tu Dios te entrega, sin que tu ojo tenga piedad de ellos; y no darás culto a sus dioses, porque eso sería un lazo para ti.

17 Acaso digas en tu corazón: «Esas naciones son más numerosas que yo; ¿cómo voy a poder desalojarlas?»

18 Pero no las temas: acuérdate bien de lo que Yahveh tu Dios hizo con Faraón y con todo Egipto,

19 de las grandes pruebas que tus ojos vieron, las señales y prodigios, la mano fuerte y el tenso brazo con que Yahveh tu Dios te sacó. Lo mismo hará Yahveh tu Dios con todos los pueblos a los que temes.

20 Yahveh tu Dios enviará incluso avispas contra ellos para destruir a los que hubieren quedado y se te hubieren ocultado a ti.

21 Así que no tiembles ante ellos, porque en medio de ti está Yahveh tu Dios, Dios grande y temible.

22 Yahveh tu Dios irá arrojando a esas naciones de delante de ti poco a poco; no podrás exterminarlas de golpe, no sea que las bestias salvajes se multipliquen contra ti,

23 sino que Yahveh tu Dios te las entregará y les infligirá grandes descalabros hasta que queden destruidas.

24 Entregará a sus reyes en tu mano y tú borrarás sus nombres de debajo del cielo: nadie podrá resistir ante ti, hasta que los hayas destruido.

25 Quemaréis las esculturas de sus dioses, y no codiciarás el oro y la plata que los recubren, ni lo tomarás para ti, no sea que por ello caigas en un lazo, pues es una cosa abominable para Yahveh tu Dios;

26 y no debes meter en tu casa una cosa abominable, pues te harías anatema como ella. Las tendrás por cosa horrenda y abominable, porque son anatema.

Reflexión del capítulo 7

El capítulo 7 prepara al pueblo para la entrada en la tierra y afronta un tema difícil: la separación de las naciones que la habitan. Israel no debe mezclarse con sus cultos ni aceptar sus ídolos, porque está consagrado a Yahveh como pueblo santo. Estas palabras, leídas hoy, exigen interpretación: la Iglesia no las entiende como una invitación al odio, sino como una llamada radical a no contaminar la propia fe con lo que la destruye.

El corazón del capítulo es la elección gratuita. Moisés aclara que Dios no eligió a Israel por ser numeroso o poderoso, pues era el más pequeño de los pueblos, sino por puro amor y por fidelidad al juramento hecho a los padres. La elección no es un privilegio que enorgullezca, sino una responsabilidad que obliga. Ser elegido significa ser enviado.

El texto promete bendiciones para quien guarda la alianza: fecundidad, salud, prosperidad y protección frente a los enemigos. Pero también advierte que el mismo Dios que salva es el que juzga, y que quien se aparta corre el riesgo de perecer. La imagen del pueblo «pequeño» es un consuelo para todo creyente que se siente insignificante: Dios no elige a los más fuertes, sino a los que ama, para mostrar en ellos su poder.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Hoy identifica qué ídolos modernos amenazan tu fe: el dinero, la apariencia, el éxito, la opinión ajena. No se trata de odiar a nadie, sino de no negociar tu corazón con lo que te vacía. Y si te sientes pequeño o incapaz, recuerda que Dios no te eligió por tus fuerzas, sino por su amor. Deja que eso te devuelva la confianza.

Oración

Señor, me elegiste sin que yo lo mereciera, no por mi grandeza sino por tu amor. Líbrame de los ídolos que dividen mi corazón. Que mi pequeñez te glorifique y que mi fidelidad sea respuesta a tu fidelidad. Amén.

Acerca del libro de Deuteronomio

El Deuteronomio es el quinto libro de la Biblia y la conclusión de la Torá. Su nombre griego significa «segunda ley», pero el título hebreo, Debarim, es más exacto: «palabras». No contiene un código legal nuevo, sino la última voluntad de Moisés, pronunciada en las estepas de Moab, a la vista de la tierra prometida que él ya no pisará.

La obra se presenta como una serie de discursos de despedida. Los primeros capítulos (1-4) repasan la historia del pueblo desde el Horeb, con sus rebeliones y la fidelidad incansable de Dios. El cuerpo central (5-26) reúne el Decálogo, la profesión de fe del «Escucha, Israel» y un amplio conjunto de leyes sobre el culto, la justicia, la familia y el cuidado del pobre, del forastero, del huérfano y de la viuda. Los capítulos 27-30 renuevan la alianza con bendiciones y maldiciones y dejan al pueblo ante una elección radical: la vida o la muerte. El final narra el cántico de Moisés, la bendición de las tribus y su muerte en el monte Nebo.

La tradición atribuye el libro a Moisés, y la Iglesia reconoce en él la voz del gran legislador de Israel, sin negar la labor de quienes ordenaron y actualizaron estos textos siglos después, en el marco de la reforma religiosa de Judá. Sus grandes temas son la unicidad de Dios, la alianza, la memoria agradecida y la justicia social.

El Deuteronomio ocupa un lugar privilegiado en el Nuevo Testamento. Jesús responde al tentador citando tres veces este libro y de él toma el mandamiento más grande: amar a Dios con todo el corazón y al prójimo como a sí mismo. Leído desde la fe católica, anuncia al profeta definitivo y enseña que la obediencia a Dios no es esclavitud, sino camino de vida y de libertad.

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