Deuteronomio
Antiguo Testamento | 34 capítulos | 959 versículos
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Capítulo 32 de 34Capítulo 32
1 Prestad oído, cielos, que hablo yo, escuche la tierra las palabras de mi boca.
2 Como lluvia se derrame mi doctrina, caiga como rocío mi palabra, como blanda lluvia sobre la hierba verde, como aguacero sobre el césped.
3 Porque voy a aclamar el nombre de Yahveh; ¡ensalzad a nuestro Dios!
4 El es la Roca, su obra es consumada, pues todos sus caminos son justicia. Es Dios de la lealtad, no de perfidia, es justo y recto.
5 Se han pervertido los que él engendró sin tara, generación perversa y tortuosa.
6 ¿Así pagáis a Yahveh, pueblo insensato y necio? ¿No es él tu padre, el que te creó, el que te hizo y te fundó?
7 Acuérdate de los días de antaño, considera los años de edad en edad. Interroga a tu padre, que te cuente, a tus ancianos, que te hablen.
8 Cuando el Altísimo repartió las naciones, cuando distribuyó a los hijos de Adán, fijó las fronteras de los pueblos, según el número de los hijos de Dios;
9 mas la porción de Yahveh fue su pueblo, Jacob su parte de heredad.
10 En tierra desierta le encuentra, en la soledad rugiente de la estepa. Y le envuelve, le sustenta, le cuida, como a la niña de sus ojos.
11 Como un águila incita a su nidada, revolotea sobre sus polluelos, así el despliega sus alas y te toma, y le lleva sobre su plumaje.
12 Sólo Yahveh le guía a su destino, con él ningún dios extranjero.
13 Le hace cabalgar por las alturas de la tierra, le alimenta de los frutos del campo, le da a gustar miel de la peña, y aceite de la dura roca,
14 cuajada de vacas y leche de ovejas, con la grasa de corderos; carneros de raza de Basán, y machos cabríos, con la flor de los granos de trigo, y por bebida la roja sangre de la uva.
15 Come Jacob, se sacia, engorda Yesurún, respinga, - te has puesto grueso, rollizo, turgente -, rechaza a Dios, su Hacedor, desprecia a la Roca, su salvación.
16 Le encelan con dioses extraños, le irritan con abominaciones.
17 Sacrifican a demonios, no a Dios, a dioses que ignoraban, a nuevos, recién llegados, que no veneraron vuestros padres.
18 (¡Desdeñas a la Roca que te dio el ser, olvidas al Dios que te engendró!)
19 Yahveh lo ha visto y, en su ira, ha desechado a sus hijos y a sus hijas.
20 Ha dicho: Les voy a esconder mi rostro, a ver en qué paran. Porque es una generación torcida, hijos sin lealtad.
21 Me han encelado con lo que no es Dios, me han irritado con sus vanos ídolos; ¡pues yo también voy a encelarles con lo que no es pueblo, con una nación fatua los irritaré!
22 Porque ha saltado fuego de mi ira, que quemará hasta las honduras del seol; devorará la tierra y sus productos, abrasará los cimientos de los montes.
23 Acumularé desgracias sobre ellos, agotaré en ellos mis saetas.
24 Andarán extenuados de hambre, consumidos de fiebre y mala peste. Dientes de fieras mandaré contra ellos, veneno de reptiles.
25 Por fuera la espada sembrará orfandad, y dentro reinará el espanto. Caerán a la vez joven y doncella, niño de pecho y viejo encanecido.
26 He dicho: A polvo los reduciría, borraría su recuerdo de en medio de los hombres,
27 si no temiera azuzar el furor del enemigo, y que lo entiendan al revés sus adversarios, no sea que digan: «Nuestra mano prevalece, y no es Yahveh el que hace todo esto.»
28 Porque es gente de consejo obtuso, y no hay inteligencia en ellos.
29 Si fueran sabios, podrían entenderlo, sabrían vislumbrar su suerte última.
30 Pues, ¿cómo un solo hombre puede perseguir a mil, y dos poner en fuga a una miríada, sino porque su Roca se los ha vendido, porque Yahveh los ha entregado?
31 Mas no es su roca como nuestra Roca, y nuestros enemigos son testigos.
32 Porque su viña es viña de Sodoma y de las plantaciones de Gomorra: uvas venenosas son sus uvas, racimos amargos sus racimos;
33 su vino, un veneno de serpiente, mortal ponzoña de áspid.
34 Pero él, ¿no está guardado junto a mí, sellado en mis tesoros?
35 A mí me toca la venganza y el pago para el momento en que su pie vacile. Porque está cerca el día de su ruina, ya se precipita lo que les espera.
36 (Que va hacer Yahveh justicia al pueblo suyo, va a apiadarse de sus siervos.) Porque verá que su fuerza se agota, que no queda ya libre ni esclavo.
37 Dirá entonces: ¿Dónde están sus dioses, roca en que buscaban su refugio,
38 los que comían la grasa de sus sacrificios y bebían el vino de sus libaciones? ¡Levántense y os salven, sean ellos vuestro amparo!
39 Ved ahora que yo, sólo yo soy, y que no hay otro Dios junto a mí. Yo doy la muerte y doy la vida, hiero yo, y sano yo mismo (y no hay quien libre de mi mano).
40 Sí, yo alzo al cielo mi mano, y digo: Tan cierto como que vivo eternamente,
41 cuando afile el rayo de mi espada, y mi mano empuñe el Juicio, tomaré venganza de mis adversarios, y daré el pago a quienes me aborrecen.
42 Embriagaré de sangre mis saetas, y mi espada se saciará de carne: sangre de muertos y cautivos, cabezas encrestadas de enemigos.
43 ¡Cielos, exultad con él, y adórenle los hijos de Dios! ¡Exultad, naciones, con su pueblo, y todos los mensajeros de Dios narren su fuerza! Porque él vengará la sangre de sus siervos, tomará venganza de sus adversarios, dará su pago a quienes le aborrecen y purificará el suelo de su pueblo.
44 Fue Moisés y pronunció o oídos del pueblo todas las palabras de este cántico, acompañado de Josué, hijo de Nun.
45 Cuando Moisés acabó de pronunciar estas palabras a todo Israel,
46 les dijo: «Estad bien atentos a todas estas palabras que hoy os doy como testimonio. Se las prescribiréis a vuestros hijos, para que cuiden de poner en práctica todas las palabras de esta Ley.
47 Porque no es una palabra vana para vosotros, sino que es vuestra vida, y por ella prolongaréis vuestros días en el suelo que vais a tomar en posesión al pasar el Jordán.»
48 Yahveh habló a Moisés aquel mismo día y le dijo:
49 «Sube a esa montaña de los Abarim, al monte Nebo que está en el país de Moab, frente a Jericó, y contempla la tierra de Canaán que yo doy en propiedad a los israelitas.
50 En el monte al que vas a subir morirás, e irás a reunirte con los tuyos, como tu hermano Aarón murió en el monte Hor y fue a reunirse con los suyos.
51 Por haberme sido infiel en medio de los israelitas, en las aguas de Meribá Cadés, en el desierto de Sin, por no haber manifestado mi santidad en medio de los israelitas,
52 por eso, sólo de lejos verás la tierra, pero no entrarás en ella, en esa tierra que yo doy a los israelitas.»
Reflexión del capítulo 32
El capítulo 32 contiene el cántico de Moisés, una de las páginas poéticas más grandiosas de la Biblia. Comienza invocando al cielo y a la tierra como testigos: la enseñanza que va a proclamarse es tan importante que el universo entero debe escucharla. Y enseguida aparece la imagen central: Dios es la Roca, perfecta es su obra, justo y recto es él. Frente a esa solidez, el pueblo es descrito como generación torcida y perversa que le pagó con ingratitud los cuidados que había recibido.
El cántico recorre la historia de la salvación como una historia de amor traicionado. Dios encontró a su pueblo en el desierto, lo cuidó como a la niña de sus ojos, lo llevó sobre sus alas como el águila, le dio miel, aceite y lo mejor del trigo. Pero el pueblo engordó, se volvió rebelde y olvidó al Dios que lo había engendrado. Entonces el Señor anuncia el juicio, aunque deja un resquicio de esperanza: hará justicia a su pueblo y tendrá compasión de sus siervos.
En el centro del cántico resuena una afirmación solemne: solo Dios da la muerte y la vida, hiere y cura, y nadie puede librarse de su mano. No hay otro dios junto a él. El cántico termina exhortando al pueblo a tomar en serio estas palabras, porque en ellas le va la vida. Y luego, desde el monte Nebo, Moisés contempla la tierra que no pisará.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Hoy reconoce a Dios como tu Roca, el único fundamento estable en medio de lo cambiante. Revisa si en la abundancia te has vuelto autosuficiente y has olvidado al que te sostiene. Agradece un cuidado concreto que has recibido y devuélvelo a alguien. Y toma en serio su palabra: no es un discurso vacío, es tu vida. Vive de ella y ella te sostendrá.
Oración
Señor, tú eres mi Roca y tu obra es perfecta. Perdona las veces que te he pagado con olvido y enséñame a agradecer. Que tu palabra sea de verdad mi vida y mi fundamento. Amén.
Acerca del libro de Deuteronomio
El Deuteronomio es el quinto libro de la Biblia y la conclusión de la Torá. Su nombre griego significa «segunda ley», pero el título hebreo, Debarim, es más exacto: «palabras». No contiene un código legal nuevo, sino la última voluntad de Moisés, pronunciada en las estepas de Moab, a la vista de la tierra prometida que él ya no pisará.
La obra se presenta como una serie de discursos de despedida. Los primeros capítulos (1-4) repasan la historia del pueblo desde el Horeb, con sus rebeliones y la fidelidad incansable de Dios. El cuerpo central (5-26) reúne el Decálogo, la profesión de fe del «Escucha, Israel» y un amplio conjunto de leyes sobre el culto, la justicia, la familia y el cuidado del pobre, del forastero, del huérfano y de la viuda. Los capítulos 27-30 renuevan la alianza con bendiciones y maldiciones y dejan al pueblo ante una elección radical: la vida o la muerte. El final narra el cántico de Moisés, la bendición de las tribus y su muerte en el monte Nebo.
La tradición atribuye el libro a Moisés, y la Iglesia reconoce en él la voz del gran legislador de Israel, sin negar la labor de quienes ordenaron y actualizaron estos textos siglos después, en el marco de la reforma religiosa de Judá. Sus grandes temas son la unicidad de Dios, la alianza, la memoria agradecida y la justicia social.
El Deuteronomio ocupa un lugar privilegiado en el Nuevo Testamento. Jesús responde al tentador citando tres veces este libro y de él toma el mandamiento más grande: amar a Dios con todo el corazón y al prójimo como a sí mismo. Leído desde la fe católica, anuncia al profeta definitivo y enseña que la obediencia a Dios no es esclavitud, sino camino de vida y de libertad.
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