Deuteronomio
Antiguo Testamento | 34 capítulos | 959 versículos
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Capítulo 29 de 34Capítulo 29
1 Moisés convocó a todo Israel y les dijo: Vosotros visteis todo lo que Yahveh hizo a vuestros propios ojos en Egipto con Faraón, sus siervos y todo su país:
2 las grandes pruebas que tus mismos ojos vieron, aquellas señales, aquellos grandes prodigios.
3 Pero hasta el día de hoy no os había dado Yahveh corazón para entender, ojos para ver, ni oídos para oír.
4 Durante cuarento años os he hecho caminar por el desierto, sin que se hayan gastado los vestidos sobre vosotros ni las sandalias en tus pies.
5 No habéis tenido pan que comer, ni vino o licor fermentado que beber, para que supierais que yo, Yahveh, soy vuestro Dios.
6 Luego llegasteis a este lugar. Sijón, rey de Jesbón, y Og, rey de Basán, salieron a nuestro encuentro para hacernos la guerra, pero los derrotamos.
7 Conquistamos su país, y se lo dimos en heredad a Rubén, a Gad y a la media tribu de Manasés.
8 Guardad, pues, las palabras de esta alianza y ponedlas en práctica, para que tengáis éxito en todas vuestras empresas.
9 Aqui estáis hoy todos vosotros en presencia de Yahveh vuestro Dios: vuestros jefes de tribu, vuestros ancianos y vuestros escribas, todos los hombres de Israel,
10 con vuestros hijos y vuestras mujeres (y también el forastero que está en tu campamento, desde tu leñador hasta tu aguador),
11 a punto de entrar en la alianza de Yahveh tu Dios, jurada con imprecación, que Yahveh tu Dios concluye hoy contigo
12 para hacer hoy de ti su peublo y ser él tu Dios como te ha dicho y como juró a tus padres Abraham, Isaac y Jacob.
13 Y no solamente con vosotros hago yo hoy esta alianza y esta imprecación,
14 sino que la hago tanto con quien está hoy aquí con nosotros en presencia de Yahveh nuestro Dios como con quien no está hoy aquí con nosotros.
15 Pues vosotros sabéis cómo vivíamos en Egipto, y cómo hemos pasado por las naciones por las que habéis pasado.
16 Habéis visto sus monstruos abominables y los ídolos de madera y de piedra, de plata y de oro que hay entre ellos.
17 No haya entre vosotros hombre o mujer, familia o tribu, cuyo corazón se aparte hoy de Yahveh vuestro Dios para ir a servir a los dioses de esas naciones. No haya entre vosotros raíz que eche veneno o ajenjo.
18 Si alguien, después de haber oído las palabras de esta imprecación, se las promete felices en su corazón diciendo: «Aunque me conduzca en la terquedad de mi corazón, todo me irá bien, puesto que la abundancia de agua quitará la sed»,
19 Yahveh no se avendrá a perdonarle. Porque la ira y el celo de Yahveh se encenderán contra ese hombre, toda la imprecación escrita en este libro caerá sobre él, y Yahveh borrará su nombre de debajo de los cielos.
20 Yahveh le separará de todas las tribus de Israel, para su desgracia, conforme a todas las imprecaciones de la alianza escrita en el libro de esta Ley.
21 La generación futura, vuestros hijos que vendrán después de vosotros, así como el extranjero llegado de un país lejano, verán las plagas de esta tierra y las enfermedades con que Yahveh la castigará, y exclamarán:
22 «Azufre, sal, calcinación es su tierra entera; no se sembrará ni germinará ni hierba alguna crecerá en ella, como en la catástrofe de Sodoma y Gomorra, Admá y Seboyím, que Yahveh asoló en su ira y su furor.»
23 Y todas las naciones preguntarán: «¿Por qué ha tratado así Yahveh a esta tierra? ¿Por qué el ardor de tan gran ira?»
24 Y se dirá: «Porque han abandonado la alianza que Yahveh, Dios de sus padres, había concluido con ellos al sacarlos del país de Egipto;
25 porque se han ido a servir a otros dioses y se han postrado ante ellos, dioses que no conocían y que él no les había dado en suerte.
26 Por eso se ha encendido la ira de Yahveh contra este país y ha traído sobre él toda la maldición escrita en este libro.
27 Yahveh los ha arrancado de su suelo con ira, furor y gran indignación, y los ha arrojado a otro país donde hoy están.»
28 Las cosas secretas pertenecen a Yahveh nuestro Dios, pero las cosas reveladas nos atañen a nosotros y a nuestros hijos para siempre, a fin de que pongamos en práctica todas las palabras de esta Ley.
Reflexión del capítulo 29
El capítulo 29 renueva la alianza en el país de Moab, además de la alianza del Horeb. Moisés convoca a todo Israel —jefes, ancianos, hombres, mujeres, niños y hasta el forastero que corta leña o saca agua— y les recuerda lo que sus ojos han visto: las plagas de Egipto, las pruebas del desierto, la ropa que no se gastó. Sin embargo, añade una frase dolorosa: el pueblo ha visto los prodigios, pero el Señor todavía no le ha dado un corazón que entienda, ni ojos que vean, ni oídos que oigan. Han contemplado las maravillas, pero no siempre las han comprendido. Ver no es lo mismo que creer.
La alianza se sella con un juramento que compromete a todos, incluidos los que aún no están presentes, y se advierte contra quien, al oír las maldiciones, se bendiga a sí mismo pensando que nada malo le sucederá. El pecado oculto, individual o colectivo, arrastra a todos. La responsabilidad es personal, pero nunca aislada.
El capítulo termina con una de las frases más profundas de la Escritura: hay un ámbito que solo a Dios pertenece, mientras que lo que él ha revelado nos concierne a nosotros y a nuestros descendientes para siempre. Hay misterios que solo Dios conoce, y no debemos angustiarnos por descifrarlos. Lo que se nos ha revelado —su voluntad, sus mandamientos— es lo que nos corresponde cumplir. La humildad intelectual es también una forma de fe.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Hoy acepta que no entenderás todo: entrega a Dios las preguntas sin respuesta y ocúpate de lo que sí te ha sido revelado. Revisa si hay un pecado que ocultas creyendo que no tiene consecuencias; ponlo ante la misericordia de Dios. Y renueva tu compromiso de fe, no solo a título personal, sino pensando en los que vendrán después de ti.
Oración
Señor, hay cosas que no comprendo, y quiero confiártelas sin angustia. Ayúdame a cumplir lo que sí me has revelado y a no esconder nada de ti. Que mi alianza contigo alcance también a los que vienen detrás. Amén.
Acerca del libro de Deuteronomio
El Deuteronomio es el quinto libro de la Biblia y la conclusión de la Torá. Su nombre griego significa «segunda ley», pero el título hebreo, Debarim, es más exacto: «palabras». No contiene un código legal nuevo, sino la última voluntad de Moisés, pronunciada en las estepas de Moab, a la vista de la tierra prometida que él ya no pisará.
La obra se presenta como una serie de discursos de despedida. Los primeros capítulos (1-4) repasan la historia del pueblo desde el Horeb, con sus rebeliones y la fidelidad incansable de Dios. El cuerpo central (5-26) reúne el Decálogo, la profesión de fe del «Escucha, Israel» y un amplio conjunto de leyes sobre el culto, la justicia, la familia y el cuidado del pobre, del forastero, del huérfano y de la viuda. Los capítulos 27-30 renuevan la alianza con bendiciones y maldiciones y dejan al pueblo ante una elección radical: la vida o la muerte. El final narra el cántico de Moisés, la bendición de las tribus y su muerte en el monte Nebo.
La tradición atribuye el libro a Moisés, y la Iglesia reconoce en él la voz del gran legislador de Israel, sin negar la labor de quienes ordenaron y actualizaron estos textos siglos después, en el marco de la reforma religiosa de Judá. Sus grandes temas son la unicidad de Dios, la alianza, la memoria agradecida y la justicia social.
El Deuteronomio ocupa un lugar privilegiado en el Nuevo Testamento. Jesús responde al tentador citando tres veces este libro y de él toma el mandamiento más grande: amar a Dios con todo el corazón y al prójimo como a sí mismo. Leído desde la fe católica, anuncia al profeta definitivo y enseña que la obediencia a Dios no es esclavitud, sino camino de vida y de libertad.
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