Exodo
Antiguo Testamento | 40 capítulos | 1213 versículos
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Capítulo 15 de 40Capítulo 15
1 Entonces Moisés y los israelitas cantaron este cántico a Yahveh. Dijeron: «Canto a Yahveh pues se cubrió de gloria arrojando en el mar caballo y carro.
2 Mi fortaleza y mi canción es Yah. El es mi salvación. El, mi Dios, yo le glorifico, el Dios de mi padre, a quien exalto.
3 ¡Un guerrero Yahveh, Yahveh es su nombre!
4 Los carros de Faraón y sus soldados precipitó en el mar. La flor de sus guerreros tragó el mar de Suf;
5 cubriólos el abismo, hasta el fondo cayeron como piedra.
6 Tu diestra, Yahveh,relumbra por su fuerza; tu diestra, Yahveh, aplasta al enemigo.
7 En tu gloria inmensa derribas tus contrarios, desatas tu furor y los devora como paja.
8 Al soplo de tu ira se apiñaron las aguas, se irguieron las olas como un dique, los abismos cuajaron en el corazón del mar.
9 Dijo el enemigo: «Marcharé a su alcance, repartiré despojos, se saciará mi alma, sacaré mi espada y los aniquilará mi mano.»
10 Mandaste tu soplo, cubriólos el mar; se hundieron como plomo en las temibles aguas.
11 ¿Quién como tú, Yahveh, entre los dioses? ¿Quién como tú, glorioso en santidad, terrible en prodigios, autor de maravillas?
12 Tendiste tu diestra y los tragó la tierra.
13 Guiaste en tu bondad al pueblo rescatado. Tu poder los condujo a tu santa morada.
14 Oyéronlo los pueblos, se turbaron, dolor como de parto en Filistea.
15 Los príncipes de Edom se estremecieron, se angustiaron los jefes de Moab y todas las gentes de Canaán temblaron.
16 Pavor y espanto cayó sobre ellos. La fuerza de tu brazo los hizo enmudecer como una piedra, hasta que pasó tu pueblo, oh Yahveh, hasta pasar el pueblo que compraste.
17 Tú le llevas y le plantas en el monte de tu herencia, hasta el lugar que tú te has preparado para tu sede, ¡oh Yahveh! Al santuario, Adonay, que tus manos prepararon.
18 ¡Yahveh reinará por siempre jamás!»
19 Porque cuando los caballos de Faraón y los carros con sus guerreros entraron en el mar, Yahveh hizo que las aguas del mar volvieran sobre ellos, mientras que los israelitas pasaron a pie enjuto por medio del mar.
20 María, la profetisa, hermana de Aarón tomó en sus manos un tímpano y todas la mujeres la seguían con tímpanos y danzando en coro.
21 Y María les entonaba el estribillo: «Cantad a Yahveh pues se cubrió de gloria. arrojando en el mar caballo y carro.»
22 Moisés hizo partir a los israelitas del mar de Suf y se dirigieron hacia el desierto de Sur: caminaron tres días por el desierto sin encontrar agua.
23 Luego llegaron a Mará, porque era amarga. Por eso se llama aquel lugar Mará.
24 El pueblo murmuró contra Moisés, diciendo: «¿Qué vamos a beber?»
25 Entonces Moisés invocó a Yahveh, y Yahveh le mostró un madero que Moisés echó al agua, y el agua se volvió dulce. Allí dio a Israel decretos y normas, y allí le puso a prueba.
26 Y dijo: «Si de veras escuchas la voz de Yahveh, tu Dios, y haces lo que es recto a sus ojos, dando oídos a sus mandatos y guardando todos sus preceptos, no traeré sobre ti ninguna de las plagas que envié sobre los egipcios; porque yo soy Yahveh, el que te sana.»
27 Después llegaron a Elim, donde hay doce fuentes de agua y setenta palmeras, y acamparon allí junto a las aguas.
Reflexión del capítulo 15
El capítulo decimoquinto es el cántico de victoria que Israel entona tras el paso del mar. «Canto a Yahveh, pues se cubrió de gloria arrojando en el mar caballo y carro», proclama Moisés, y el poema se convierte en la primera gran profesión de fe del pueblo: «Mi fortaleza y mi canción es Yah. Él es mi salvación». La salvación no se celebra con teorías, sino con un canto que nace de la experiencia de haber sido librado.
El corazón del himno es la pregunta que atraviesa toda la Escritura: «¿Quién como tú, Yahveh, entre los dioses? ¿Quién como tú, glorioso en santidad, terrible en prodigios, autor de maravillas?». El Dios de Israel no es un ídolo más: es el único santo, el que guía «en su bondad al pueblo rescatado» hacia su santa morada. Y el cántico termina con una afirmación de esperanza: «¡Yahveh reinará por siempre jamás!».
A la voz de Moisés se une la de María, la profetisa, hermana de Aarón, que toma un tímpano y encabeza a las mujeres con danzas y cantos. La celebración es de todo el pueblo, hombres y mujeres. Pero el capítulo no se detiene en la euforia: tres días después falta el agua, el pueblo murmura y Dios endulza las aguas amargas de Mará, revelándose como «Yahveh, el que te sana». La misma fe que canta debe aprender a confiar también en la escasez.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
La alabanza y la prueba se alternan en la vida: hoy podemos cantar, mañana murmurar. Hoy agradece en voz alta una salvación concreta que Dios te ha dado —un problema resuelto, una fuerza recibida— y hazlo con otros si puedes. Y prepara tu corazón para los días de «agua amarga»: cuando falte algo, en lugar de murmurar, recuerda lo que Dios ya hizo y pídele que sane lo que hoy duele.
Oración
Señor, mi fortaleza y mi canción: te alabo porque me has salvado. Cuando las aguas se vuelvan amargas y el camino escasee, no permitas que murmure contra ti. Sana mi corazón y enséñame a confiar también en la prueba. Amén.
Acerca del libro de Exodo
El Éxodo, segundo libro del Pentateuco y de la Torá, recibe su nombre del griego éxodos, «salida» o «partida»; su título hebreo, Shemot, significa «nombres», por las palabras con que comienza. La tradición lo atribuye a Moisés, mediador entre Dios y su pueblo, aunque el libro recoge y transmite la memoria viva de la liberación de Israel, celebrada en la liturgia y transmitida de generación en generación.
Su relato abarca los acontecimientos fundadores de la fe de Israel: la esclavitud en Egipto, el nacimiento y la vocación de Moisés, la zarza ardiente y la revelación del nombre divino, las plagas, la Pascua y el paso del mar Rojo, el camino por el desierto, la alianza del Sinaí con los Diez Mandamientos, y la construcción del santuario donde Dios habita en medio de su pueblo.
Los temas centrales son la compasión de Dios que escucha el clamor de los oprimidos, la libertad como don que se recibe de él, la alianza que hace de Israel un pueblo consagrado, la ley como camino de vida y la presencia divina que camina con los suyos.
Para la fe católica, el Éxodo es la gran figura de la salvación. El cordero pascual prefigura a Cristo, cordero de Dios; el paso del mar anticipa el Bautismo que nos libera de la esclavitud del pecado; el maná anuncia la Eucaristía. Jesús es el nuevo Moisés que nos conduce a la libertad de los hijos de Dios.
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